“No tengo ni idea si el viaje temporal es posible, pero es un concepto que ciertamente vale la pena explorar.”
Carl Sagan

COLUMNA CORTEEl tiempo es implacable. Su paso erosiona el nuestro y el inevitable avance del flujo cronológico invita a la introspección retrospectiva sobre los procesos evolutivos en nuestra existencia cada día que avanza, y nuestro reflejo en el espejo nos grita sin cesar cuánto y cuándo nosotros y nuestro universo existencial hemos cambiado. Ello suele tentar la inoculación en nuestra conciencia del omnipresente “¿Qué tal si…?”, esa primordial especulación que da entrada a un océano de mecanizaciones intelectivas donde reemplazamos las decisiones, acciones y reacciones reales por las ideales, fantaseando sobre nuestro actual estado físico y mental si las cosas hubieran sido diferentes… un fenómeno que el cine ha explorado desde toda línea temporal alterna.
Por supuesto que la fascinación inherente en un concepto tan vasto como el recorrido en las diversas sendas cronales, ha cautivado la imaginación de diversos entes creativos (sobre todo literarios por sus posibilidades narrativas y científicas, por su sorprendente capacidad de ser algo factual) desde hace siglos, pero el cine lo ha potenciado de tal forma que prácticamente edificó todo un subgénero a tan fantástico concepto, comenzando con las obligadas adaptaciones fílmicas de textos clásicos de rigurosa revisión sobre el viaje temporal como “Un yankee en la corte del rey Arturo” -destacando la versión de 1949 con el siempre melódico Bing Crosby-, “Canción de Navidad” -donde Charles Dickens ubica a su personaje Ebenezer Scrooge en diversos periodos de su propio pasado- o “La máquina del tiempo” -maravilloso escapismo victoriano, obra de H.G. Wells, que inspiró la excelente y homónima adaptación de George Pal en 1960 con Rod Taylor en icónica interpretación, así como la interesante y especulativa “Escape en el tiempo” (1979), donde Michael McDowell encarna al mismo Wells como creador del adminículo que le permite viajar al futuro donde deberá confrontar a Jack, el Destripador (David Warner), a la vez que encuentra el amor (créanme, es mejor de lo que suena). De la horrenda versión de 2002 con un desaprovechado Guy Pearce, ni hablar.
Con el furor de la ciencia ficción durante los años sesenta y setenta surgieron numerosos proyectos que mantuvieron vigente esta idea, destacando “Viajeros en el tiempo” (Melchior, E.U., 1964), “Viaje al centro del tiempo” (Hewitt, E.U., 1967), “2000 años después” (Tenzer, E.U., 1970), o la saga de “El planeta de los simios”, donde el desplazamiento temporal es pivotal para la trama de los cinco filmes. Hasta el mismo Santo, el Enmascarado de Plata, tuvo su propia divergencia cronológica en “Santo y El Tesoro de Drácula” (Cardona, México, 1969).
La fijación con las infinitas posibilidades en el viaje temporal permitió que incluso el concepto se hibridara con otros géneros, como es el caso de “Pide al tiempo que vuelva” -cinta obligada para románticos recalcitrantes sobre el amorío imposible entre Christopher Reeve y Jane Seymour separados por un siglo de distancia-, “La cuenta final” -drama bélico donde el acorazado comandado por Kirk Douglas regresa con toda la tripulación al ataque de Pearl Harbor y los debates morales de intervención que eso implica- y “Bandidos del tiempo” -exquisita farsa inglesa de un insuperable tono socarrón por el ídem director Terry Gilliam.
Los años ochenta y noventa vieron en el concepto transdimensional una formidable oportunidad para situarlo en experiencias dinámicas y trepidantes, como fue el caso de “Terminator” (Cameron, E.U., 1984) y secuelas, “El experimento Filadelfia” (Raffill, E.U., 1985), “Trancers” (Band, E.U., 1985), la infaltable trilogía de “Volver al futuro”, la jocosa dupla de “Bill y Ted” -con un imberbe y desenvuelto Keanu Reeves-, la poética “Navigator” (Ward, Australia, 1988), la hilarante “Los locos visitantes” (Poiré, Francia, 1993), la existencialista y notable “Hechizo del tiempo” (Ramis, E.U., 1994), “Timecop” (Hyams, E.U., 1994) -indudablemente el mejor filme de Van Damme- o “12 monos”, inteligente y paradigmática reinterpretación del otrora confortable desplazamiento temporal.
Intelectualizaciones más recientes del tópico han erogado en cintas que brillan tanto por su minuciosa ejecución e hilvanado narrativo, como por su aporte a este exprimido tema, surgiendo cintas tan logradas como “Donnie Darko” y “Southland Tales”, ambas de Richard Kelly; “Primer” y “Triangle”, donde se pone de manifiesto las posibilidades dramáticas y relativamente trágicas de estas paradojas o “Los cronocrímenes”, ingenioso thriller español de Nacho Vigalondo, con un guión repleto de retruécanos válidos e ingeniosos. Alimento para la mente y la imaginación digno de revisión para brindarnos aquella sensación descrita por el Dr. David Filby (Alan Young) en “La máquina del tiempo” (1960): “Ahora tienes todo el tiempo del mundo…”.

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