La Guerra Sucia
Los romanos, fueron un pueblo que destacó grandemente en tres áreas: la administración, la ingeniería y el derecho. Fueron por supuesto grandes guerreros pero seguramente por la aplicación de sus otros talentos a la guerra. Las legiones romanas que sembraron primero el temor y después la “pax” durante varios siglos, surgieron primero del talento administrativo y jurídico del rey Servio Tulio, que organizó la ciudad de Roma y consecuentemente a los ciudadanos romanos. La ciudad fue dividida en cuadrantes y la sociedad en centurias: 196 urbanas y un número indeterminado de rústicas. La organización por centurias tenía un doble propósito: fiscal y militar. Para determinar las centurias, que obviamente estaban integradas por cien hombres se requería llevar a cabo un censo, función encomendada a los “censores” quienes también eran los encargados de vigilar las buenas costumbres (mores, de allí moral).
Las centurias eran la base del ejército, cada centuria se formaba naturalmente de diez decurias a cuyo frente se encontraba un decurión. La centuria era comandada por un centurión y 50 centurias integraban una legión, mas sobrantes para reposición (como diría la editorial Porrùa). A partir del censo se reclutaban los integrantes del ejército y se determinaba también un padrón de contribuyentes. No inscribirse en el censo era faltar a los deberes militares y evadir el pago de los impuestos. En Roma ambas faltas eran muy graves y la consecuencia terrible la pérdida de la libertad.
La esclavitud era una institución básica en la organización económica de los pueblos. Regulada jurídicamente se podía caer en ella por negarse a cumplir con los deberes militares pero también como consecuencia de haber sido capturado en una guerra legal (iustae belli).
La iustae belli era una guerra declarada, es decir que había mediado una declaración por parte de los jefes de las naciones y que tenía consecuencias jurídicas: el sometimiento de los pueblos, la esclavitud para los prisioneros de guerra, el tributo para los sometidos. El Derecho Romano preveía sin embargo, que si una persona había sido hecha prisionera en una guerra no legal, aunque de facto se le mantuviera como esclavo jurídicamente seguiría siendo hombre libre. Las crónicas romanas dan cuenta de un caso contrario: habiendo sido hecha prisionera una centuria en la guerra de las Galias, los captores permitieron a uno de los romanos regresar a Roma para negociar una recompensa por la liberación. Al no poder juntar el monto de la liberación el romano decidió quedarse en la metrópolis, los censores se reunieron y le obligaron a regresar con sus captores. Prisionero en guerra justa era esclavo y no podía permanecer como hombre libre.
En cambio si un hombre libre era tomado como rehén por una gavilla de incursores o por una patrulla extranjera, sin que mediara declaración de guerra, se consideraba una guerra sucia y por lo tanto aunque prisionero para Roma seguía siendo hombre libre y si lograba sustraerse a sus captores por la ficción llamada del “post limminium” se consideraba que nunca había estado prisionero.
La guerra estaba sujeta a reglas y no respetarlas era incurrir en una guerra sucia. La humanidad ante la incapacidad de evitar las guerras ha logrado al menos, a través de tratados internacionales, establecer algunas reglas de lo que podríamos llamar una guerra limpia. El concepto de “guerra sucia” se ha empleado para calificar comportamientos en los que no se respetan las reglas escritas o no de combates, enfrentamientos, disputas, etc.. Aún en los pleitos callejeros se escuchaba “pelea limpio” cuando alguno de los contendientes recurría a maniobras o ardides que se consideraban al margen de las reglas generalmente aceptadas.
En la política se dan contiendas, enfrentamientos que deben sujetarse a un mínimo de reglas que son, teóricamente, garantía para los participantes, pero fundamentalmente para los ciudadanos. Reglas claras aseguran que los ciudadanos tengamos la certeza de que un proceso electoral no se contaminará con dinero proveniente de la delincuencia organizada o desorganizada. Reglas claras aseguran que los procesos electorales se realicen en los tiempos y en las formas que se han aceptado convencionalmente como las adecuadas para que conozcamos con oportunidad y adecuadamente las plataformas políticas de los partidos y las propuestas de los candidatos. Reglas claras aseguran que los gobernantes no sucumban a la tentación de entrometerse en las elecciones, ya sean internas de sus partidos o en las elecciones externas contra otros partidos. Reglas claras dan la tranquilidad de que la democracia, que como se ha dicho, es una forma de vida un punto de llegada, pueda rendir sus frutos con la participación de una ciudadanía madura y enterada, no sólo en la elección de los gobernantes sino en la definición de las políticas y en general en la determinación del rumbo del país.
En los últimos años los mexicanos hemos dedicado mucho tiempo, mucho dinero y mucho trabajo a la determinación de reglas para las contiendas políticas. Reglas que nos den un mínimo de seguridad para el funcionamiento de una democracia incipiente e imperfecta, por lo mismo resulta altamente preocupante, por decir los menos, las campañas de desprestigio que en los medios de comunicación y ahora en las llamadas redes sociales se han desatado, señalando, verdades o mentiras, de cualquier manera es difamación, con el ánimo de crear zozobra, inestabilidad, descrédito, desconfianza, en una palabra poner en duda los candidatos, los procesos, los partidos.
De la calumnia algo queda, decían los clásicos. El señalamiento que se realizó en los medios de la presunta investigación y arraigo de tres ex-gobernadores priístas, en pleno proceso electoral, se une a la campaña contra Enrique Peña, y a la utilización de las redes como forma de descrédito. Palo dado ni Dios lo quita. La guerra sucia en su apogeo. Queda solamente apelar a la madurez y buen juicio del ciudadano que permita, como dice la sentencia bíblica, separar el grano de la paja.
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