Estoy imaginando que puedo elevarme a unos 50 metros de altura, una de estas noches de junio, el Sol caído al otro lado del mundo tras el Cerro del Muerto; la tierra envuelta en un bochorno que es clamor por las lluvias. Puedo hacerlo y recorrer el aire y observar las calles, las azoteas, los patios abiertos a las estrellas, las personas…

Como yo, esos hombres y mujeres de allá abajo viven de la única manera que conocen, como pueden; con quien pueden, de acuerdo a lo que buena o malamente aprendieron, ignorantes siempre unos de otros. Tal vez por eso llamaría la atención conocer las maneras diferentes como hacen ellos las mismas cosas que nosotros…

Conocer a esos hombres y mujeres, digo, tal y como son; o como creen ser, sin aquellas barreras que por pudor levantan (amos) frente a los demás, para que no se percaten de ciertas cosas que es mejor mantener en las sombras porque, ¿quién, señora, señor, aceptaría públicamente que es envidioso, egoísta, avaricioso, estúpido, lujurioso, flojo? ¿Quién?

En fin. Que me imagino que puedo recorrer la ciudad desde el aire, y entonces escucharía a ese hombre que vuelve a la vida a Carlos Gardel y canta: Acaricia mi ensueño/el suave murmullo/de tu suspirar/Como ríe la vida/si tus ojos negros/me quieren mirar… Lo escucharía a él, y luego a la mujer que se le incorpora, y que de buenas a primeras se calla para proclamar que la muerte es un asunto doméstico, decía mi abuela mientras preparaba la sala velatorio para su marido…

Habla sola, como para conjurar su dolor, y hacer que poco a poco salga de su pecho y deje de doler; que no duela más…

Habla sola, de lo que quedó de su hombre luego de que los criminales lo secuestraran y asesinaran, por equivocación. Con ella está su marido, muerto consciente de su muerte; de cómo ocurrieron los hechos. Hablan y se lamentan; se encuentran y se ignoran; dicen todo para sí, no para mí o los demás con los que me asomo a la vida de esta mujer; de esta pareja, que encarnan Mariana Torres y Beto Béjar, protagonistas de No más Gardel, la obra de “Proyecto 5 Teatro”, con un texto derivado del poemario De muerte y rabia,de Mariana, dirigida por José Concepción Macías Candelas y producida por Alexa Torres, que anoche concluyó una muy exitosa temporada.

Mariana La chata y Beto El profe nos enfrentan, nos confrontan, pero no nos ven. Por fin puedo observar la ciudad y su gente desde el aire; ver sin ser visto…

La obra tuvo como escenario, no el predecible de un teatro, con su patio de butacas y su escenario, armado con artilugios técnicos que contribuyen a crear la magia. No eso, sino la sala de una pequeña casa de la calle de Allende, en un montaje muy bien logrado.

Es este un teatro para nuestro tiempo, atormentado, desgarrador; un tiempo pletórico de desgracias que al menos encuentra la gracia de esta, una buena puesta en escena. Es como uno de esos grupos de personas que han proliferado, que tienen en común alguna desgracia que comparten una vez a la semana; la crean y recrean; le insuflan nuevos ánimos para que no se les muera, quizá con la idea de, al final, redimirse de cara a una vida desgraciada.

No más Gardel no es una de esas historias que casi obligan a voltear la mirada, a cambiar de canal, a subirle al volumen y pensar en otra cosa. Por el contrario, el texto y el trabajo actoral atrapan de principio a fin, y es que hay un placer inconfesable en esta contemplación descarada de las vidas de otros; este ver sin ser vistos, nosotros en la penumbra, observando, y ellos en la luz, viviendo.

En verdad es una experiencia perturbadora esta del teatro en casa; casi impúdica, este meterse en las vidas de otros, este teatro que no parece tal, sino la vida misma, ruidos de la calle incluidos, las mujeres que pasan conversando, los vehículos, los niños, el vendedor de… ¿Qué vendía aquel hombre que pasó hace rato?

¿Por qué una obra sobre la violencia; sobre la desesperante impunidad que campea en México se escribe, se presenta y tiene éxito? Dicho de otra manera: ¿por qué una obra sobre la violencia como ésta puede refrescarle a uno el espíritu?

Quizá encuentre la explicación en el libro que estoy leyendo en estos días, una afortunada recomendación del contador Humberto Martínez de León. Se llama El imperio –debiera titularse El otro imperio– y lo escribió el periodista bielorruso Ryszard Kapuściński. En el capítulo dedicado a la República Socialista Soviética de Turkmenia –hoy Turkmenistán– habla del río Uzboy, que fluyó en contra del desierto de esa zona de Asia central, hasta que éste le ganó y lo secó. Kapuściński dice en la página 79 que cuando los pobladores de la zona se dieron cuenta de que el río estaba secándose, “se sentaban y lo contemplaban, pues los hombres gustan de contemplar su desgracia”.

Así que nos gusta contemplar nuestra desgracia… Quizá por eso aquella vez salí a la noche casi eufórico, luego de ver la obra; quizá fuera por eso. Por cierto, pensándolo bien, este tango de Gardel, El día que me quieras, es un canto a la utopía del amor… Porque, fíjese bien cómo dice: El día que me quieras/la rosa que engalana,/se vestirá de fiesta/con su mejor color…

¿Y cuándo ocurrirá semejante maravilla? El día que me quieras… No hoy, ni mañana, sino el día que me quieras; la noche que me quieras. ¿Y cuándo será eso? ¡Quién sabe! Un día de estos; nunca, como la utopía del fin de la violencia y la pobreza; de la corrupción… De todos modos México te llamas. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).