Por J. Jesús López García

48. Edificio lado oriente del Mercado JuárezComo un bosque que crece con el aumento paulatino de su población arbórea, existen parajes urbanos que poco a poco fueron constituyendo su sabor a partir de la construcción de edificios que al igual que en los bosques presentan géneros y “especies” similares. Al igual que en un paisaje, todos los elementos de ese contexto urbano se estructuran para –a pesar de su muchas veces inadvertida presencia– imprimir una imagen que aunque no siempre apreciada en sus particularidades, sí establece las condiciones para la memoria, que requiere ésta, contornos bien definidos; ahí precisamente está la naturaleza de esos territorios urbanos: los perfiles de su arquitectura se manifiestan –con todo y la triste parafernalia publicitaria que la oculta y deforma parcialmente– aún de modo claro y legible.

Esos enclaves se aparecen de muchas y variadas maneras: los hay habitacionales, comerciales o por cualquier naturaleza de uso, existen también por etapas cronológicas de construcción, y aquellos que se localizan en sitios donde la confluencia social es fuerte, constante y por demás dinámica. Uno de estos enclaves lo conforma –desde la sincronía constructiva y la compatibilidad de formas arquitectónicas– la franja de edificios, que bordeando al Mercado Juárez de manera opuesta a sus paramentos oriente y sur –por las calles Victoria de norte a sur y doblando hacia el poniente, por la calle Guadalupe– son un diminuto “ecosistema” donde el Art Déco, el neobarroco y algunos trazos de arquitectura Moderna se dan cita.

Los edificios referidos tienen la particularidad de estar conservados, al menos en los elementos que los componen, lo que les otorga una claridad de los perfiles arquitectónicos. Esas formas bien definidas, apenas veladas por anuncios y añadidos de poca importancia, confieren a las dos fachadas urbanas, una imagen que por desgracia se diluye en las cuadras que sigue hacia el norte por la calle Victoria con una serie de cajones que apenas cuentan con algo que pueda ser mencionado como fachada, y que por Guadalupe luego se entremezcla con algunos edificios contemporáneos poco afortunados y por viejas tapias –que hace algún tiempo eran dignos frentes de añosos edificios– que hoy ya no existen y solamente ofrecen el polvo de los baldíos que funcionan como “estacionamientos”.

En el sitio, los inmuebles que confieren interés arquitectónico y urbanístico, los encontramos con fachadas de dos tipos: de proporción cuadrada con frentes más amplios, y de disposición rectangular con frentes más angostos, lo que les da una tendencia vertical, a pesar de tener tres niveles.

De los últimos es de donde proviene la imagen más agradable, y por tanto la memoria definida del lugar. Arquitectura que haciendo uso de repertorio de formas –que va desde un mesurado Déco hasta un ecléctico funcionalismo, pasando por elementos neocoloniales– mantiene sus proporciones entablando un diálogo entre sí y con su contexto, al que le prestan un servicio al darle una dignidad más urbana, lejos de la horizontalidad y homogeneidad del suburbio.

Esos edificios, dedicados a usos tan diferentes como la hotelería, el comercio –en variados giros–, mantienen la misma apertura en su planta baja hacia el transeúnte, filtrando su acceso a niveles altos con una puerta sencilla en un extremo pero manifestando con franjas de vanos a las mismas alturas, la armonía compositiva. Los remates, geométricos o mixtilíneos, dependiendo del estilo, solamente son identificadores particulares, lo mismo que la textura visual, de las fachadas para hacer una referencia más precisa de cada inmueble.

Para fortuna de la imagen de nuestra ciudad, esta arquitectura posee las marcas de nacimiento originales, lo que en sí da fe de respeto y dignidad de uso por parte de sus propietarios. Los edificios no requieren una transformación cosmética para hacerlos compatibles con alguna ocupación efímera; en este caso, la imagen de la ciudad ganó y aún queda en la memoria la asociación de algunos de los inmuebles con el nombre del establecimiento –que en determinados casos ya se extinguió– que por muchos años hizo uso de ellos.

Queda para la reflexión que es difícil encontrar mejor anuncio que un contexto arquitectónico-urbano atrayente, donde a la vez termina ganando no sólo el ocupante de los edificios sino toda población que transitando por la zona, pueda llevarse consigo una clave más para armar el imaginario de una ciudad que experimenta con naturalidad y respeto, el paso del tiempo.