Por J. Jesús López García

En la arquitectura, por cada edificio que existe bien pudo haber tres o más inmuebles o ideas de fincas que era posible estar en su lugar. En el caso de la Ópera de Sydney -de la autoría del arquitecto danés ganador del Premio Pritzker en 1983, Jørn Ützon (1918-2008)-, el edificio estuvo a punto de ser otro muy diferente, el proyecto ganador de un concurso abierto para diseñar esa pieza de arquitectura, relegándose al montón de las propuestas desechadas, sin embargo fue rescatado por un miembro del jurado: el arquitecto finlandés Eliel Saarinen (1873-1950) quien vio en el proyecto del danés la originalidad que hoy es patente en toda postal icónica de Australia.

De cualquier manera, incluso ese conjunto reconocido como parte que no puede faltar del catálogo arquitectónico del siglo XX, fue modificado ya en la marcha del proyecto y de la obra; la originalidad del edificio hizo que su costo se saliera de control y el mismo Ützon renunció al encargo y jamás regresó a Australia, aun sabiendo el impacto positivo que su realización tuvo y sigue teniendo.

Las obras arquitectónicas de cierta envergadura tienen esa tendencia a la modificación premeditada o accidental, son reacias a hacerse en un solo intento, salvo los inmuebles de la actualidad que deben obedecer a imperativos financieros que no permiten la dilación de los arquitectos, pero eso es nuevo, lo tradicional fue la progresión constructiva desde el diseño mismo. Era como si las ciudades se amueblaran, meditando cada pieza y haciéndola suya, en caso de que la nueva adquisición no se adaptara a los imperativos o las dinámicas de la ciudad, se eliminaba de tajo o poco a poco.

Ahora bien, detrás de los edificios hay energía motora que pone en marcha los mecanismos necesarios para que la arquitectura se plantee y después se materialice. Algunas de esas fuerzas son instituciones que van fijando las pautas sobre las que el proyecto y la construcción vayan encarrilados: En las catedrales góticas es apreciable el cambio de mano en las partes distintas encargadas a diferentes expertos constructores o maestros canteros o bien, de los dispares periodos encargados a los abades en turno.

La arquitectura es pragmática y se adapta a las necesidades, caprichos o suerte que le van siendo impuestos. En ocasiones el factor de cambio es el profesional mismo (el arquitecto español Antoni Gaudí y Cornet [1852-1926] mejor conocido como Antonio Gaudí, modificaba sus edificios conforme avanzaba el programa de obra), pero casi siempre la transformación se atribuye a factores externos: cambio en la economía local, falta de financiamiento, desacuerdo con el cliente u otras instituciones que no estén de acuerdo con la propuesta, ya sea desde su concepción o en su levantamiento, o bien lo contrario a todo ello, con lo que el cambio puede ser lo mismo negativo que positivo.

En Aguascalientes, a mediados de 1951, un grupo entusiasta de tenistas se reunieron para edificar un club en donde existieran varias instalaciones propias para llevar a cabo, además del tenis, otros deportes. Una vez iniciado el plan, éste continuó avanzando a grado tal que se lanzó una convocatoria para que se diseñara el anhelado proyecto; la propuesta ganadora fue la del ingeniero Salvador Leal Arellano. La inauguración del Club se hizo en abril 8 de 1956, y a lo largo de una dilatada vida ha ido modificando, ampliando o sustituyendo buena parte de sus edificios.

En las inmediaciones se han practicado convenientes ejercicios de arquitectura por lo que continuando el hilo conductor de los clubes sociales y deportivos en nuestra ciudad, se muestra el restaurante inmerso en el contexto del campo de golf, razón por la que se desplanta en un segundo nivel y se abre de manera panorámica. Como éste, en el lugar se han ido sucediendo muchos volúmenes, la mayoría diseñados por arquitectos locales, todos de una calidad de diseño elevada lo que ha dado nuevo aire al club y al mismo tiempo, lo coloca como un promotor de buena arquitectura.

Lo anterior es un ejemplo de que las instituciones pueden ir estableciendo un programa arquitectónico no sólo útil, sino como parte de sus mecanismo de «marca»: la buena arquitectura es digna de ser disfrutada por cualquier persona y además es un valor agregado para completar el precio de toda instalación.

El afincamiento de un espacio habitable pasa por varias etapas de adaptación y también de adopción. Cuando esos procesos se hacen patentes podemos decir que el inmueble ya ha ganado su lugar en una comunidad, a partir de ahí se va convirtiendo en pieza del paisaje. Eso es lo que finalmente quiere cualquier arquitecto para sus creaciones.

La buena arquitectura puede planearse, diseñarse, construirse o solamente ocurrirse en cualquier sitio. La arquitectura bien resuelta no es solamente capaz de generar una renta, también es idónea de marcar un sitio, de armar u organizar un ambiente. Los contextos por su parte también cambian y así ofrecen nuevas oportunidades para practicar la arquitectura, tal y como sucede con el ejemplo de las instalaciones del Club Campestre.

¡Participa con tu opinión!