Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Tanto en la novela original escrita por Stephen King en el lejano 1983 como en la conocida y apreciada versión cinematográfica que se le hizo 6 años después prevalecía un punto importante: la confrontación del humano ante un hecho inapelable como lo es la muerte. Independientemente de los cadáveres putrefactos que deambulan en el relato por condiciones místicas producto de arcana magia indioamericana, todo no era más que una pavorosa alegoría sobre la incapacidad del hombre por tratar de superar o siquiera enfrentar la pérdida de un ser querido reteniéndolos a la fuerza mediante un cementerio con propiedades sobrenaturales y sus terribles resultados, una cruda lección en tanatología que sólo podría provenir de ese retorcido filtro que es la mente de King. Desafortunadamente esta nueva adaptación abandona cualquier postura de esta índole y se contenta con ubicar la misma historia en un contexto apto para millenials, es decir, sacrificar suspenso o profundidad en situaciones ricas en lecturas para ofrecer la ganga de sustos acostumbrada mediante recursos más que desgastados (elementos que brotan sorpresivamente, estridencias musicales, etc.), orillando a cualquiera que desee un poco de sustancia en este asalto a los sentidos, el preguntar porqué se tomaron la molestia de realizarla o siquiera honrar algunos de los elementos clave de la historia original, aunque creo que sabemos la respuesta a ambas: taquilla y corrección política.
Este “Cementerio Maldito” es codirigida por los jóvenes Kevin Kölch y Dennis Widmyer, a quienes les debemos la intrigante y ciertamente inquietante “Starry Eyes” (2014), una potente reflexión sobre el culto a la personalidad que amerita una columna a modo de recomendación en streaming y que aquí muestran un buen ojo para la puesta en escena y ciertas atmósferas macabras, pero narrativamente bloqueados por el perezoso guion de Matt Greenberg y Jeff Buhler, quienes no logran dotar de cohesión y naturalidad a la trama mostrando todos los eventos casi como postales unidas a la fuerza en modo situacional, por lo que los personajes jamás evolucionan, su psique nunca traspira en los momentos debidos y todo parece más un recetario que se cumple al pie de la letra que no busca realmente sorprender o proponer.
La cinta inicia con el arribo del médico cirujano Louis Creed (Jason Clarke), su esposa Rachel (Amy Seimetz), la pequeña y vivaz Ellie (Jeté Laurence), su pequeño hermano Gage y la mascota, un desaliñado gato llamado Church, a su nuevo hogar, una casita campirana a las afueras de un pequeño pueblo en el estado de Maine llamado Ludlow. Su domicilio viene acompañado de enormes hectáreas forestales que alberga un cementerio para mascotas, el cual tiene muchos años como les informa su avejentado y bondadoso vecino Jud (John Lithgow). Mas, allende en el bosque existe un terreno misterioso que será visitado por Louis cuando Jud lo lleva ahí debido al atropellamiento de Church por uno de los muchos tráileres que circulan por la carretera vecina con el fin de enterrar al animal. El anciano obra de buena fe, pues estima a la niña y no desea verla infeliz, pero el resultado sorprende a Louis cuando el felino reaparece con una apariencia más siniestra y con un gusto por ofrendarle roedores muertos en los momentos más inoportunos. En algún momento de la cinta, Jud le enuncia al galeno a modo de advertencia ominosa que “a veces, la muerte es mejor”, pero esto caerá en saco roto cuando ahora es Ellie quien perece por un gran vehículo y su devastado padre la sepultará en el terreno místico con el resultado esperado: la pequeña resucita pero no como él deseaba.
Sin algún afán purista, el intercambio de la niña por su hermano más joven como víctima de la carretera sí afecta el resultado, ya que cualquier sensación de temor se minimiza cuando no se trata de una tierna criatura despojada de su inocencia al transformarse en zombi con cuchillo en mano sino de una chiquilla locuaz cuyo rostro carece de genuina malicia por más venas falsas o maquillaje pardo le apliquen. Jeté Laurence simplemente no logra convencer con su interpretación, situación replicada en sus compañeros de reparto, particularmente en Clarke quien nunca logra mimetizarse con su papel mostrando un rango limitado en cuanto a expresiones, mostrando el mismo rostro en momentos dramáticos o atemorizantes. Esto es fatal para una cinta donde se lidia con la pérdida de un hijo y su desagradable reencuentro. La única que sale bien librada es Seimetz, tal vez porque su rol involucra traumas infantiles -una hermana mayor víctima de meningitis espinal que le reprochaba el que ella estuviera sana solo para morir de grotesca manera estando solas- que le anidaron aversión a la muerte. Esta situación pudo explorarse con mayor franqueza y dimensionar aún más a la trama en cuanto a su postura tanatológica, pero apenas y se aprovecha tan solo para producir brincos fáciles en la audiencia.
Esta nueva versión de “Cementerio Maldito” tenía todo a su favor para producir un nuevo clásico del miedo psicológico con ribetes metafísicos, pero decidieron enterrarla entre clichés estéticos y argumentales y un reparto mediocre para que nunca resucitara. Y supongo que, en este caso, la muerte sí es lo mejor.

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