Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Más vale aclararlo de una vez: esta película no es para niños, y tal vez ni siquiera para cierta clase de adulto cuyos oídos no tolere la avalancha de procacidades, obscenidades y vulgaridades que proceden de un grupo de chiquillos de once años por considerarse impropio, aun si en cualquier escuela federal podemos apreciar el lenguaje de arriero que muchos de sus educandos infantiles jactanciosamente expresan al primer incauto que se les atraviese. Por fortuna, “Chicos Buenos” no es una película que se venda a sí misma mediante el acto facilón de presentar a sus jóvenes protagonistas tan solo como niños malhablados (aunque lo sean), ya que el guion se construye con cierta habilidad para que su escandaloso proceder surja orgánicamente e incluso con la inocencia propia de un estudiante de primaria para que el espectador adulto comprenda que, así como creo nos ocurrió a todos en aquella etapa al borde de la pubertad, solo se trata de experimentos vivenciales sin comprensión total de sus alcances o consecuencias.

El productor, escritor y ahora director Gene Stupnitsky (“Malas Enseñanzas”) consolida una historia claramente inspirada en las políticamente incorrectas andanzas de todos los pequeños protagonistas de comedias guarras y aventuras del cine ochentero para acomodarlas a una sensibilidad del nuevo milenio con buenos resultados humorísticos, pues la estructura sigue los lineamientos marcados por aquellas cintas como “Los Goonies” o “Cuenta Conmigo” donde el “despapaye” jocoso es tan importante como los momentos dulces y sensibles. Y aquí es donde la historia provee algunos de sus momentos más eficaces, pues el balance entre las descabelladas escenas cómicas que pueden involucrar dildos, drogas o alcohol no afectan el carácter inocente de sus protagonistas, pues éstos jamás pierden su capacidad de asombro y responden como un chamaco de esa edad lo haría, con resultados muy divertidos.

La trama se centra en Max (Jacob Tremblay), un chico inquieto de 12 años que ha sido invitado por sus compañeros “cool” a su primera “fiesta de besos” (el equivalente aquí a los juegos de la botella y la infame “semana inglesa”), por lo que decide averiguar cómo se produce el ósculo exactamente. En compañía de sus mejores amigos Lucas (Keith L. Williams) y Thor (Brady Noon) decide tomar el costoso dron de su padre (Will Forte) -a pesar de que se lo ha prohibido-  para espiar a sus vecinas adolescentes Hannah (Molly Gordon) y Lilly (Midori Francis) mientras se encuentran con un muchacho (su proveedor de droga) para ver cómo se besan y aprender. Sin embargo las cosas salen mal y las chicas terminan capturando el aparato, por lo que extorsionan a los niños para que realicen una tarea que ellas, por un conflicto suscitado en la mencionada reunión, no pueden: conseguirles su dosis de ácidos. De este modo los amigos se embarcan en una odisea para recuperar el dron e incluso comprarlo, pues éste termina estropeándose y ahora habrá que buscar uno para reemplazarlo antes que el padre de Max se entere que lo han tomado.

Stupnitsky logra tomar una historia bastante rutinaria para construir un relato fortificado con apreciaciones relativamente honestas sobre el crecer y enfrentar situaciones cuasi cataclísmicas pero con humor, como el inminente divorcio de los padres de Lucas y la necesidad de aceptación de Thor, quien hará todo -incluyendo beber cerveza u olvidar su sueño de bailar en una obra teatral escolar- para tal fin. Las logradas actuaciones del joven cuadro de actores amarra bien estos elementos, por lo que entre bromas de sadomasoquismo, enervantes y sexo brota una trama casi conmovedora. Estos no son necesariamente “Buenos Chicos”, pero logran ganar a la audiencia de buena manera.

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