Luis Muñoz Fernández

Desde aquel infausto 11 de septiembre de 2001 el mundo ya no volvió a ser igual. El Occidente, satisfecho y amodorrado por su propio bienestar, entró en pánico. Aquel atentado, o lo que haya sido, logró su objetivo: infundir la zozobra, aterrorizar a gran escala. Ofrecer una oportunidad a los buitres para estrechar el cerco que siempre le han puesto al ciudadano común y satisfacer así sus inagotables apetitos de control y de dinero.

El paso por los aeropuertos dejó de ser una rutina para los poderosos y una aventura para las clases medias. Se convirtió, y sigue siendo, una experiencia que va desde el alivio hasta la indignación. Gracias a las nuevas normativas, los sistemas de control son verdaderos cepos que atrapan todo tipo de posesiones personales, la inmensa mayoría inofensivas.

Los desodorantes y espumas para rasurar son objeto de inmediata sospecha. Detectados por escáneres cada vez más sensibles, se extraen del equipaje de mano por los empleados de las compañías de seguridad, en muchas ocasiones jóvenes de pocas luces y menos criterio. De inmediato, levantando el objeto de aseo personal metamorfoseado en potencial arma asesina, le espetan al atribulado viajero su inmediata requisición salvo que uno se haya hecho acompañar de un familiar que fungiría como los recogepelotas de los torneos de tenis.

Todos los argumentos, por racionalmente fundamentados que estén, son inútiles. Ni la realidad evidente de que son de uso normal y cotidiano es suficiente. Los objetos serán retenidos con la consigna de que se desecharán como basura. No es difícil imaginar que, tras aquilatar su posible valor y utilidad, acabarán en manos de los mismos empleados de seguridad en calidad de botín de guerra.

¿Guerra? Sí, una vieja campaña orquestada por las élites que enfrenta entre sí a los desposeídos de este mundo y que produce para sus patrocinadores un beneficio más preciado: la victimización del ciudadano de a pie para que, haciéndolo sentir culpable por no cumplir la ley, se le eche encima un grillete más que ahonde su esclavitud. Nada más satisfactorio para quienes detentan el poder.

Pingüe negocio para las compañías de seguridad y para las aerolíneas, que con sus nuevos reglamentos para cobrar más allá del precio del boleto la documentación del equipaje, obligan a los pasajeros a intentar cargar consigo con lo que antes enviarían a la bodega del aeronave sin costo adicional.

Comentarios a: cartujo81@gmail.com