Por J. Jesús López García

Darian Leader (1965- ) psicoanalista y ensayista británico sobre el arte y la cultura menciona en su obra El robo de la Monalisa. Lo que el arte nos impide ver, que el famoso cuadro de Leonardo da Vinci (1452-1519) realmente no tiene precio, y no lo tiene porque realmente no hay un mercado para esa pintura, no está a la venta y la única manera de hacerse de ella es hurtándola como sucedió a principios del siglo XX por el italiano, pintor de brocha gorda, Vincenzo Peruggia (1881-1947), quien deseaba regresar la pieza a su país y al verse imposibilitado para hacerlo decidió -tras dos años de mantener en su posesión la obra- finalmente venderla al director de la Galleria degli Uffizi, Alfredo Geri, quien al principio incrédulo de que el italiano poseyese verdaderamente la pintura original, le delató a las autoridades francesas que así recuperaron el famoso retrato para restituirlo a las colecciones del museo del Louvre.
Como no hay un mercado para una obra así -su hipotético poseedor sólo podría disfrutarla a solas y de manera ultra secreta, como el mismo Peruggia que la mantuvo escondida en un baúl debajo de su cama apenas sacándola de su escondite unas pocas veces-, no hay precio de venta; la obra no tiene un precio comercial, pero es indudable que su valor real no tiene nada que ver con dinero.
En materia arquitectónica hay varias vías para valorar el precio de un edificio. Desde el costo del suelo y la cantidad de metros cuadrados construidos -pasando por la naturaleza de sus materiales y procesos constructivos- hasta sus características más subjetivas que tienen que ver con su carga artística, patrimonial, estilística, entre otras. Pero el valor genuino de un inmueble, si es que lo tiene, radica más en su naturaleza representativa que en el rendimiento de su uso o la cantidad de su mantenimiento, remozamiento o de su demolición-reconstrucción.
Durante siglos las edificaciones de la Roma imperial fueron utilizadas como bando de materiales constructivos para todo tipo de las recientes fincas que se levantaban. En el siglo XVIII, las “vistas” de la ciudad de Roma realizadas por arquitecto, arqueólogo, investigador y grabador italiano Giovanni Battista Piranesi (1720-1778) mostraban las entonces recién redescubiertas ruinas romanas rodeadas de un paisaje bucólico con cabras y campesinos deambulando por lo que quedaba de esos vestigios majestuosos. Para los hombres de ese siglo Ilustrado, lo que estaba empezando era una revaloración del pasado clásico antiguo como fuente de un conocimiento seminal que estaba apuntalando a la intelectualidad del mundo Moderno. Lo que esos antiguos edificios y conjuntos representaban era la filiación occidental con un pasado luminoso que estaba siendo resucitado para iniciar un episodio nuevo en la Historia de la Humanidad.
Al desplomarse un inmueble, cae con él un pedazo de historia o un fragmento de crónica local. No todo lo que se demuele posee ese valor testimonial, de hecho la mayor parte de lo que se derriba vale la pena ser abatido esperando que lo que lo sustituya sea mucho mejor. Sin embargo cuando lo que se tira tiene cierto valor arquitectónico y testimonial -a más de ser un edificio que ha soportado el paso de décadas en relativo buen estado-, quienes gustamos de disfrutar de nuestra ciudad y sus edificios, contenemos la respiración esperando que la obra sustituta esté a la altura al menos, de la que poseía el bloque que se echó abajo.
Es comprensible que los propietarios de bienes inmuebles traten de potenciar su inversión y eso es señal de que la economía local mantiene una salud respetable, pero la renta económica proporcionada por un edificio, muchas veces no es sinónima del valor que ese mismo edificio posee como una referencia de lugar.
En dibujo se presenta una casa tipo chalet de fachada Art Déco que ya no existe. El deterioro de su contexto inmediato era ya evidente desde hace años y esta finca era una de las piezas que a pesar de su evidente envejecimiento, aún manifestaba su dignidad original. Esperando que lo que sustituya al inmueble tirado sea mucho mejor, sólo resta mencionar que no es lo mismo valor que precio. Algo costoso no siempre es comparable a algo de valor y viceversa. El valor tiene más que ver con el aprecio de algo por su mera presencia referencial, por su capacidad de representar una época, una manera de concebir lo que la sociedad es y fue, así como de vivir nuestro entorno como algo propio y no ajeno, al margen de que los edificios que nos acompañan en el diario no son de nuestra propiedad en su gran mayoría.
Como se colige de lo expuesto, las fincas que aún permanecen en el perímetro del Primer Cuadro citadino, son en su gran mayoría dignas de preservarse por el valor plástico y espacial que tienen, sin embargo, también hay que tener en mente que muchas de ellas van siendo demolidas, perdiendo una parte de la imagen urbana de nuestra urbe acalitana.