Jesús Eduardo Martín Jáuregui

“A chillidos de marrano, oídos de chicharronero”: Ricardo Peralta, subsecretario de Gobernación, en su cuenta de Twitter aludiendo a las protestas contra AMLO.
Cuesta trabajo creer que un funcionario de la Secretaría de Gobernación haya podido escribir una cosa así, respecto de un grupo de ciudadanos ejerciendo un derecho constitucional. Cuesta trabajo creerlo a menos que se conozca al tal Ricardo Peralta, que por una de esas inexplicables pero ya numerosas decisiones del presidente López Obrador, desempeña (es un decir) un puesto para el que no tiene (ya se ve) la mínima calificación, sensibilidad, talento, prudencia, respeto, o al menos un mínimo de buena educación.
El tal Ricardo Peralta ni siquiera pudo citar el dicho popular tal como es: “a chillidos de marrano, oídos de matancero”. Hasta donde se sabe los chicharrones no chillan. Aunque como se dice en la jerga jurídica en un principio de plena vigencia en la justicia común: “A confesión de parte, relevo de pruebas”. Que en román paladino o en buen cristiano, significa tanto como que cuando un litigante acepta un hecho en una promoción judicial, ya la contraparte no tiene para qué ofrecer pruebas. No tiene para qué, pero podría ofrecer pruebas. El Peralta ese confiesa ser chicharronero, lo que podría objetarse, ya que por su comportamiento en un puesto tan delicado, su declaración podría tomarse como prueba de que, más bien, es un marrano, de la política, pero marrano. Esa comunicación hecha en un medio público, una red social, es tan soez y altanera como aquella de “Ni los veo, ni los oigo”, pero ni remotamente comparable por lo tosco, rudo, grosero, majadero, ordinario, insolente y torpe, entre otras cosas, que es lo que opina la mitad de las personas, porque la otra mitad, piensa que no, que es peor que eso.
Desde luego aclaro que no tengo absolutamente nada contra los chicharroneros ni contra los matanceros, ¡líbreme Dios!, ni que fuera vegano. Gracias a ellos tenemos una gran variedad de sabrosísimos guisados y a que, dejando a salvo el buen nombre y buena fama de que gozan, no profesamos las creencias de la comunidad judía. Pero una cosa es Juan Domínguez, y otra muy otra es el hermano de Don Belisario, dicho como dice AMLO, con todo respeto. El lugar que ocupan los chicharrones y los matanceros en nuestra sociedad, es muy de ellos, muy ganado en buena lid y muy respetable, pero no en Gobernación, aunque de repente en sus comentarios y declaraciones da la impresión de que el tal Peralta, sigue la línea de algunos matanceros que ocuparon puestos destacados en una especie de sucursal de Ferrería, pero de humanos, en la desaparecida Dirección Federal de Seguridad.
En el currículum del Peralta de marras, o de marranas, se puede leer que es maestro universitario. No lo pongo en duda, desde luego, aunque pienso que puede haber una pequeña imprecisión. No puedo creer que sea maestro de la Facultad de Derecho, y en cambio sí creo que pudiera estar a cargo del bioterio o en la granja universitaria al cuidado de una piara, para lo cual muestra cualidades evidentes.
Quizás como decía el gran matador (que no matancero ni chicharronero) Antonio Chenel “Antoñete”: “en el toreo como en la vida, todo es cuestión de ubicación”. De otra manera, aunque con igual sentido, en las “Enseñanzas de Don Juan” de Carlos Castaneda, la primera lección que da el “hombre de conocimiento” a su discípulo es “encontrar su sitio”.
Es muy posible que el falto de gracia Peralta, pudiera estar mejor ubicado en el servicio público si se desempeñara, como director (por su amplio currículum y su expresa confesión) del Rastro de Ferrería, o que con pequeños ajustes pudiera hacerse cargo de otra secretaría de estado. Por ejemplo, con sólo agregar una “r” y una “a”, tendríamos “SEMARRANAT”, que ni mandada a hacer para el vasto burócrata, al que desde luego le viene grande el mote de “servidor público”. Aunque dicho en su descargo “lo que hace la mano hace la tras”.
La Ley Orgánica de la Administración Pública Federal, establece en su artículo 27 las responsabilidades y competencias de la Secretaría de Gobernación. En su apartado X señala: Conducir la política interior que competa al Ejecutivo y no se atribuya expresamente a otra dependencia así como fomentar el desarrollo político; contribuir al fortalecimiento de las instituciones democráticas; promover la activa participación ciudadana, salvo en materia electoral; favorecer las condiciones que permitan la construcción de acuerdos políticos y consensos sociales para que, en los términos de la Constitución y de las leyes, se mantengan las condiciones de unidad nacional, cohesión social, fortalecimiento de las instituciones de gobierno y gobernabilidad democrática.
Lo habrá leído el ordinario Peralta. Si tiene un papel que dice que es licenciado en derecho debe haberlo leído. La pregunta entonces es: ¿lo habrá entendido? Y si lo entendió, ¿habrá comprendido su alcance?: favorecer las condiciones que permitan la construcción de acuerdos y consensos para que se mantengan las condiciones de unidad nacional, cohesión social, fortalecimiento de las instituciones de gobierno y gobernabilidad democrática. Habrá que repetirlo hasta que se lo aprendan, desde el jefe del ejecutivo hasta el más ínfimo (en jerarquía) servidor público.
¿Qué está haciendo en una Secretaría que tiene funciones tan delicadas, una persona que, visto está, carece de las “virtudes” necesarias para el puesto? Escribo virtudes conscientemente, porque hay funciones para las que no es suficiente la preparación, el entrenamiento o un papel o varios que certifiquen que se completaron un montón de “horas nalga”, que se obtuvieron “reconocimientos” o que se lograron “menciones”, “diplomas”, “pergaminos” o “títulos”, cuando se carecen de las virtudes de un servidor, que en un servidor público tendrían que estar más acendradas. Lo decía el poeta hindú Rabindranath Tagore: Yo dormía y soñaba que la vida era alegría… desperté y vi que la vida era servicio. Serví y vi que el servicio era alegría.
A ti te lo digo mi hija, entiéndelo tú, mi nuera.

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