Lourdes Zambrano
Agencia Reforma

CDMX.- El Palacio de Bellas Artes pudo haber sido el lienzo máximo de Saturnino Herrán, para el que preparaba el mural Nuestros dioses, pero murió antes de ver incluso inaugurado el recinto, muy joven, a los 31 años.

Pero aun su corta trayectoria, con apenas dos centenares de obras en su producción, dejó marca.

Y sobre esa marca reflexionará el Museo Nacional de Arte al conmemorar el centenario de su muerte, acaecida el 8 de octubre de 1918, con Saturnino Herrán y otros modernistas, muestra que se inaugurará este viernes.

El recinto reunirá un cuarto de su producción, 49 obras, la mayoría provenientes de Aguascalientes, su Estado natal, como Labor y Vendedor de plátanos. Más 21 piezas de sus contemporáneos.

Herrán nunca tuvo una exposición individual en vida, recuerda Víctor Rodríguez, curador de la muestra. Fue calificado incluso como un artista infortunado por haber gozado de gran talento y morir tan joven. Pero esa percepción, ya ponderado su legado, ha quedado atrás.

Fue un gran dibujante desde su infancia, cercano a la cultura desde pequeño. Entre otras ocupaciones, su padre fue dueño de la única librería que existía en Aguascalientes en la segunda mitad del siglo 19.

“Tuvo un gran bagaje cultural y una gran cultura visual”, evoca Rodríguez.

El acceso a libros y revistas, no sólo mexicanas, le permitió estar al tanto de las vanguardias europeas, a pesar de nunca haber viajado al Viejo Continente.

Ya asentado en la Ciudad de México, se enlistó en la Academia de San Carlos. Por su nivel avanzado, entró a la clase de Antonio Fabrés, en donde cursó con Ángel Zárraga, Alfredo Ramos Martínez y Diego Rivera.

“Al entrar a la Academia, desarrolla el concepto de la composición, del colorido, los temas sobre un pasado hispánico, un pasado virreinal. Colorido dramático, de claro oscuros, tonos apagados, amarillentos”, describe Rodríguez.

Germán Gedovius, otro de sus maestros, le enseña a manejar los brillos.

También fue un artista experimental, por necesidad. No tenía holgura económica, explica el curador, por tanto mezclaba materiales: acuarelas, carbón, lápices de colores.

Sus años más productivos son también los más convulsos de su época, entre 1914 y 1916, cuando la Capital se sentía amenazada por los zapatistas, que estaban instalados en Xochimilco, una localidad sin ley.

Rodríguez señala que, además de su destreza técnica y su carácter experimental, Herrán se adelantó a su época al empezar a hablar sobre los indígenas de otra forma.

“Hace un ensamble de la belleza del desnudo femenino y masculino, formando cuerpos andróginos. Él va a crear todo un movimiento figurativo a través de cuerpos místicos en donde, en algunas piezas, los indígenas ya no están anclados en el dolor, sino que tienen una estética perfecta, gestos adustos, totémicos.

“También hizo asociaciones libres y modernas del mundo prehispánico”, añade.

Su unión con Rosana Arellano, cuatro años antes de morir, también tiene influencia en su trabajo.

“Su matrimonio le da una nueva vitalidad y empieza a crear una obra más alegre, más festiva, más típica. Ahí es cuando aparecen obras como La tehuana o La mujer del mantón, mujeres como alegorías de la tierra, de la arquitectura, de la vegetación. Son las que más exaltan ese sentido de la mexicanidad”.

Es evidente su conocimiento del mundo prehispánico, advierte Rodríguez. Herrán trabajó en Teotihuacan, copiando murales, y también con Manuel Gamio.

Fue un precursor del muralismo y engrane del movimiento Alma Nacional, y un artista cercano a los poetas modernistas, como Ramón López Velarde, Federico Gamboa, José Juan Tablada y Luis G. Urbina.

“Ellos consideraban los repertorios visuales de Saturnino Herrán como una bandera figurativa e iconográfica respecto al movimiento literario que ellos promovían”, señala Rodríguez.

La obra de Herrán estará en exhibición hasta el 24 de febrero de 2019.