“SILENCIO DEL MÁS ALLÁ” (“THE QUIET ONES”)

COLUMNA CORTEUno desearía que, en efecto, permaneciera en silencio.
Hace cuatro décadas, la sola mención de la Hammer Films entre los cinéfilos, iniciados o no, provocaba un peculiar escalofrío al evocar las audaces y concupiscentes producciones empapadas en una hemoglobina de falsa, pero distintiva textura al darse, pues durante los años sesenta y setenta, este estudio inglés, bajo el mando del ahora mítico Michael Carreras, se dio a la afanosa tarea de insuflar vigor y modernidad a las leyendas terroríficas que fueran el pan y mantequilla de los estudios Universal durante los años treinta, rescatando de las garras del cine de matiné a fabuladas criaturas como Drácula, el monstruo de Frankenstein, la momia Kharis y el hombre lobo, entre otros. Su fórmula para encontrar el éxito durante la generación sajona, asolada por Vietnam y otros males políticos y sociales, fue cubrir las historias por todos conocidas con un ominoso manto de perversidad y violencia, que no mostraba empacho en seducir al espectador de aquel entonces con los generosos escotes de Ingrid Pitt o féminas que sucumbían ante la feroz sexualidad animal de un Christopher Lee, con pupilas carmesí en el papel del Conde. Tiempos de leyenda que fueron diluyéndose conforme el slasher, los asesinos enmascarados e imbatibles en pantalla, comenzaron a tomar control de la taquilla y los favores de la masa. La Hammer comenzaba su incómoda transmutación de una potencia creativa en el género fantástico, a una polvorosa y gótica pieza de museo.
Recientemente, los esfuerzos por vivificar al estudio han sido muy variados, pero gracias al éxito internacional de su versión fílmica sobre la clásica obra “La Dama de Negro”, la Hammer, al igual que el eterno chupasangre que fuera su insigne por años, ha resucitado con una variedad de proyectos que pretenden erigirla una vez más como una potencia a considerar en el cine de horror. Su más reciente oferta, “Silencio del más allá”, se encuentra en cartelera, y a pesar de que su imaginería visual y construcción de atmósferas es competente, la historia no se aleja demasiado de los seguros confines de los convencionalismos temáticos y rítmicos, sobre los que la nueva camada de cintas acerca de fantasmas y espectros se ha asentado durante los últimos años, pues son muy claras las huellas dactilares de otros proyectos y directores como James Wan y su pseudo saga titulada “La noche del demonio” y otras procacidades que el paladar del aficionado a este género debe (mal) degustar, como “Siniestro” (Derrickson, E.U., 2012) o “El conjuro”, del mismo Wan, donde la construcción de un ritmo estructurado y sagaz o una exposición trabajada y honesta de sus temas sobrenaturales auspiciadas por un suspenso bien cocinado, se van por la borda al primer golpe musical estridente o triquiñuelas de mal gusto, como apariciones repentinas de elementos ajenos para provocar susto -y no miedo- en el espectador. Por si eso fuera poco, la cinta recurre al ya deteriorado recurso de una supuesta realidad al estar basado en eventos reales. Si todos los sucesos que claman veracidad en pantalla, tan sólo por cimentarse en hipotéticos hechos, entonces vivimos en un auténtico purgatorio.
La cinta trata sobre un experimento desarrollado en 1974, donde un profesor llamado Joseph Coupland (Jared Harris) y un grupo de estudiantes tratan de conjurar un poltergeist, con el fin de desvincular a una jovencita de nombre Jane (Olivia Cooke) de una entidad que ella denomina “Evie” y que al parecer produce en la chica innumerables problemas de índole emocional y psicológico. Coupland trabaja bajo el supuesto de que al imbuir de poder e identidad a este espectral alter ego y destruirlo, Jane estará curada. Durante el proceso, uno de los alumnos graba todo el procedimiento y, como es de imaginarse, las cosas no salen según lo esperado, pues fuerzas ultraterrenas comienzan a atacar al grupo y poco a poco ven mermadas sus filas, una vez que la fuerza fantasmal toma control de la situación. Una premisa en verdad interesante que, desafortunadamente, no logra cuajar debido a las debilitadas habilidades de su director John Pogue, quien ya ha decepcionado con anterioridad como guionista con filmes tibios y muy medianos, como “Los federales” o “Cuarentena”, y al ser éste su segundo trabajo como cineasta, los hilos se notan demasiado en su proceder narrativo y las inconsistencias propias de un novato salen a flote inevitablemente, maximizando cualquier falla o error a nivel argumental. Un fallo de aburridas y predecibles proporciones que no aporta nada al avance de la nueva Hammer por consolidarse en el mercado actual y tal vez sea un paso atrás en sus ambiciones creativas.
Este “Silencio del más allá” debió permanecer ídem.

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