Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

¿Qué hacemos los maestros para iniciar un ciclo escolar de aprendizajes? La mayoría hace cálculos de cómo desahogar los contenidos de los programas de estudio durante el año y distribuye las unidades temáticas por meses o bimestres, como de hecho están señaladas en los programas y libros de texto. Con este ejercicio hay una somera idea, hipotéticamente, de lo que se enseñará en septiembre, en noviembre, o en marzo (si no hay contratiempos). De manera que, al iniciarse las labores escolares, se empiezan a dar clases con base en los libros de texto, página por página, y así sucesivamente durante los meses del año lectivo, haciéndose, en no pocos casos, tediosa la tarea de aprender.

Sin embargo, hay un grupo importante de maestros que antes de pensar en los contenidos programáticos, empiezan preguntándose ¿qué deben aprender mis alumnos para incorporarse con éxito a la vida social?, ¿cuál es el grado de conocimientos y de habilidades que dominan cada uno de ellos?, y ¿para qué deben aprender los contenidos programáticos y todo lo que van a estudiar y hacer en la escuela? Estos docentes, primero, responden a esta última pregunta ¿para qué…?, y establecen varios fines, desde los más específicos hasta los más complejos, ejemplos: para que sean capaces de resolver problemas matemáticos de la vida real, para que sepan comunicarse de manera oral y escrita, para que obtengan altas calificaciones en todas las asignaturas, para que sean buenos alumnos, exitosos, trabajadores, responsables, felices y buenos ciudadanos, entre otros. Con estos fines, saben a dónde quieren llevar a los educandos y contribuyen activamente para tales efectos.

Y para responder a las interrogantes ¿qué deben aprender y cuál es el grado de conocimientos adquiridos y de habilidades desarrolladas en los alumnos?, estos maestros saben que se debe hacer un diagnóstico, y la mejor forma de hacer un diagnóstico, como lo sugiere Laura Frade Rubio, es formulándose algunas de las siguientes preguntas filosóficas: ¿qué problema o problemas tienen mis alumnos para lograr los aprendizajes esperados? (¿Indisciplina, inasistencias recurrentes, incomprensión lectora, clases poco claras, etc.?), ¿qué los provoca? (e investigan las causas); ¿cómo son estos problemas o cómo se caracterizan? (¿Los alumnos no hacen los ejercicios, se pintan o no llegan a la escuela, deletrean con dificultad, etc.?); ¿cuánto es el nivel o la magnitud del problema? (¿En una escala de 1 al 100, andan en 50, 60, 70%…?); ¿dónde se localiza o localizan los problemas? (¿En Matemáticas, Historia, Formación Cívica y Ética, otras?); ¿quién o quiénes padecen el problema detectado? (De 35 alumnos, ¿10, 7, 4 de ellos y quiénes?); ¿cuándo se presenta el problema? (¿Al inicio, a mitad del ciclo, todo el año?); ¿cuáles son las consecuencias del problema o problemas focalizados? (¿Bajo nivel de aprendizaje, deserción, reprobación, etc.?)

Cuando tienen la información recabada, al contestar los anteriores cuestionamientos, los maestros ya tienen una radiografía del grupo que estará bajo su responsabilidad durante el ciclo escolar; están conscientes que hay diversidad de alumnos: unos son buenos y avanzados en todas las asignaturas; otros tienen problemas de aprendizaje en ciertas materias; otros más son indisciplinados, faltistas, apáticos al estudio, incumplidos con las tareas, incluso hay quien estando en quinto de primaria no sabe leer ni escribir. Pero la virtud de estos maestros está en que tienen disposición y claridad en lo que van a hacer con cada uno de los educandos para que avancen, pues saben los conocimientos que requieren, las habilidades que precisan desarrollar y también la intervención pedagógica que demandan. Entonces, empiezan a planear e implementar los aprendizajes diferenciados con base en los programas de estudio, pero de manera flexible; es decir, de acuerdo con lo que requieren los alumnos (no página por página). Para ver avances, periódicamente evalúan los progresos, miden éstos con los propósitos y las metas establecidos; fortalecen los buenos resultados, reorientan y buscan diferentes alternativas para superar los estancamientos. Bajo esta metodología, el trabajo de los maestros es dinámico y progresivo, lográndose importantes avances en los aprendizajes de sus alumnos.

¿En dónde está la clave para el éxito de estos maestros? En la competencia diagnóstica, esto es, en la capacidad para detectar las necesidades de aprendizaje de los alumnos desde el inicio del ciclo. Con base en la información obtenida, los docentes buscan los contenidos programáticos necesarios y la intervención pedagógica pertinente para los educandos. En cambio, no hacerse un diagnóstico inicial del grupo, es cuando sin querer se encuentran, sobre la marcha, alumnos en quinto o sexto grados que no saben leer ni escribir; y como tampoco hubo disposición de regularizarlos una vez detectados, estos alumnos siguen en los niveles superiores hasta donde las circunstancias lo permiten, pero sin mayores aprendizajes (¿cuánto puede avanzar un alumno sin saber leer y escribir?). Con los maestros que hacen un diagnóstico y también tienen disposición de sacar adelante a los educandos, todos los alumnos tienen grandes posibilidades de superarse. Por todo lo anterior, es deseable que los maestros desarrollemos la competencia diagnóstica y que ejerzamos nuestra profesión en correspondencia a las necesidades de los alumnos. Para el próximo ciclo escolar 2014-2015, esperamos ver a los maestros realizando un buen diagnóstico del grupo, lo que permitiría grandes éxitos académicos. Desde luego, no es la única competencia que los docentes necesitamos, se requieren otras. De haber oportunidad, las comentaríamos próximamente.

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