Al escribir estas líneas no es a usted a quien tengo presente, estudiado lector que me distingue con su atención en este lunes 16 de junio de 2014. Pienso más bien en el historiador que consulte este diario dentro de, digamos, 40 ó 50 años… justamente como hago hoy en día en el Archivo Histórico del Estado con periódicos de fines de los años cincuenta del siglo anterior.

Si este investigador estudiara la historia de las comunicaciones utilizando como materia prima estos certámenes, sin duda habría que agregar un nuevo capítulo, con la proyección de los partidos, por primera vez en una sala cinematográfica.

En fin. Escribo estas líneas a sugerencia de mi amigo Alejandro Velasco Rivas, que se apersonó con su apreciable familia en el partido del viernes 13, entre las escuadras de México y Camerún. La idea de escribir me atrajo tan solo por la novedad de la experiencia porque señora, señor: al cine se va a ver dramas, comedias, la Ciudad Luz en las noches, la Torre Eiffel convertida en antorcha que ilumina las mentes más obcecadas de esta vida, y la de Nueva York acechada por extraterrestres, los emperadores romanos rigiendo el mundo conocido, monstruos de verosímiles rugidos, guerras injustas –aunque sea pleonasmo-, etc., pero no partidos de futbol.

Así que ahora le contaré sobre este partido a partir de la información que me ofreció mi amigo, pero le advierto que para evitarme complicaciones en materia de redacción, lo haré como si fuera yo quien estuvo presente. Así que corre y se va…

Son casi las 11 de la mañana, y en el estacionamiento de los cines cercanos al antiguo horno de la fundición hay movimiento. En rigor esto de ir al cine en la mañana es inusual, porque hace tiempo que se acabaron las matinés, esas funciones que iniciaban a las 9.30 a.m. los domingos e incluían tres películas, de seguro una de Tintán, o de Viruta y Capulina. Pero eso se acabó. Ahora sería como pedir la cena a las 11 de la mañana, o asistir a una función operística, o embriagarse, aunque bueno, asumamos que en alguna parte del mundo ya es la una, y hasta más tarde; así que ¡salú!

Aunque de alcohol nada, porque en la dulcería se expende lo habitual de estos negocios. En el vestíbulo la gente se mueve nerviosa, a la dulcería, a los baños, a la sala, quizá la más grande de la instalación, que está a tres cuartas partes de su capacidad aunque, faltaba más, varios llegan tarde, y otros, que entraron más temprano, se pasan de lanzas y se sientan en el lugar equivocado. Pero la conveniente confusión se resuelve con civilidad, sin incidentes.

Advierto que el auditorio está compuesto en su mayoría por jóvenes, aunque tampoco faltan las personas mayores, como aquel viejito de bastón que sube lentamente los escalones, o ese otro señor, que porta una bandera tricolor. Los que faltan son los niños, que merecidamente están en la escuela. ¿Quién les manda no ser independientes y tener poder de compra?… Advierto también que muchos lucen la verde, una playera de la selección, nueva o vieja, ajada o flamante. Incluso está este joven a mi lado, que lleva una con el icono del primer mundial de México.

Comienza el partido… ¡Rayos! ¡Qué bien se ve! Desde luego no hay pantalla mayor que ésta; y qué buen sonido… En la ciudad de Natal, donde tiene lugar el encuentro, lloverá todo el lapso, y lo hará así como para despertar la envidia de quienes vivimos en Sinaguas.

Los mexicanos están encima de la portería de los leones africanos, una y otra vez, y desde luego pronto se hace presente ese saludo, tristemente célebre en los partidos de futbol, cada vez que el portero rival despeja el balón; brazo levantado en saludo fascista y agitándose la mano abierta: ¡Ahhhh! ¡Putooooo!, en donde la h se prolonga tanto como el arquero tarde en patear la pelota. ¡Qué vergüenza!… Se ve, se escucha que hay mucho paisanaje en el estadio; así se pone de manifiesto cada vez que Charles Itandje pone el balón en juego. Por lo menos se trata de un asunto local; algo que compartimos, nomás 80 ó 90 millones de personas, y que seguramente nadie más entiende –eso espero-. Mejor el cielito lindo, mejor el canta y no llores

Minuto 10, Giovani dos Santos perfora la meta enemiga y en el cine el estruendo es tal, que dejan de escucharse las voces de la transmisión, pero el árbitro lo anula. Luego hará lo mismo con un tanto de los africanos en el 15, y otra vez con dos Santos en el 29. Repiten las jugadas y no hay fuera de lugar, inútilmente el respetable protesta. Entonces se entiende por qué a los árbitros les dicen nazarenos, porque con semejantes pifias uno querría hacerla de Pilatos y crucificarlos…

Conforme transcurre el juego, y habiendo constatado que también en el cine saludan al moreno que resguarda la puerta africana, o cómo protesta la gente cuando Mbia golpea a Andrés Guardado, o cuando Héctor Moreno es amonestado por juego peligroso, en gestos que resulta imposible que se escuchen más allá de la dulcería del cine, me acuerdo de la sentencia terrible que Dante Alighieri vio escrita en las puertas del infierno, la más despiadada que hombre alguno pueda imaginar y pronunciar: Abandonen toda esperanza los que entran aquí. Entonces, de ver las reacciones del respetable ante la evolución del partido, se me ocurre parafrasear el aforismo dantesco, y proclamar: Abandonen toda racionalidad los que contemplan un partido de futbol, porque de otra forma no se entiende la conducta que adoptan muchas personas, este desahogo que puede ser el deporte, como los aplausos ante aquella gran atajada de Guillermo Ochoa.

Medio tiempo. Se encienden las luces de la sala, nueva escala en la dulcería, previa visita al baño, y de regreso al asiento.

Se reanudan las acciones y entre el respetable cunde la inquietud porque ahora los leones saludan de cuando en cuando a Ochoa, y entre ellos está el letal Samuel Eto’o.

Finalmente, en el 61 Oribe Peralta anota sin que el ché árbitro ponga peros (ché no por argentino, porque era colombiano, sino más bien ya sabe usted por qué). Por fin se mueve el marcador y otra vez el estruendo total, la gente de pie, los aplausos, los gritos de ¡México, México, México!

De veras qué extraño ver esto en un cine, en donde la actitud es más bien la contraria, de completo silencio, para que los que están en la pantalla haciendo y diciendo cosas no se den cuenta de que estamos aquí, observándolos.

Al cumplirse el tiempo reglamentario el árbitro concede cuatro minutos más, y la tensión aumenta, porque la ventaja no es definitiva, y los leones siguen presionando. Finalmente, en el minuto 95, el colombiano pita el final del partido, que es recibido con aplausos. Mientras se encienden las luces de la sala, y las butacas son desalojadas, en la pantalla se anuncia el siguiente partido: Holanda España, que comenzará minutos después.

De salida nueva escala en el baño, en donde un par de jóvenes se quitan la verde para, recuperada la racionalidad, irse a trabajar. Aquí no ha pasado nada…(Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).