Prof. Flaviano Jiménez JIménez

Desde el más modesto hasta el más encumbrado diccionario dice que la política es “arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados, o modo de dirigir los asuntos que interesan al Estado”. Para ello, necesariamente, se requiere que el político tenga preparación, habilidad, tacto, capacidad, sagacidad, diplomacia, ser estadista y, entre otras cosas, tener actitud profesional y ética. Y la politiquería es “hablar de cuestiones políticas sin necesidad o sin capacidad para ello, o bastardear  los fines de la actuación  política”. (Bastardear es corromper, degenerar, desnaturalizar, depravar, empeorar, encanallar, enviciar, envilecer, pervertir, los fines de la actuación política)

¿A qué vienen estas definiciones? Para diferenciar, en la vida real, lo que es política y politiquería. En los tiempos actuales, es muy común degenerar o corromper los fines superiores del ser humano por la politiquería. Ejemplos: cuando la autoridad implantó la “fotomulta” para evitar excesos de velocidad de los automovilistas con el fin superior de salvar vidas; la politiquería en  campaña hizo denuestos de esta medida con el objeto de ganar votos, desnaturalizando o envileciendo un fin de la actuación política. Con el mismo objeto de ganar adeptos, se politiza (con improvidad) contra C.A.A.S.A., hoy VEOLIA; sin embargo, hasta hoy no hay una propuesta seria y definida para solucionar  el grave problema del agua; dando la impresión que, simplemente, se trata de politizar o enviciar el asunto, dejando el problema a otros y a la ciudadanía.

En el campo escolar, la politiquería o la politización perversa ha desahuciado a la Reforma Educativa sin tenerse una propuesta que la sustituya y que la mejore; simplemente se le ha  degenerando y envilecido, como si la Reforma fuera un conjunto de ideas y de acciones que van en contra de la educación. A los que no gusta leer ni reflexionar, les debería quedar claro que la Reforma Educativa está sustentada en la Constitución, en la Ley General de Educación y en una serie de disposiciones reglamentarias y acuerdos para otorgar servicios educativos a la población mediante el sistema escolar existente y mejorable. Y del marco legal, se deriva el fin supremo de la Reforma Educativa: formar integralmente al tipo de mexicano que requiere el Siglo XXI; para ello, se diseña la currícula, esto es, el plan y los programas de estudio, las asignaturas de los niveles escolares y los métodos; complementando, lo anterior, con libros de texto y diversos materiales de apoyo educativo. No obstante, por cuestiones de politiquería se nulifica todo un esfuerzo de generaciones para, en este momento, estar en la nada; si acaso hay ideas sueltas, pero productos del desconocimiento, del rencor, de la animadversión y de un deseo insano largamente incubado. ¿Se puede esperar de la politiquería una educación de calidad como lo requieren los niños, los adolescentes y los jóvenes del país?

Si realmente se quiere un desarrollo progresivo y sostenido del país, a través de la educación, es necesario ya pensar en una política educativa de Estado con prácticas educativas que involucren a la totalidad de la sociedad; una política educativa que deje de ser sexenal y de colores; que sea transexenal, con propósitos y metas siempre altas y progresivas. Y esto implica, también, funcionarios profesionalizados en educación; que lleguen a los puestos por oposición y por merecimientos académicos. Que no cambien de sus cargos por gustos, caprichos o contentillos en turno; que cambien cuando sus resultados ya no sean los requeridos o por otras causas de fuerza mayor. Así dejaríamos de inventar a México con las ocurrencias de cada seis años.

Que quede claro, no es intención de decir que la Reforma Educativa sea inamovible e inmejorable. Toda Reforma es perfectible, pero siempre con miras ascendentes y graduales; y no con cambios que muevan hacia atrás, o hacia los lados. Con una política educativa de Estado sería otra cosa.