Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Daniela es alumna del segundo grado de secundaria; tiene 13 años de edad, asiste regularmente a la escuela, es inquieta como todos los alumnos de su edad, aunque tiene momentos prolongados de tristeza o de estar pensativa y preocupada. Precisamente, un día la vi sentada en uno de los bancos del patio de la escuela, estaba muy pensativa. Me le acerqué preguntándole si podía sentarme junto a ella. Sonrió y me dijo que sí; se recorrió a un lado del banco para que estuviéramos cómodos.

Para iniciar la charla apostillé: “Todo está en silencio como si no hubiera alumnos en la escuela”. Sonriendo ella me respondió: “pero vaya a los salones y verá el ruido que hacen mis compañeros”. “Tienes razón -le dije- ya he estado en los salones y, efectivamente, unos platican, otros gritan, otros ríen, haciendo alboroto entre todos”. Le pregunté su nombre, ella dijo llamarse Daniela; yo le dije mi nombre y nos pusimos a platicar de nimiedades hasta que llegó el momento oportuno para preguntarle, “¿por qué no estás en tu clase, Daniela?”. Ella tranquilamente contestó: “porque no traje la tarea y el maestro me sacó del salón”. “¿Te sacan seguido del salón por no traer la tarea?”, le cuestioné. Ella me dijo, “a veces”. “Y, ¿te bajan puntos, en las calificaciones, por no traer las tareas?”. Ella contesta, suspirando, “estoy reprobada en algunas materias, no tan sólo por no traer tareas, sino porque, a veces, tengo problemas para recordar lo que los maestros me ensañan, a mí se me olvidan mucho las cosas”, y continúa diciendo, “una vez no supe llagar a mi casa, me perdí, anduve caminando por varias calles; afortunadamente, unas personas conocidas me preguntaron que por qué caminaba tantas veces por el mismo lugar; yo les dije que no encontraba mi casa y esas personas me llevaron con mis padres, quienes ya estaban preocupados por mi tardanza. Mis padres pensaron que yo andaba con algunas amigas, que por eso tardé en llegar a la casa y me regañaron”. Después de escucharla con atención, le pregunté si fue la única ocasión que le pasó ese detalle, a lo que Daniela me dijo, “también un día no encontraba la escuela, caminé por varias calles, hasta que vi a varios muchachos y muchachas con el uniforme, los seguí y así pude llegar a las escuela. En ocasiones tampoco encuentro el salón, pero como tengo dos amigas, quienes saben de mi situación, ellas me ayudan”. “¿Tus papás ya saben de esto que me estás platicando?”, pregunté a Daniela. Ella aclaró: “sí, les platiqué, y hasta entonces mi papá me llevó con un doctor. El doctor dice que tengo principios de Alzheimer y estoy en tratamiento. Mi papá dejó de trabajar para seguirme todos los días, a cierta distancia, hasta que yo llego a la escuela o a la parte donde voy. Dentro de la escuela mis amigas  no me dejan. A la salida, mi papá me espera en frente de la escuela y camina detrás de mí, a cierta distancia, hasta que llego a la casa. Esta es la vida que llevo; y en mis clases seguido se me olvidan las cosas que me enseñan, así como se me olvidan las tareas”. “Daniela, ¿los maestros conocen tu situación?”. “No, como que a ellos no les interesa lo que me pasa; no me dan la oportunidad de platicarles mi problema; ellos están muy ocupados dando sus clases y lidiando con las travesuras de mis compañeros”.

“Daniela, tu papá debe hablar con los maestros, al respecto, para que te ayuden”. Ella respondió: “Le pediré que lo haga”.

¡Maestros, es indispensable conocer a los alumnos para atenderlos según lo requieran! Habrá que sentarse un rato con cada uno y platicar, sobre todo con los que manifiestan algún tipo de problema. No es suficiente dar clases; es necesario, además, tener sensibilidad para conocer a los alumnos, para comprenderlos y atenderlos con cariño.