Mujeres. III y última parte
En su Requiem, Ajmátova describe con versos desnudos la desnudez de Rusia en esos tiempos:
Тихо льется тихий Дон,
Желтый месяц входит в дом.
Входит в шапке набекрень -
Видит желтый месяц тень.
Эта женщина больна,
Эта женщина одна,
Муж в могиле, сын в тюрьме,
Помолитесь обо мне.
Tranquilo se desliza el Don Apacible
La luna amarilla entra en una casa.
Entra con un sombrero provocador
La luna amarilla ve la penumbra.
Es una mujer enferma,
Es una mujer sola,
El nombre está enterrado, el hijo encarcelado
Reza por mí.
Нет, это не я, это кто-то другой страдает.
Я бы так не могла, а то, что случилось,
Пусть черные сукна покроют,
И пусть унесут фонари.
Ночь.
No, ésta no soy yo, ésta es alguien más, quien sufre.
Yo más no podría (sufrir) lo que sucede.
Que el paño negro se arrugue,
Que la linterna se apague.
Noche.
Por esos años se publicó una obra que se hizo muy famosa: El Don apacible (Тихий Дон), de Mijaíl Shólojov. Este autor, muy popular en la Unión Soviética, era un escritor de talento que no quiso arriesgar su seguridad y prefirió adaptarse a las necesidades del régimen. La obra mencionada habla de los Cosacos de esa región y su participación durante las guerras entre rojos y blancos que hubo hacia 1920, donde los héroes, naturalmente, son los rojos. Ana Ajmátova tuvo el ánimo para insertar en medio de su poema esa referencia a un colega que a diferencia de ella, quiso vivir apaciblemente, en vez de hacer meses de cosa en susurros frente a una prisión.
Hacia el final de la obra da la autora su versión del recuerdo que quiere para ella: ningún monumento en un lugar importante, ni junto al mar, ni en Odessa: ahí, junto a la pared de esa prisión, donde pasó cientos de horas hablando en susurros, susurrándose al alma que sí, que vería al hijo preso, pero todavía vivo.
А если когда-нибудь в этой стране
Воздвигнуть задумают памятник мне,
Согласье на это даю торжество,
Но только с условьем: не ставить его
Ни около моря, где я родилась
(Последняя с морем разорвана связь),
Ни в царском саду у заветного пня,
Где тень безутешная ищет меня,
А здесь, где стояла я триста часов
И где для меня не открыли засов.
Y si acaso alguna vez en este país
Piensan construirme un monumento,
De acuerdo con esto doy alborozo,
Pero con una condición: no construirlo
Ni junto al mar, donde yo nací
(la última conexión con el mar está hecha harapos)
Ni en el jardín del Zar junto a ese árbol querido
Donde la sombra inconsolable me habrá de buscar,
Sino aquí, donde estuve trescientas horas
Y donde no me fue abierto el cerrojo.
Este poema está considerado como una de las obras maestras de la poesía del S. XX. A pesar de las tendencias modernistas a liberar de ataduras –y de métrica, y ritmo, y de belleza- a los versos, Ana escribió con libertades pero sin renunciar a esos antiguos amigos del poeta, esos constituyentes de la belleza formal. Una rima perfecta no vuelve grande a un poema; lo vuelven la maestría técnica, las metáforas y el mensaje. Todos estos ingredientes los supo expresar Ana Ajmátova; su voz no era nada más suya, era de las mujeres y los hombres a quienes les tocó sufrir bajo el régimen bolchevique, es decir, de casi todos.
Ana Ajmátova tuvo la oportunidad de emigrar fuera de Rusia; era conocida y esperada en muchos lugares de Europa. Aunque había visto en su sueño a la planicie rusa convertida en cementerio, arriesgó su suerte a quedarse ahí, aceptando de antemano que una de esas tumbas tempranas podía ser la suya; se quedó y siguió hablando con su palabra, tanto la propia como la ajena, vertida al ruso de muchas traducciones. Se hizo voz de aquella otra mujer que también tenía un hijo encarcelado viviendo las migajas de horas que le concedía el régimen, y de esa otra mujer recordamos que aquello que parecía sonrisa estuvo en otro tiempo adornando un rostro que quizá sonreía.
Ana Ajmátova, esa mujer anónima y todas las que perdieron hijos y esposos en aquel terror fueron modelos (llegaron retrasadas algunos siglos) de aquellas palabras el Eclesiastés, que hacen elogio de la mujer:
¿Quién hallará una mujer fuerte? De mayor estima es que todas las preciosidades traídas de lejos y de los últimos términos del mundo. En ella pone su confianza el corazón de su marido, el cual no tendrá necesidad de botín o despojos para vivir. Ella le acarrea el bien todos los días de su vida, y nunca el mal. Busca lana y lino, de que hace labores con la industria de sus manos.
Los poetas hombres, hasta los más grandes, no pueden expresar lo que mujeres como Ajmátova, con su ejemplo y con sus versos, expresó.
Los diez y siete meses de aquella espera infructuosa (“Y donde no me fue abierto el cerrojo”, И где для меня не открыли засов) me muestra el temple de esa mujer. Haciendo cosas menos vistosas, que acaso nunca se convertirán en historias escritas, yo veo mujeres que solas crían a sus hijos, que a veces hasta al marido mantienen, que sostienen al marido cuando está en desgracia, que entre ellas son solidarias. Ellas tienen un alma que nosotros los hombres nada más imaginamos, porque nada más la alcanzamos a ver de lejos; a nosotros nos consumen las ocupaciones minúsculas del día con día, que a la vuelta de los años se convierten en una montaña de actos no son ni granos de arena, nada más fueron polvo. Ellas, como mi madre, saben conservar en torno a sí su familia, bien recibir los amigos, mejorar los platillos que les faltaba sazón y conservar su sonrisa de siempre. Unos días antes de que mi madre muriera, me acerqué a la cama donde ella aguardaba el final y le pregunté “¿cómo te sientes, mamá?” Ella volteó a verme, me sonrió y me contestó con ojos sinceros “bien, muchas gracias.” Hasta a morirse uno, lo enseñan las mujeres.
Sí, si yo quisiera ser presidente, buscaría a las mujeres.

