Noé García Gómez

La corrupción y la impunidad en nuestro país son un problema grave y fuerte; pero algo peor es que parece que es una situación a la que muchos se están acostumbrando a convivir y hacer parte del día a día.

El concepto de corrupción es amplio, la RAE lo especifica de la siguiente manera: “En las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores.” Esta práctica incluye soborno, fraude, apropiación indebida u otras formas de desviación de recursos por un funcionario público, pero no es limitado a ello. La corrupción también puede ocurrir en los casos de nepotismo, extorsión, tráfico de influencias, uso indebido de información privilegiada para fines personales y la compra y venta de las decisiones judiciales, entre varias otras prácticas.

En el caso de la impunidad la definición es concreta, la RAE la define en tres palabras “Falta de castigo”; por lo regular la impunidad se da por negligencia, por complicidad directa o por mecanismos erróneos en la impartición de justicia.

Se debe destacar que a fin de que la corrupción se dé, el corrupto y el corruptor son conscientes de que hay las condiciones idóneas y con altas probabilidades de salir impune. La impunidad es un caldo de cultivo para la corrupción.

La corrupción es un complejo fenómeno social, político y económico que afecta a todos los países del mundo. Lo preocupante es que en México va acompañada de un alto índice de impunidad lo que provoca un círculo vicioso y deleznable. En diferentes contextos, la corrupción perjudica a las instituciones, inhibe el desarrollo económico y social, además de contribuir para una inestabilidad política y ensuciar la imagen al exterior de un país. La corrupción destruye las bases de las instituciones democráticas al distorsionar los procesos electorales, socavando el imperio de la ley y deslegitimando la burocracia.

Tal es su magnitud, que se estima, moderadamente, que en la actualidad el 10% del producto interno bruto (PIB) es lo que ocasiona de daño directo al pueblo de México. De ahí que se diga que es el impuesto más costoso que pagamos los mexicanos. El más reciente informe de Transparencia Internacional ubicó a México en el lugar 106 de 177 naciones, situación que lo coloca como uno de los países más corruptos para el organismo.

El Índice Nacional del Buen Gobierno 2010 (INBG), estima que dar una mordida cuesta en promedio 165 pesos a cada hogar de México; mientras que tres años atrás la cifra fue de 138 pesos. Además, estima que en un año se dan aproximadamente 32,000 millones de pesos para, a través de la corrupción, facilitar o acelerar trámites y servicios públicos. Según las estimaciones presentadas en este índice, los mexicanos destinaron por familia 14% de sus ingresos en sobornos, con el fin de acelerar trámites o librar sanciones.

En cuanto a la impunidad, de acuerdo con un estudio presentado por el Instituto Tecnológico de Monterrey, el 98.5% de los delitos cometidos en México queda impune. El análisis también señala que del total de delitos sólo se denuncia un 22% y de esa cifra únicamente se investiga el 15%, pero para desgracia de los mexicanos y del país, nada más el cuatro por ciento de dichas investigaciones concluye; por si esto no fuera alarmante, sólo se sujeta a proceso penal a un 1.75% de los delincuentes.

Gran parte del desprestigio ganado por la clase política es por estos dos fenómenos, difícilmente se salva algún partido y pocos políticos, la realidad es que parte del ciudadano también se está quedando sin calidad moral para exigir al político, pues de una u otra forma se enclava en la dinámica. Pero lo que hay que reflexionar es qué ejemplo le estamos dado a las nuevas generaciones, en las que están nuestros hijos, hoy más que nunca se requieren de ciudadanos de temple, con calidad moral y ética para poder formar con el ejemplo a nuestros jóvenes y en un corto plazo se puedan generar cambios culturales que al menos señalen y segreguen a los agentes corruptos y corruptores.