José Luis Gómez Serrano
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El pasado 1º de febrero cumplí cuarenta años de no probar un cigarro.

Aunque vengo de una familia no fumadora, por la influencia de mis amigos de prepa y de universidad empecé a fumar, odiando la pestilencia que dejaba en mi boca y mis manos pero sintiendo esa necesidad física de encender un cigarro y aspirar el humo. No era yo precisamente un fumador social, sino alguien que ya había creado cierta dependencia y en quien surgía espontáneamente el deseo de fumar.

En una de esas maravillosas casualidades, la vida me regaló la desgracia de que estando esperando un semáforo, llegara una dama por detrás y se estampara contra la defensa y la tolva de mi VW. Yo venía de una fiesta en casa de mi amigo Meyer, por las calles de Allende en el centro de la ciudad de México y estaba parado como a las 23:00 en la esquina de Cuauhtémoc y Municipio Libre cuando ocurrió este percance. Los dos veníamos de sendas reuniones, pero ella venía más alegre que yo –léase, había tomado más- y muy apenada me dijo que no había visto la luz roja, que la disculpara, y toda la letanía de excusas que se ofrecen en un caso así. Ofreció llamar inmediatamente a su aseguradora, encontramos un teléfono público para hablar, y de rato apareció el ajustador, quien conoció los detalles del percance y dijo que el costo de la reparación de mi VW lo absorberían completamente ellos. La dama y yo seguimos nuestro camino, nunca nos volvimos a ver.

Me quedé sin coche por unas semanas, y tenía que ir a la UNAM en las mañanas y en la tarde a trabajar en algunas academias de ballet, acompañando al piano sus clases; sería muy complicado hacerlo en camión o taxi, y me acerqué a la Sra. O’Reilly, administradora de la Academia Coyoacán, le pedí prestado para comprar un bicicleta y quedamos en que me lo descontaría de mi sueldo. Compré entonces una Benotto de carreras, algo así como el state-of-the-art en 1975, que todavía la conservo. Empecé a ir a la universidad y a mis clases de ballet en bicicleta, todavía no había vías rápidas y tanto tráfico en el DF, pude sobrevivir. Mi hermano Fernando, que siempre ha sido más deportista que yo, me invitó varias veces a pasear al Ajusco, y poco a poco empecé a conocer y disfrutar lo que es andar en bicicleta, principalmente los recorridos medianos y largos. De aquella época data un viaje que hicimos Paco Larrión y yo a Chalco, unos 80 km de ida y vuelta.

La bicicleta y el cigarro no son compatibles, principalmente si pretendes ir ampliando tus recorridos, mejorar la fuerza de tus piernas y la capacidad de los pulmones. Ir de mi casa a la Universidad no era gran problema, nada más eran 4-5km, pero ir a Chalco sí era problema. Cuando organizábamos excursiones para subir al Ajusco me daba cuenta de que a pesar de hacer con regularidad un ejercicio, mi condición estaba muy lejos de ser buena, y empecé a buscar culpables: hay que acostarse más temprano, hay que hacer más ejercicio, comer sanamente, etc. Hubo mejoría, pero no como yo la deseaba, todavía batallaba para subir al cerro.

Por esa época me dio una tos leve pero permanente, enfadosa, de esas que están ahí, que no se acaban, algo parecido a la “tos de perro” que no se quitaba ni con collares de limones, como reza el consejo popular. Con dos factores encima, la baja condición física y la tos, el culpable principal apareció: el cigarro, y empecé a pensar que después de todo yo no era fumador de corazón, yo lo podía dejar, y las otras reflexiones o sueños de opio que se hacen los que quieren abandonar alguna adicción. Buscaba aliados entre mis amigos, y por casualidad los más cercanos eran también fumadores: Paco Larrión y el Meyer. Entre los tres, en una sentada componiendo el mundo y resolviendo problemas de álgebra nos terminábamos más de una cajetilla; individualmente estábamos fumando una cajetilla diaria, que francamente nos calificaba como viciosos. Hice mi labor de convencimiento, el más duro de roer fue el Meyer porque nunca en su vida hizo ejercicio y en cambio Paco se había comprado su bicicleta, y terminé por obtener su compromiso.

El 1º de febrero de 1978 nos salimos los tres a las escalinatas del Instituto de Matemáticas a fumar el último cigarro de nuestras vidas. Recuerdo que cada quien tomó el suyo, lo encendimos, lo fumamos a medias y lo aplastamos con los zapatos contra el suelo, un acto simbólico de desprecio para el vicio que nos hacía daño. En unos pocos días se me quitó la tos, sentí que respiraba más plenamente, que los pulmones se llenaban de aire, que tenía más capacidad para moverme; ese descubrimiento es hermoso, es como saber de repente que podías hacer cosas para las que antes te sentías impedido. Quise compartir mi entusiasmo con Paco y Meyer, pero ellos no estaban tan convencidos, y como en la poesía del seminarista de los ojos negros, el Meyer volvió a fumar a los tres meses, Paco a los tres años, y yo sigo hasta el día de hoy sin conocer el cigarro.

Para cualquier que me quiera leer, le contaré mi secreto: suprimí las ganas de fumar. Convertí el acto de fumar en un acto ocioso, sin interés, sin placer y sin gusto; si no me gustaba fumar, ¿qué caso tenía fumar? Esto me resolvió el gran problema que tienen los viciosos, las inmensas ganas o necesidad que experimentan de volver a probar su droga cuando se están desintoxicando. Para mí sí hubo desintoxicación, pero en el sentido de limpiar mis pulmones, no viví un período de abstinencia en que me daban sudores fríos y dolores de cabeza porque no probaba el cigarro. En el medio donde que me movía todavía quedaban muchos fumadores, pero cuando ellos fumaban en mi presencia, inclusive dentro de una reunión, yo miraba pasar el humo del cigarro, llegaba a aspirarlo, pero era como ver volar una mosca, algo que está ahí y que más bien me molesta que causar deseo.

Así de simple, liberado del deseo de fumar, dejé de fumar. Me dije a mí mismo: “en realidad, a ti no te gusta el cigarro”. Yo me contesté “es cierto, no me gusta”, y resolví mi problema. No recurrí a meditación Zen ni tomé pastillas de nicotina ni empecé a fumar mota, me había convencido de que yo no quería fumar, y no fumé más.

Gracias a ese acto, me he ahorrado muchos miles de pesos, no he fastidiado a mi familia y he ido incrementando mi dosis de ejercicio. Regresé a la bicicleta, ya aquí en Aguascalientes, y al principio me contentaba con el trayecto casa-oficina, pero luego empecé a experimentar con los caminos alrededor de la ciudad, principalmente hacia el rumbo de Jesús María. Dominé esa ruta (unos 50 km ida y vuelta desde la casa), luego hasta Valladolid (55 km), luego hasta San Garabato (65 km) y mi record es haber llegado hasta la Presa Calles, 108 km ida y vuelta. Confieso que hice trampa porque no aguanté la última subida y la realicé caminando con la bici a un lado, pero de todas maneras, fueron más de 100 km para un hombre de 65 años.

Quería compartir esta pequeña historia, y hoy que me senté a escribir recordé su cronología y esa maravillosa desgracia que me ocurrió y me forzó a buscar una solución constructiva. Al menos en este caso se cumplió el dicho no hay mal que por bien no venga, y donde quiera que estés, Gloria, te agradezco que me hayas chocado. Así se llamaba ella; alguien me dijo que había muerto.