Luis Muñoz Fernández

Nos complace pensar que el tecnólogo o el científico modernos son sucesores del sabio antiguo: nada más lejos de la realidad. Se diría que los custodios de la tecnociencia moderna, antes que del sabio, descienden del mago, del hechicero. […]

Para llegar a ser culturalmente adultos hemos de superar la hechicería. La sabiduría –si es que nos atrevemos a usar esta palabra, tantas veces tomada en vano– tiene que ver con el conocimiento y la aceptación de los límites: el tiempo, el sexo, la alteridad, la entropía, la muerte. Por el contrario, tanto la magia como la técnica de base científica tienen que ver con el desbordamiento de esos límites. ¿Puede hacerse de la extralimitación perpetua, inacabable, una máxima de conducta no autodestructiva?

El cuadro se llama “Experimento con un pájaro en una bomba de aire” (An Experiment on a Bird in the Air Pump) y fue pintado por Joseph Wright de Derby en 1768, un pintor inglés que destacó en el arte del claroscuro. En la actualidad se expone en la National Gallery de Londres.

Ilustra una escena en la que un filósofo natural, el precursor de lo que hoy llamamos científico, realiza un experimento en la casa de una familia acomodada, como era costumbre en aquella época en la que la ciencia como hoy la conocemos daba sus primeros pasos.

El experimento consistía en extraer el aire de un recipiente de cristal mediante la llamada bomba de aire (que hoy conocemos como bomba de vacío). El recipiente contiene una cacatúa que, a juzgar por lo que nos muestra el pintor, resiente ya la falta de oxígeno. El uso de este tipo de instrumentos, relativamente escasos en la Europa del siglo XVIII, fue preferido por el científico Robert Boyle, miembro prominente de la Royal Society, quien con frecuencia dejaba en manos de Robert Hooke la parte práctica de los experimentos.

No sabemos si los personajes del cuadro correspondieron a seres humanos reales, pero es evidente que la pintura muestra algunos aspectos de la actividad científica que mueven a la reflexión. Salta a la vista el temor que provoca la ciencia en los niños, seres inocentes, todavía poco cultivados, que se acogen al consuelo y la protección que les ofrece su padre. Quienes carecen de cultura científica  suelen desconfiar de ella porque no la entienden.

Los jóvenes enamorados a la izquierda ni siquiera prestan atención a la agonía del ave, absortos como están el uno con el otro: el poder del amor romántico sobrepasa al de la ciencia. Junto a ellos, dos hermanos siguen atentamente las maniobras del filósofo natural. El menor sólo lo contempla, mientras que el mayor lleva cuenta del tiempo transcurrido con el reloj que tiene en su mano izquierda.

En el extremo opuesto otro niño, con una edad intermedia entre los dos hermanos de la izquierda, tira de unos cordones, tal vez los de las cortinas o, según algunas interpretaciones, los que permiten subir o bajar la jaula de la cacatúa. En el primer caso, podría ser para dejar pasar la luz de la luna que se asoma entre las nubes, aunque la principal fuente lumínica de la escena parece ser un candil oculto tras el jarrón de vidrio que ocupa el centro de la mesa. Recipiente cuyo contenido sumergido en líquido pudiera ser un cráneo, aunque no puede asegurarse.

También a la derecha, un hombre maduro está sentado y medita profundamente, aunque es imposible deducir el objeto de sus pensamientos. ¿Se estará preguntando si el experimento valdrá tanto la pena como para matar a la cacatúa? No parece probable.

El personaje central, el filósofo natural, mira hacia otro parte. ¿Lo hace al vacío en una mirada perdida, ausente de la mundanidad que lo rodea? ¿O acaso dirige la mirada hacia el espectador que contempla el cuadro, buscando que se interese en su experimento e interrogándolo sobre sus implicaciones? Como sea, y no era raro que el ejecutante no fuese un científico, sino un showman, su aspecto se acerca más al de un hechicero que al de un científico. ¿Existe más cercanía de lo que se cree entre la ciencia y la magia?

Así lo pensaba C. S. Lewis (1898-1963) que, además de un escritor de éxito y autor de las famosas Crónicas de Narnia, fue, entre otras cosas, un experto medievalista y un pensador singular sobre la dimensión ética de la ciencia. Para él, la expectativa de “dominar a la naturaleza”, tan de moda en su época y mucho más en la nuestra, es “la oferta del mago”:

He descrito como “la oferta del mago” el proceso mediante el cual el hombre rinde a la Naturaleza un objeto tras otro y, finalmente, a sí mismo a cambio de poder. El hecho de que el científico haya triunfado donde el mago fracasó ha establecido un contraste tan marcado entre ellos, en el pensamiento popular, que la verdadera historia del nacimiento de la ciencia se ha malinterpretado. Encontramos a personas que escriben sobre el siglo dieciséis como si la magia fuera una supervivencia medieval y la ciencia lo nuevo que llegó para eliminarla. Los que han estudiado el período saben mejor. Hubo muy poca magia en la Edad Media: su apogeo data de los siglos dieciséis y diecisiete. El esfuerzo mágico serio y el esfuerzo científico serio son gemelos: uno estaba enfermo y murió, el otro era fuerte y sobrevivió. Pero eran gemelos. Nacieron del mismo impulso. […] Hay algo que une la magia con la ciencia aplicada y separa a ambas de la “sabiduría” de las épocas anteriores. Para los sabios de antaño, el principal problema era cómo conformar el alma a la realidad, y la solución había sido el conocimiento, la autodisciplina y la virtud. El problema para la magia y para la ciencia aplicada es cómo someter la realidad a los deseos de los hombres: la solución es una técnica y ambas, en la práctica de esta técnica, están dispuestas a hacer cosas que hasta entonces eran consideradas indecentes e impías, como desenterrar y mutilar a los muertos.

 

¡Cuántas reflexiones puede despertar la simple contemplación de un cuadro!

pluralen un segundo plano, cuanddesaparicisto, lo que provoca la desparaci con mayores recursos tecnolen un segundo plano, cuandde esmente semejanzas entre el cue tome buena nota de la “allar las voces cremnes (ex catedradicinaa mente semejanzas entre el chttps://elpatologoinquieto.wordpress.com