Jesús Eduardo Martín Jáuregui

En días pasados se celebró con bombo y platillo pasados por agua un aniversario más de la “fundación” de Aguascalientes. En realidad no tenemos un acta de la fundación, no hubo un decreto para fundarla sino un reconocimiento de la real audiencia de que ya existía en este “Valle de los romeros” un asentamiento de vecinos procedentes de Lagos de Moreno, que habían obtenido dotaciones de tierras en lugares aledaños a los manantiales de agua caliente que después serían los baños de  Ojocaliente.

Muy probablemente los primeros asentamientos fueron en lo que ahora es el Barrio de Triana, al que muchos despistados llaman Barrio del Encino, no obstante que el Cristo Negro conocido como Señor del Encino -que sí es negro pero no de encino sino de mezquite-, fue traído por el señor cura Joseph Mateo de Arteaga, muchas décadas después de la fundación de la ciudad, de la parroquia de Pinos, Zacatecas, en donde había servido durante varios años. Según las consejas Triana, habría sido fundado por andaluces, de allí su nombre que recordaba el barrio homónimo de Serva la Bari, Sevilla, erigido en honor del emperador Trajano de Roma, originario de lo que habría de ser Andalucía.

La tradición le da ese origen andaluz y el poeta Reyes Ruiz en el Romance de los Cuatro Barrios, quiere que además de andaluces sean gitanos. El arquitecto Luis Arnal Simón, especialista en esas cosas de ciudades, fundaciones y asentamientos, afirma que la traza del barrio corresponde más al de una comunidad indígena que a la de familias españolas que seguían un diseño de escaques o cuadrícula, aun antes de las ordenanzas de Felipe II, que determinaran las normas para la fundación, planeación y crecimiento de las ciudades del imperio.

El documento original llamado de la fundación desapareció. Dicen las malas lenguas, que no faltan, que se obtuvo, se tuvo y desapareció de los archivos del estado, y que lo tiene en su poder, algún investigador celoso que consideró que en su poder estaría más seguro o bien, que se había encariñado con el documento y prefirió llevarlo consigo antes que abandonarlo en un frío archivero.

Para una ciudad o para un país un aniversario más no significa mucho, para las personas la costumbre de celebrar el cumpleaños tiene más que ver con la oportunidad de llevar a cabo una fiesta que la significación en sí misma de un logro o algún avance, como no sea el envejecimiento. El pretexto es lo que vale. Los mexicanos somos buenos para la fiesta y para los regalos y ¡claro!, el cumpleaños es una magnífica ocasión para el festejo, para los regalos, para el brindis, para el pastel, las velitas y el bailongo. Mi nieta Isaura, a sus escasos tres años es apasionada de las fiestas de cumpleaños, así es que cada tercer día elabora su pastel con cualquiera de sus juguetes, se canta las mañanitas y reclama sus regalos.

En Aguascalientes, no se festejaban los cumpleaños de la ciudad, al menos no con la propaganda con que se hace en la actualidad, hasta el cuatrocientos aniversario en tiempos del gobernador J. Refugio Esparza Reyes, claro que 400 años era ya un número respetable y los festejos fueron razonablemente acordes con la celebración. Se crearon algunas obras alusivas a los 4 centenarios que quedaron como testimonio de los festejos. Creo que fue hasta la presidencia del ingeniero Alfredo Reyes “El mosco”, que se pensó que el aniversario era un buen pretexto para la promoción de la ciudad y de sus gobernantes y el aniversario se ha convertido en el escaparate de los presidentes municipales, que sin escatimar el gasto del dinero de los contribuyentes, lo dilapidan en ceremonias, conciertos y eventos intrascendentes que solamente se usan como marco para exaltar al o a la presidente en turno.

Creo que era el poeta Salvador Díaz Mirón el que afirmaba que nadie tiene derecho a lo superfluo mientras alguien carezca de lo necesario. Los festejos de aniversario, incluso aquellos a los que les tilda de culturales, aplicando seguramente un criterio laxo antropológico, todo es cultura, especialmente la Sonora Santanera en cualquiera de sus versiones y cualquier otra parecida con tal de que atraiga la atención popular. Se trastoca la función del gobierno en general. No es la diversión, no es la distracción, al menos no en tanto existan necesidades públicas que satisfacer.

Soy taurino, pero no justifico el gasto de un solo peso del erario público para organizar una corrida de toros aunque se le ponga la etiqueta de corrida de aniversario. Tampoco justifico que pasando por alto la ley sobre el uso de la bandera y el escudo nacional, se haga un remedo de honores a la bandera previo a la corrida. Conozco que en otros países se realizan, pero también conozco nuestra ley y me queda claro que un espectáculo como los toros no lo justifica.

Nuestra ciudad crece todos los días y sus necesidades crecen exponencialmente, más allá de dar una fachada agradable en algunas zonas. Las necesidades de equipamiento urbano, la dignificación del servicio de limpia que actualmente consiste en amontonar la basura para que la esparzan los pepenadores mientras pasan los camiones, la regulación del tránsito de bicicletas para el que no se necesita nuevo ordenamiento sino instrucciones, la proliferación de emborrachadurías que muchas son sólo la apariencia para el comercio de sustancias prohibidas, la degradación del Centro Histriónico a ciencia y paciencia y connivencia del responsable de mercados, la tapicería constante del equipamiento urbano con anuncios de todo tipo de productos y espectáculos, la reaparición de los “vengadores” o escuadrones que mutilan o lesionan a malvivientes, la pauperización de monumentos como el Teatro Morelos que sigue ocupado por vagabundos, la proliferación del consumo de drogas en menores que son inducidos desde los 7 u 8 años de edad, la destrucción de arbolado que no se compensa con los adefesios metálicos jardineras sobre los jardines, la seguridad es un tema que supera las posibilidades del ayuntamiento.

La presidente municipal tiene las cualidades, el carácter y el temperamento como para que su segundo mandato sea mucho más que la apariencia y el oropel. ¿Cuál va a ser su legado para las próximas décadas de nuestra ciudad?

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