Por J. Jesús López García

La urbanización moderna es un fenómeno que busca la sensación de lo terminado: producto que se etiqueta para el rápido consumo, fácil lectura y permanencia fugaz en la memoria. Actualmente todo apuesta a establecer «productos» que no tienen otro trasfondo que el de la mercadotecnia que promete estilos de vida a cambio de una considerable suma de dinero. Es cierto que la economía juega un papel preponderante en la configuración de las ciudades, tan solo basta observar los niveles de las fincas de Aguascalientes, comparar el fenómeno con el número de plantas de los inmuebles de Guadalajara, Monterrey o de la Ciudad de México, y se percibirá cómo ello se relaciona directamente con la rentabilidad del suelo expresada en pisos y apreciaremos la magnitud de la generación de riqueza, sin embargo no es otra cosa que el tiempo en el espacio lo que va modelando, destruyendo, cauterizando y ampliando las urbes.

A la sensación de obra concluida en los nuevos desarrollos -como la habitación de un hotel- se contrapone lo inacabado de la ciudad primordial, es decir de la metrópoli que ha quedado atrás de la prospección inmobiliaria actual, de la localidad que permite que varios tiempos confluyan en un mismo contexto espacial. Lo que se encuentra en estos sitios es la convivencia de edificios y estructuras urbanas pertenecientes a un espectro de varios siglos.

Nos encontramos con esos ámbitos a la vuelta de la esquina de manera cotidiana y ya no parece despertar nuestra curiosidad, y para muestra un botón: el caso de una finca de trescientos años y se erige al lado ésta una de tres años de edad; edificaciones que hablan no de estilos de vida, sino de cosmovisiones completamente diferentes que la ciudad hermana en contextos ricos en heterogeneidad, divergencia y variedad de formas, sensaciones y vivencias. En cascos primigenios de poblaciones como la nuestra, edificios barrocos del siglo XVIII colindan con realizaciones contemporáneas de vidrio y concreto. Al margen del diseño y la fábrica de los unos y los otros, esa sola convivencia estimula los sentidos y la imaginación. En capitales como la de la Ciudad de México, con algunas estructuras mesoamericanas aún visibles, la extrañeza y disimilitud de formas potencia aún más la riqueza de experiencias que el transeúnte, con el solo hecho de transitar por ahí, puede encontrar.

La interacción entre diseños arquitectónicos de diversas procedencias temporales y configuraciones, puede provocar esas vivencias y aún muchas más, pero la cotidianidad generadora de encuentros también es un agente deteriorador de la atención: aquello que es único se convierte al paso de su experimentación diaria en una situación común y corriente. Lo anterior nos advierte que el hoy hace hincapié en volver a poner atención a los contextos múltiples que la ciudad y su arquitectura ofrecen al paseante y que en una simple ojeada pueden establecerse las genealogías de fenómenos cautivadores.

La vista aguda del caminante le permite disfrutar los magníficos ejemplos de arquitectura que existen en Aguascalientes, tal es el caso de la casa “…del Sr. José Silva, que fue proyectada y construida por el Ing. Alfredo Alarcón, ubicada en el lado poniente del Jardín de Guadalupe…”, marcada con el No. 108. En esta calle se pueden observar varias fincas de alrededor de los años cincuenta del siglo XX, y del otro lado el jardín mencionado con un sensible desnivel. A quien ha pasado por ahí no debió habérsele escapado esa característica y el hecho de que esa pequeña vía con arquitectura doméstica de diferente calidad en sus ejemplares, se vive como un enclave especial y agradable al paseo. El desnivel del jardín, sea por algún accidente de trazo y nivelación, por cierto escurrimiento pluvial o la preexistencia de determinado panteón anexo al atrio del templo de Guadalupe, el espacio urbano con ese simple cambio de alturas y con una arquitectura sobria y de cierta calidad expone la convergencia de espacio y de tiempo que van estructurando la imaginación, la memoria y, de alguna manera, la lectura de nosotros como sociedad.

Lo anterior escapa a un etiquetado con fines de preventa, la ciudad como la aglomeración de situaciones y objetos que los accidentes de la microhistoria va conjuntando a veces de manera veleidosa, a veces de forma confusa, pero siempre de modo interesante, y no como el amueblamiento controlado de una habitación de hotel. Después de todo, la vida fluye a través de espacios inacabados que nuestra experiencia diaria modifica, adecua, descompone y vuelve a componer, y no en lugares dignos de una foto de revista especializada o de un folleto de ventas donde la inmutabilidad parece ser lo deseable. Las experiencias del espacio a lo largo del tiempo, después de todo siempre llevaran consigo el toque de la diversidad, fácilmente de comprobar si uno se brinda la oportunidad de transitar por las calles del núcleo antiguo incluyendo la modernidad arquitectónica de Aguascalientes –Primer Anillo hacia el interior–, donde arquitecturas de épocas diversas coexisten.

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