Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Esto no es una montaña rusa. Es cine.

Cómo pasa el tiempo
Llegamos a un punto en que los cineastas norteamericanos que crearon y desarrollaron el Nuevo Hollywood transgresor en la década setentera enfocan su energía creativa a actos autorreflexivos de creación cinematográfica que les permite capturar en un filme aquello que les signifique su estado vetusto, como ocurrió con Clint Eastwood en “La Mula” (2018) y ahora con Martin Scorsese en “El Irlandés”. De este modo ambos directores coinciden haber entregado con estas producciones uno de sus mejores filmes a la fecha a la vez que declaran mediante un musitado pero vigoroso discurso a la vejez como una encrucijada donde convergen familia, propósito y sentido no exenta de conflicto o contrición.
En el caso de “El Irlandés”, cinta que se encuentra tanto en cartelera como en Netflix siendo ésta compañía de streaming la productora mayoritaria de este ambicioso proyecto acariciado por el director desde hace 12 años, la película logra aproximar los temas ya retratados por Scorsese en sus cintas más hermanadas a ésta -“Buenos Muchachos” y “Casino”- pero ahora retratados con una lente contemplativa que apela tanto a las formas clásicas de la narración fílmica (composición visual fija, corte directo, montaje a cuadro o rítmico de acuerdo al tono de la Nueva Ola, etc.) como a aquellas que forman parte del idiolecto del genial cineasta, ubicando la cámara y sus movimientos como si se tratara de una cuidadosa pero cautivante melodía óptica apoyándose en una fotografía orquestada maravillosamente por Rodrigo Prieto, quien ahora desatura el cuadro para soplarle a la puesta en escena de un universo con tonos pastel fríos y ámbar naturales y visualmente ricos.
La trama gira en torno a Frank Sheeran (un Robert De Niro tan bueno como lo recordábamos antes de sus comedias guarras), quien desde el inicio de la cinta se establece como la herramienta diegética clave del filme al narrar desde un asilo, su vida como un camionero procedente de Irlanda que transporta carne después de su servicio en la Segunda Guerra Mundial y que traba amistad con Russell Buffalino (el maravilloso Joe Pesci dando una de sus mejores actuaciones), hombre clave en el movimiento de la mafia italiana asentada en Nueva Jersey durante la década de los 50. Gradualmente, Frank escalará posiciones en este mundo como un efectivo sicario al que se le identifica como “aquel que pinta casas”, sinónimo de su disposición por asesinar a sangre fría y literalmente en el rostro a quienes se le ordene. De este modo y gracias al nexo de la cosa nostra con el Sindicato de Camioneros neoyorquino, terminará asociándose y posteriormente amigándose con Jimmy Hoffa (un fabuloso Al Pacino), de quien se desprende un discurso que aborda la cinta con inteligencia y madurez sobre la intersección entre la política y el crimen.
Scorsese crea un mural social, cultural y político de su nación mediante la presentación de varios momentos clave donde el protagonista, al parecer y si hemos de creer en sus memorias redactadas por el escritor Charles Brandt de cuyo libro se basa esta producción, estuvo involucrado, incluyendo el asesinato de John F. Kennedy. Pero logra conjurar un ethos muy claro al sopesar los aspectos sórdidos en la vida de Frank con aquellos íntimos e incluso familiares, donde destaca la relación con su esposa y sus hijas, en particular Peggy (Lucy Gallina en su versión infantil y Anna Paquin en la adulta) cuya mirada sentencia en silencio el modus vivendi de su padre a la vez que convive con Hoffa como si él no fuera. Tal ambivalencia crea una narrativa que expande el grado emocional de la cinta, a la vez que se ve constantemente enriquecida por un cuadro de actores secundario bastante apto tanto con actores clásicos del cine de Scorsese como Harvey Keitel como una gradación generacional de histriones al incluir nombres como Ray Romano y Jesse Plemmons en papeles clave. El otro elemento a destacar es el rejuvenecimiento que reciben De Niro y Pesci digitalmente para apreciar el paso del tiempo mientras se desenvuelve la historia, un recurso que pudiera parecer antitético a la ideología del director, pero que lo hace funcionar gracias al largo pero formidable guión de Steven Zaillian, quien ha de distribuir todos los momentos que corresponden a tan intrincado reparto con sagacidad y ritmo definido para que el espectador no se distraiga con las versiones cuarentonas de los septuagenarios actores.
La cinta casi puede percibirse como un testamento fílmico para Martin Scorsese, quien ha elegido esta vía para su inmortalización a modo de nicho sepulcral, tal vez en relación a lo que enuncia Frank en un momento de la cinta con relación a no querer ser sepultado sino incinerado: “De este modo, no se siente como un final. Aquí sigo existiendo”, subrayado con su musitada y cuasi lírica conclusión. Esta es, sin lugar a dudas, una de las mejores películas del año.

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