Luis Muñoz Fernández

A pesar de nuestros temores actuales, somos extraordinariamente afortunados al vivir en un mundo en el que la amenaza de la viruela ha dejado de ser común. Paradójicamente, el que esta enfermedad no represente ya un enemigo cotidiano nos impide ser conscientes de lo privilegiados que somos. Las simples cifras nos pueden ayudar. Cuando la enfermedad fue derrotada en 1977, se logró erradicar al asesino más voraz del género humano. Con cientos de millones de muertes en su haber, la viruela mató a más gente que la peste bubónica y todas las sangrientas guerras del siglo XX juntas.

 Jennifer Lee Carrell. The speckled monster. A historical tale of battling smallpox, 2003

Hoy no podemos imaginar lo que fue el mundo antes de los programas de vacunación masiva. A la viruela, una de las terribles enfermedades que hemos perdido de vista gracias a la vacuna, se le llamaba “el monstruo moteado” por las lesiones que provocaba en la piel y que dejaban marcas de por vida. Si afectaba a los ojos, le ceguera era una secuela probable. Antes de que Edward Jenner, un médico inglés de pueblo, descubriese una vacuna segura en contra de la viruela, la mortalidad alcanzaba a una de cada tres personas infectadas por el virus.

Hace mucho que no vemos por la ciudad a aquellos niños con muletas arrastrando sus piernas inmóviles y atrofiadas sostenidas por unas barras de metal que tintineaban con cada paso. La vacuna contra la poliomielitis, unas simples gotas por vía oral, ha terminado también con aquellas imágenes de niños encerrados en pulmones artificiales que los mantenían con vida a pesar de su tétrico aspecto de sarcófagos metálicos.

¿Cuánto hacía que no veíamos a un niño asfixiarse por difteria? En 2015, un pequeño catalán de Olot (Gerona) adquirió el bacilo al ser contagiado por su maestro y sus compañeros sanos que portaban el germen sin saberlo, pues estaban protegidos por la vacuna.

El niño, cuyos padres se habían negado a vacunarlo, se infectó, desarrolló la enfermedad y, pese a los esfuerzos de sus médicos que tuvieron que conseguir el antídoto en Rusia porque no había una sola gota en toda España, murió ante la consternación de sus padres y la alarma de todos.

Sus padres no habían querido vacunarlo porque no creían en el poder protector de las vacunas. Ellos, como muchos otros, son parte de lo que hoy se conoce como los movimientos antivacunas. La fuerza de estos movimientos se nota: entre 2009 y 2014 los casos de difteria en Europa aumentaron un 280%.

Que la vacunación tenga críticos y detractores no es nada nuevo. Desde un principio y durante toda su vida, Jenner fue objeto del desdén y la burla de sus contemporáneos, incluso de muchos de sus colegas. Lo que resulta novedoso es la aparición relativamente reciente de grupos organizados en contra de la vacunación que, utilizando los actuales medios de comunicación, en especial las redes sociales, han orquestado verdaderas campañas de desprestigio en contra de las vacunas con las consecuencias que hemos señalado y que se extienden a otras enfermedades infecto-contagiosas que habían permanecido controladas por décadas.

En 2015, se confirmaron en Europa 3 mil 900 nuevos casos de sarampión, de los que murieron tres. Dos años después, los casos ascendieron a 23 mil 927 con 16 muertes. La situación va a más, porque durante los primeros seis meses de 2018 los casos contabilizados llegan a 41 mil entre los que por el momento hay 37 víctimas mortales, tanto adultos como niños. Siete países tienen más de mil enfermos detectados desde enero: Georgia, Italia, Grecia, Serbia, Ucrania, Rusia y Francia. Por Italia y Francia está claro que la falta de recursos no es explicación suficiente. Los movimientos antivacunas no son un fenómeno atribuible sólo a la ignorancia, sino que tiene varios orígenes.

Edward Jenner (1749-1823) Estatua de Jenner en los Jardines de Kensington, junto al Hyde Park, Londres

¿Qué argumentos esgrimen los integrantes de los movimientos antivacunas para hacer lo que hacen? Sus motivaciones y explicaciones son diversas, de ahí que no se pueda hablar de un movimiento antivacunas único y homogéneo, sino de varios. Los argumentos los podemos dividir en:

  • Creencias religiosas o interpretación de las mismas: las vacunas se ven como algo externo que interfiere con el curso de la naturaleza y la voluntad divina, por lo que son innecesarias. Se prefiere adquirir la inmunidad padeciendo la enfermedad de manera natural.
  • Motivos ideológicos y de conciencia: son los que aducen quienes practican “estilos de vida saludable” afines al naturismo, aquellos que consideran a los programas de vacunación una intromisión intolerable en la vida privada de los ciudadanos y los que ven en la vacunación intereses inconfesables de la industria farmacéutica, la clase política y el gremio médico.
  • Dudas sobre la eficacia de las vacunas, señalando que la disminución de la frecuencia de algunas enfermedades se debe primordialmente a las mejores condiciones socioeconómicas y el consecuente mejor nivel de vida de la población, más higiénico y saludable.
  • Temor a los efectos adversos que las vacunas (tanto la sustancia inmunizadora como los conservadores, adyuvantes y otros aditivos) y las enfermedades que supuestamente producen. El ejemplo más famoso en este rubro fue el estudio del médico británico Andrew Wakefield, que en 1998 publicó un estudio en la prestigiosa revista médica The Lancet. En él decía probar una relación causal entre la vacuna triple viral (contra el sarampión, la rubéola y las paperas) y el desarrollo de autismo en los sujetos vacunados. Sus resultados tuvieron una amplia difusión y eco. Tras diez años de una investigación cuidadosa, el Colegio Médico Británico encontró que Wakefield había hecho fraude, lo expulsó de su seno, le retiró el permiso para ejercer la profesión y The Lancet eliminó su artículo como si nunca hubiese sido publicado. Sin embargo, el daño ya estaba hecho y todavía hoy se le concede crédito entre quienes se oponen a la vacunación, como el presidente Trump, por ejemplo.

De todos los argumentos expuestos, lo que más preocupa es que se afirme que la evidencia en la que se basan está avalada científicamente, cuando la realidad es que carece del rigor metodológico y los filtros de control y verificación que proporcionan los verdaderos estudios científicos.

Quienes trabajamos en el ámbito sanitario en México tenemos el deber de proporcionar a la población la educación en éste y otros temas que le permita desarrollar una actitud crítica respaldada en una información confiable, verificable y con sólidas bases científicas.

https://elpatologoinquieto.wordpress.com