Josemaría León Lara Díaz Torre

Tal pareciera que el mundo no está dimensionando el problema que significa la suspensión definitiva del programa DACA (acción diferida para los llegados en la infancia, por sus siglas en inglés) en los Estados Unidos. Este programa viene a dejar sin protección, pero sobre todo sin esperanza a más de 750,000 jóvenes que ya tienen una vida hecha en aquel país; país que solía autoproclamarse “the land of the free”.
Y es que este programa surge para dar certeza jurídica a miles de jóvenes inmigrantes indocumentados, que llegaron a los Estados Unidos cuando aún eran muy pequeños, y que a lo largo de estos años se encuentran inmersos en el estilo de vida y cultura estadounidense, en otras palabras, ya son más de allá que de acá. Esos miles de jóvenes han perdido todo tipo de protección gubernamental y se encuentran hoy en día en la antesala de la deportación.
De esos tantos miles de jóvenes soñadores o “dreamers”, la inmensa mayoría son de nacionalidad mexicana. Y aunque el Congreso de la Unión tiene vigente una campaña en favor de estos jóvenes y el mismo presidente Peña en su discurso del sábado pasado con motivo del quinto informe de su gobierno, anunció que el gobierno federal los ayudaría a su regreso, el hecho es que estarían regresando más de 600, 000 jóvenes a un país donde las oportunidades de empleo, estudio y sobre todo económicas son ciertamente escasas.
Tampoco se trata de caer en absolutos o de ser pesimistas, pero conociendo la realidad (o las realidades) en la(s) que vivimos en México, el panorama para los “dreamers” a su regreso no es el más esperanzador. Lamentablemente se trata de un retroceso cruel y humillante, pues si en primer lugar sus padres decidieron que era mejor ir en busca del tan prostituido “american dream” que quedarse aquí, a su regreso no encontrarán cambio significativo alguno en las condiciones de vida de las cuales huyeron.
Pensemos de momento en el IMSS (con todos los peros que podamos recordar), si el servicio es “malito”, imaginemos ahora cómo sería si le inyectamos al país de un día a otro a seiscientos mil nuevos mexicanos que requieren seguridad social. Y aunque esto parezca catastrófico, es quizás el menor de los problemas que el país habrá de enfrentar, un país que además se encuentra en la cuerda floja de salir del tratado comercial más importante que tiene.
Tomo una idea que encontré el día de ayer publicada en el sitio web para Latinoamérica del diario español El País, (parafraseando) una situación donde los “dreamers” parecen ser una moneda de cambio que está utilizando la Casa Blanca para negociar con el Congreso de aquel país, el endurecimiento de las medidas legales migratorias y sobre todo el financiamiento del muro fronterizo con México.
La cancelación de DACA ha entrado al punto de negociación y cuenta con un plazo de 6 meses para que tanto el poder legislativo como el ejecutivo lleguen a un acuerdo y que la vida, el futuro, los sueños, las vidas, los proyectos y las metas de estos seres humanos no se pongan en suspenso, por el odio, la aberración y la xenofobia del payaso que vive en la Casa Blanca.
El panorama deja entrever una muy tenue luz al final del túnel, pues al momento en que redacto estas líneas van ya 16 estados de los 50 que conforman la Unión Americana, que se han opuesto de manera directa a las medidas tomadas por el presidente. Aún así, como mexicanos debemos estar preparados para lo peor, y que gobierno y sociedad trabajemos en conjunto para poder recibir a nuestros compatriotas con los brazos abiertos de nuevo en casa, su casa.

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