Propuestas
Profr. Flaviano Jiménez Jiménez
Cada vez que hay procesos electorales, como los que habrá este año, siempre me viene a la mente un hecho anecdótico que leí en uno de los escritos de Roberto Blanco Moheno. Este periodista narra, en uno de sus libros, que un candidato llegó a una población para realizar su campaña política y pedir el voto de los habitantes del lugar. Con este objeto, en la parte más importante del discurso y de las propuestas o promesas, el candidato, alzando la voz y con gran emoción, dice a los allí presentes: “Compañeros del partido, amigos todos, si con el voto de ustedes gano el día de las elecciones, les prometo que les construiré el puente que tanto necesitan para cruzar el río y también. . .”, En eso, uno de los pobladores interrumpe al orador para aclararle gritando, “¡Aquí no tenemos río!”. El candidato de inmediato reacciona diciendo: “Amigos, si con sus votos gano la contienda política, les prometo que haré las gestiones necesarias, ante quien corresponda, para que ustedes cuenten con un río aquí en su pueblo”. Al escuchar esto, todos los asistentes al mitin aplaudieron con gran euforia y por varios minutos, momentos que aprovechó el candidato para, con una enorme sonrisa, levantar los brazos haciendo la señal de victoria con sus dedos. La promesa había surtido el efecto deseado, aunque ésta nunca se cumplió.
Este hecho anecdótico lo leí cuando yo cursaba el primer grado de secundaria y en aquel entonces, siendo niño, me pareció que la promesa, en cuestión, era una falta de respeto y un insulto para las personas que la escuchaban. Han pasado décadas, no obstante, hoy siendo adulto, palabras más palabras menos, sigo escuchando de algunos candidatos promesas sin sustento real, promesas que difícilmente se pueden cumplir, promesas que únicamente buscan el voto, promesas que no son sinceras; y esta forma histórica de hacer campaña es uno de los factores que ha devaluado la imagen del político. Por añadidura, en los últimos años han surgido otras prácticas que también han depreciado a esta figura pública, como las descalificaciones entre la propia clase política (de partidos antagónicos y del propio partido) y la falta de principios de muchos de estos actores, toda vez que con suma facilidad saltan de una corriente de opinión a otra diferente y sin rubor alguno. Hay muchos otros factores que afectan su credibilidad; sin embargo, para la intención de este escrito es suficiente con los mencionados.
¿Qué esperamos los ciudadanos de los candidatos que ya están en campaña y de los que pronto también estarán haciendo lo mismos? Espejitos ya no. Esperamos propuestas serias, responsables, factibles de realizarse y que realmente resuelvan los problemas más sentidos de la población. Por ejemplo, los que laboramos en el sector educativo, esperamos propuestas que resuelvan, de raíz, los problemas torales que nos aquejan desde varias décadas y que durante años tan sólo se han paliado como para sobrellevar las cosas. Queremos políticas de Estado que den rumbo y certeza a la educación de manera transexenal y acciones de gobierno que satisfagan a cabalidad los requerimientos apremiantes del sector.
Entendemos que los ciudadanos, en parte, somos corresponsables del hecho que en las campañas políticas perduren vicios, pues no sabemos apreciar, en su justa dimensión, las propuestas del político que nos habla con veracidad y que nos plantea estrictamente lo viable o lo posible; la tradición nos ha acostumbrado tener preferencia por el que utiliza un discurso florido, lleno de promesas y más promesas, aunque muchas de éstas no se puedan cumplir; y como el que anda en campaña ha entendido la predilección, éste da rienda suelta a los cantos que le gustan al público. Ante este orden de cosas y si queremos cambiar hacia nuevos rumbos, el gran reto del político es transformar su discurso con propuestas concretas, factibles, creíbles, necesarias, palpables, medibles y útiles; y el enorme reto de nosotros los ciudadanos es transformar nuestra cultura política que nos permita entender, analizar, diferenciar y valorar las propuestas de campaña para poder tomar la decisión sobre aquellas que sean realmente convenientes para la sociedad.
Retomando lo anterior y en relación con los que nos interesa la educación, deseamos escuchar propuestas de largo plazo, es decir, políticas de Estado que definan el país que queremos y el tipo de ciudadano que debemos formar; que den seguimiento a generaciones desde educación inicial hasta concluir con los estudios profesionales; que precisen las responsabilidades, en materia educativa, de la Federación, de los estados y de los municipios y que estas responsabilidades sean soportadas con recursos suficientes para el desarrollo de los procesos educacionales y el cumplimiento de propósitos y metas de 25 ó 30 años; que las escuelas de nivel superior tengan claridad de los técnicos y profesionistas que han de formar para el desarrollo del país, con empleos asegurados y competitivos internacionalmente; que se establezcan políticas de largo plazo para la atención de los adultos, de los discapacitados y de los pobres; entre otros rubros. De esta forma, los ciudadanos no estaríamos sujetos a las veleidades del partido político en el gobierno, ni estaríamos inventando al país cada seis años. La alternancia sería para los partidos y sus representantes, pero las políticas serían de Estado, sin perjuicio de que habría revisiones, ajustes y reorientaciones periódicas de las mismas, siempre con miras de un horizonte más promisorio.
Con el fin de poder diferenciar la artimaña de la promesa de construir un río en el semidesierto, de la propuesta seria, factible y necesaria, todos los ciudadanos debemos estar atentos e interesados en participar responsable y democráticamente en las próximas elecciones y darnos cabal cuenta sobre las intenciones de las propuestas o las promesas para estar en condiciones de optar por las mejores y por el político más honesto e íntegro.

