Por J. Jesús López García

En nuestros días cuando tomar un teléfono representa lo mismo contactar con alguien, expresar un parecer, obtener información y compartirla, manifestar un sentimiento, ver una película, escuchar música o decir una sugerencia, nos parece muy distante el tiempo en que para todo ello debía accederse mediante diferentes instrumentos, o más aún, asistir a un enjambre de sitios que nos llevaría varios días que ahora podemos reducir a cuando mucho unas horas.

Sin embargo, el progreso de las comunicaciones no inició con la creación de la Internet o de los teléfonos inteligentes. La modernidad histórica surgida desde el Renacimiento a mediados del siglo XV cobró un impulso tecnológico tremendo en el siglo XVIII y se consolidó en los siguientes siglos XIX y XX. La Revolución Industrial tuvo en las comunicaciones uno de sus pilares, pues ellas eran las que podían garantizar la rentabilidad de la experimentación técnica.

En principio hace ya casi trescientos años, la revolución en la manera de comunicarse se centró en los transportes dedicados a personas y productos. Emblemático de los inventos del Siglo de las Luces fue el de la máquina de vapor en 1769 por James Watt (1736-1819), que más tarde fue adaptada a las primeras locomotoras y con ello se dieron los pasos para establecer una estructura de salidas y llegadas seguras con cada vez menos posibilidades de retraso. Actualmente aún nos sorprende la simultaneidad en que podemos acceder a información referente a cualquier punto del mundo, ello partió de esa red ferroviaria que se convirtió en un símbolo de la forma de comunicación moderna.

La arquitectura siempre estuvo al lado de esas innovaciones ya que los edificios se han caracterizado por ser no solamente un objeto útil para satisfacer las necesidades de refugio. La disciplina arquitectónica ha tenido el poder de establecer significantes al momento, a la sociedad y al lugar en que ha sido creada, por ello las grandes terminales ferroviarias europeas fueron los referentes de la modernidad en sus ciudades, incluso en nuestros días las estaciones de tren rápido son temas de interés para los arquitectos más connotados como lo fueron antaño, prueba de ello son las «bocas» del metro de París de Hector Guimard (1867-1942) en estilo Art Nouveau entre 1899 y 1913, aún en funciones y cuidadosamente expuestas como pequeñas piezas urbanas en un gran montaje de exhibición de arte.

En marcha el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México del arquitecto Fernando Romero (1971) en sociedad con el arquitecto inglés Norman Foster (1935) -ganador del premio Pritzker en 1999-, una vez terminado se sumará a un catálogo mundial de aeropuertos internacionales espectaculares que son una fuerte carta de presentación de sus respectivas ciudades a los visitantes propios y extranjeros.

En Aguascalientes la estación de ferrocarril fue esa muestra a principios del siglo XX. Un edificio de un esquema inglés con andenes exteriores laterales en un estilo ecléctico mediterráneo con algunas formas veladas de filiación neobarroca -aunque habría que aclarar que el neobarroco apareció en los años veinte del siglo XX-, posterior al diseño de la finca referida. Frente a la estación, todo el complejo ferrocarrilero además daba al visitante una idea de la naciente industrialización de Aguascalientes, de la misma manera que actualmente ese avance técnico más consolidado se ofrece a la vista del forastero a su llegada por carretera con las plantas industriales que son el primer contacto con la ciudad.

Algunos edificios relacionados con el ferrocarril, como la ya mencionada estación, tienen además un encanto especial; son edificios casi autónomos, de composición bien definida y con un orden  que les hace especiales. En Cosío la pequeña obra de Adames es un buen ejemplo de las estaciones secundarias dispuestas por el Ferrocarril Central Mexicano entre los siglos XIX y XX como puntos de enlace. La estación bandera de Pabellón de Arteaga es también una de esas construcciones reconocibles ubicadas en puntos estratégicos para la red ferroviaria en ese momento llena de impulso como uno de los motores de la modernización nacional. Son fincas a dos aguas de clara influencia norteamericana donde ladrillo, piedra y madera se conjugan en edificios simples pero muy bien compuestos y perfectamente construidos.

En la zona de los talleres ferrocarrileros aún podemos admirar la casa del guarda agujas -quien era el operario que se daba a la tarea de vigilar estrechamente los cruces de vía así como los cambios con el propósito de evitar accidentes- cercana a la vía del tren, enfrente de la estación ubicada a unos trescientos metros al norte de ella, confinada ahora por la Avenida Gómez Morín. Pequeña edificación que un tiempo estuvo a merced del vandalismo y que ahora se muestra como una curiosidad arquitectónica para quien se desplaza por esa avenida, dando un tono nostálgico a esa zona, no obstante la velocidad a que se recorre por ahí. Son esos vestigios los que de alguna manera asientan un «tono» urbano a la zona circundante además de ser representantes ya añejos de lo que hoy consideramos como comunicaciones modernas.

¡Participa con tu opinión!