Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Francisco (el nombre no es real) es un adolescente que depende de una familia muy humilde; su padre no tiene una ocupación fija, unos días encuentra algún trabajo y otros días está sin hacer nada; su mamá se dedica exclusivamente al hogar. Los estudios de los padres de Francisco apenas llegaron al tercer grado de primaria. En fin, la situación económica, de esta familia, es de extrema pobreza; pero hay cariño y amor de padres a hijos y viceversa.

Ante este orden  de cosas, Francisco, después de terminar la primaria, fue inscrito en una secundaria oficial. Desde los primeros días de estudio el adolescente mostró su pobreza económica, pues no tenía para comprar lonche en la tienda escolar y tampoco le llevaban nada de su casa; pero mostraba la virtud de ser muy educado, muy respetuoso con los maestros y de ser uno de los alumnos más aplicados en todas las asignaturas académicas. Estas cualidades hicieron que sus maestros se fijaran en él y lo estimaran de manera especial; a grado tal que, entre los que le daban clases, acordaron aportar determinada cantidad de dinero para comprarle lonche diariamente y, también, para comprarle algo de ropa y zapatos. Poco después, al tener conocimiento de la situación de Francisco, la dirección de la escuela determinó que de las pocas ganancias que obtenía la escuela, de la tienda escolar, se tomara de ahí el dinero para brindarle lonche a Francisco. Con estas demostraciones de afecto y solidaridad, el muchacho ponía mayor empeño en sus estudios, siendo un alumno brillante. Cuando faltaba a la escuela, la trabajadora social, acompañada de algún maestro, de inmediato iba a su casa para saber el motivo de la inasistencia. La precaria situación económica era, según los padres, el motivo; pero había algo más en Francisco que preocupaba a los maestros: su modo da caminar, de mover las manos y de contonear el cuerpo. Platicando, de manera prudente y respetuosa con los padres de Francisco, los maestros confirmaron que el  adolescente era homosexual. Esta situación no afectó las consideraciones que los maestros le tenían a Francisco; es más, le pidieron a la psicóloga de la escuela platicar con él y orientarlo adecuadamente. Así terminó Francisco el primer grado de secundaria con varias faltas pero con las más altas calificaciones.

En el segundo grado, Francisco seguía siendo un buen estudiante pero faltaba a clases con mayor frecuencia. Cuando la trabajadora social visitaba su casa para saber de él,  sus padres, en varias ocasiones, dijeron que no estaba tampoco en casa. Una de las maestras, a quien Francisco más confianza le tenía, habló con él para saber el motivo de sus constantes faltas a la escuela. Francisco, después de ciertos rodeos, dijo a la maestra: “A usted en particular, pero también a todos los maestros que tanto me han ayudado, quiero decirles la verdad, yo tengo relaciones con un muchacho, él es muy bueno conmigo, me ayuda económicamente y parte de ese dinero le doy  a mi madre. Entre los dos ya tomamos la decisión para yo dejar la escuela, queremos vivir juntos y dedicarnos a trabajar para mantenernos y también para ayudar a mi madre con un poco de más dinero”.

Semanas después, Francisco no volvió a la escuela. Los maestros lamentaron mucho su decisión, pero era su derecho. En ocasiones, entre ellos, comentaban que tal vez no tuvieron el tino adecuado ni fueron suficientes los consejos que le dieron para orientar adecuadamente a Francisco; pero no sentían remordimientos, pues, hicieron lo que estuvo a su alcance.

En las escuelas no tan sólo se enseñan las asignaturas académicas; los maestros tienen que enfrentar y tratar casos de la vida de distinta naturaleza. Es parte de ser maestro.