Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

El primer día de clases, todos los alumnos llegan emocionados y expectantes al salón de clases; en silencio y sin hacer ruido miran al maestro que tienen enfrente, de quien esperan aprender cosas interesantes que les sean de utilidad. El maestro empieza a explicar la clase a su manera. A los cinco minutos de haber iniciado la lección algunos alumnos se inquietan, se mueven en sus pupitres haciendo ruido; otros empiezan a platicar y a tirar papelitos. A los veinte minutos cunde el desorden en el salón, desorden que dura toda la clase, a pesar de los gritos y las llamadas de atención del maestro para que guarden silencio. Esta escena, lamentablemente, se repite todos los días; provocando serios obstáculos en los aprendizajes, pues en un salón donde impera el desorden no hay aprendizaje.

¿En cuántos salones de clase pasa lo mismo?, ¿por qué los niños o los adolescentes se indisciplinan en las clases? Ciertamente, las clases se imparten, independientemente de la barahúnda de los educandos; pero ¿cuántos están atentos a ellas?, ¿cuántos, realmente, están aprendiendo en medio del bullicio? Enseñar y educar, desde luego, no son cosas sencillas, pero tampoco son imposibles; toda vez que hay, aunque pocas, pero hay demostraciones de eficacia en el proceso enseñanza-aprendizaje. ¿Qué hacer para evitar el desorden en el aula? La clase tiene que ser atractiva; es decir, interesante. Pero, ¿cómo lograr que sea interesante o atractiva una clase?

Entre las cosas que sugiere el nuevo Modelo Educativo, al respecto, es conocer, por una parte, las características y las necesidades de los grupos sociales a los que pertenecen los estudiantes; y, por la otra, conocer las características e intereses de nuestros alumnos para poderlos atender en congruencia con sus requerimientos. De no ser así, el documento de referencia atisba: “Cuando la educación se desfasa de las necesidades sociales y no responde a éstas, los estudiantes no encuentran sentido en lo que aprenden, al no poder vincularlo con su realidad y contexto, pierden motivación e interés, lo cual se convierte en una de las principales causas internas del rezago y abandono escolar”. Y los que logran egresar de las instituciones, tropiezan con serias dificultades para incorporarse al mundo laboral, experimentando severas frustraciones; y la sociedad, a su vez, tampoco se desarrolla como debiera. Por tanto, habrá que conocer y ser conscientes de las características y necesidades sociales; pero, sobre todo, de las necesidades y de las legítimas aspiraciones del estudiantado para satisfacerlas en clase. De este modo, los motivaremos y cautivaremos. En otras palabras, si logramos que los alumnos encuentren sentido y utilidad, en la vida diaria, a las matemáticas, a la lectura y escritura, a las ciencias naturales y sociales; y con los conocimientos adquiridos y habilidades desarrolladas resuelven sus problemas cotidianos, entonces las clases serán atractivas y de interés para ellos. De lo contrario, si en las clases tan sólo escuchan discursos o el tiempo lo emplean para copiar textualmente farragosas páginas del libro, sin sentido con lo que necesitan y les interesa; como consecuencia viene el desánimo, el aburrimiento, la reprobación y el abandono escolar.

Además, para que las clases sean atractivas hay que diseñarlas con actividades, estrategias y recursos variados, llamativos y acordes con los aprendizajes esperados; y tener presente, en todo momento, la didáctica universal que reza: “Cuando un niño tan sólo oye la clase, la entiende pero pronto se le olvida; cuando oye y ve la clase, la comprende mejor; pero cuando la oye, la ve y manipula el objeto de aprendizaje, entonces el aprendizaje es para siempre”. El aprendizaje perdurable y atractivo resulta del empleo de varios sentidos del ser humano, entre otras cosas.