Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Egresé de la normal rural con muchas ilusiones y enormes deseos de trabajar como maestro; contaba los días para ingresar al servicio educativo. Al fin, en la primera semana de marzo, de 1965, el Supervisor de la Zona No. 53 de Tacámbaro, del estado de Michoacán, me dio la orden de presentarme en la localidad de La Salada para fundar la primaria, pues en ese lugar no había escuela. La Salada era un caserío disperso en 5 kilómetros a la redonda ubicado en tierra caliente, cerca de la colindancia con la parte Norte del estado de Guerrero.

Para llegar al mencionado rancho, tuve que trasladarme en un camión destartalado y sin vidrios de Tacámbaro, rumbo al Sur, hasta llegar a Puruarán; donde un padre de familia vendría por mí para desplazarme a caballo (durante más de dos días) al lugar de mi trabajo. A Puruarán llegué como a las seis de la tarde; al bajar del camión sentí un intenso calor, a grado tal que experimenté una especie de desmayo, pero sin mayores consecuencias; entonces entendí por qué los camiones no tenía vidrios en las ventanas. Pregunté a una persona si ahí había un hotel o una casa de huéspedes donde pernoctar. El buen hombre señaló una modesta casa que funcionaba como hotel.

En Puruarán hay un ingenio azucarero en el que diariamente llegan toneladas y toneladas de caña, de sus alrededores, para su procesamiento; generando gran movimiento de camiones cargueros y de personas. En su entorno pulula gran cantidad de tizne, poniendo negros los techos de las casas y la ropa de las personas. La caña de azúcar para poderla cortar, de los sembradíos, primero se queman sus  hojas secas y después se corta para llevarla al ingenio con todo tizne; lo que origina, junto con el calor, un ambiente negruzco y sofocante.

Como a las ocho de la noche (por cierto era domingo ese día) salí del hotel y percibí que en el cuadro de la plaza había gran bullicio: las muchachas daban vueltas caminando y los muchachos también, pero en sentido contrario y por el exterior del cuadro; de manera que unas y otros se podían ver las caras. Las muchachas, muy bien vestidas, llevaban en sus manos claveles rojos y, unas cuantas, claveles blancos. Todas, por igual, mostraban sus mejores sonrisas. La mayoría de los mancebos usaba sombrero ancho, típico de tierra caliente, y su ropa muy limpia. Cuando a un mozo le gustaba una muchacha, se le acercaba y la acompañaba en las vueltas. Supuse que era para intentar el noviazgo. Después de observar aquella escena, me animé y me integré al grupo de los jóvenes; empecé a buscar una doncella para tratar de entablar plática con ella. Una hermosa muchacha me pareció ideal para mis aspiraciones, me le emparejé diciéndole, “Señorita, ¿me permite acompañarla?”. Ella, extrañada, se me quedó mirando pero no contestó a mi petición (pensé que el ruego era normal en una muchacha bonita). Insistí, “¿Cómo se llama?”. Nuevamente me miró sin decirme nada. En eso sentí un par de manos fuertes que me tomaron del brazo izquierdo y jalándome fuera del cuadro de la plaza me dice, “Eres fuereño, ¿verdad amigo?”. Desconcertado le dije que “Sí”. “Mira, amigo _continúa diciéndome _ hasta ahorita has tenido suerte; la muchacha con la que pretendías platicar lleva en sus manos un clavel blanco y eso significa que ella está comprometida para casarse ya próximamente. Si el novio te ve platicando con ella, pensará que te estás burlando de él y si porta su pistola te puede dar de balazos. A una muchacha de clavel rojo sí le puedes hablar, pues ella anda buscando novio; pero, mi amigo, mejor te sugiero que te vayas de aquí, antes de que aparezca el ofendido”.

A 53 años, aún siento escalofrío al recordar aquella escena del primer día de mi camino como maestro rural.