Por: Itzel Vargas Rodríguez

El año pasado se ganó para mucha gente el título del “peor de la historia” por muchos acontecimientos. Entre ellos destacaron la muerte de muchos artistas icónicos como David Bowie a nivel internacional, o Juan Gabriel a nivel nacional. Pero también fueron muchos hechos sociales y políticos como el triunfo de Trump en la Casa Blanca (algo que sólo parecía un mal chiste) un factor en la conformación de esa percepción nefasta.

Después de un desastroso 2016, la perspectiva con respecto al año entrante no era muy favorecedora: desde la intención de Trump de poner un muro, hasta las innumerables afrentas hacia los migrantes y una amenazante cancelación al acuerdo del TLCAN.

Parecía un cuento de terror: Trump o alguno de sus secretarios hablaban, e inmediatamente se depreciaba el peso en el mercado internacional.

Las expectativas de crecimiento económico en México no eran tan favorecedoras y ya se hablaba de inminentes “crisis”. Sin embargo, este año no ha sido tan malo. En parte, porque Trump ha sido minimizado incluso a carácter de “Payaso” y, aunque es una persona muy inestable, cuenta ya con innumerables enemigos por doquier, que se mofan de lo que dice, lo ridiculizan y ya anhelan fervientemente que se concrete un impeachment.

Fue justamente, la invitación de Peña Nieto a Trump a Los Pinos en el año pasado, lo que le cobró una altísima factura en enero del presente año, de tener uno de los peores índices de aprobación con un 12% únicamente.

Y, aunque al país relativamente no le ha ido tan mal, o por lo menos, no tan mal de como se esperaba, lo cierto es que el gobierno actual no ha logrado salir de ese enorme agujero de incredibilidad por parte de la ciudadanía, en gran parte por el creciente listado de gobernadores emanados del partido en el poder, que son ejemplo fehaciente de lo peor de la clase política, conjuntando en sus acciones como gobernadores y funcionarios, ambición desmedida, corrupción en sus más altas operaciones y descarada impunidad.

Y aunque el panorama no es tan negro social y económicamente hablando, sí lo es para el gobierno en sus tres esferas, así como al régimen de partidos políticos.

Con los medios de comunicación emanados de internet, la gente ya no perdona los errores, mucho menos las acciones de corrupción, y se está logrando revertir poco a poco, algo que tristemente caracterizaba a México: tener poca memoria histórica.

Con una generalizada percepción pública negativa, la Presidencia armó su plan de comunicación, muy al estilo tradicional: con un Presidente que visita los sectores donde ha habido más desarrollo y establece diálogo con los interlocutores. Y, al mismo tiempo, una narrativa que se enfocaba como era de esperarse, en únicamente los datos duros, los logros pero no, los retos y mucho menos las fallas.

Durante el informe, llevado a cabo en un escenario imponente y lustroso y rodeado de “La Crema y Nata” de la política en México, Peña Nieto emitió un impecable discurso, con una técnica retórica infalible apoyada en sus teleprompter y que no falló en mencionar los datos esenciales.

Todo estaba perfecto, entonces, ¿Por qué se sintió tan desangelado? O, ¿Por qué no permeó como otros icónicos discursos? Por el lamentable contexto, que minimiza las acciones. Y aunque la Presidencia se enfoque en los logros, justamente destacan más por su ausencia y por el gran impacto social que tuvieron: los errores, problemas, misivas y escándalos.

Un desafortunado resultado de impopularidad, justamente, a un año de las elecciones presidenciales.

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