COLUMNA CORTE“No puedo creer que Gojira sea el único de su especie… pero si seguimos realizando pruebas nucleares, es muy probable que otro como él surja en otra parte del mundo.”
Kyohei Yamane-hakase (Takashi Shimura), “Gojira”-1954

Con este diálogo, la cinta original de hace seis décadas cerraba su historia, pero paradójicamente abría una senda inexplorada en la cinematografía nipona, industria cuya narrativa se comprimía a epopeyas medievales o dramas urbanos, pero que ahora con la llegada del gargantuesco saurio escupe fuego, el público global aceptó y popularizó el brote de una fauna dantesca enfocada al exterminio de la humanidad, la cual tenía como defensor a Gojira -Godzilla para los occidentales-, penetrando la cultura pop a niveles icónicos, al punto que aún surge la necesidad de explorar su figura en el cine, lo cual ha ocurrido en esta súper producción dirigida por el novato Gareth Edwards (cuyo único trabajo previo, “Monstruos – Zona Infectada”, dejó un mal sabor de boca a su servidor por su inane trabajo de guión, sus acartonados personajes y una historia de amor tan sutil como un condón de aluminio), quien toma los elementos básicos de la historia original -la arrogante separación del átomo por parte del hombre como catalizador para la creación de la enorme criatura y subsecuente rastro de destrucción como consecuencia, mientras milicia y científicos hacen lo que pueden por frenar esta destructiva fuerza natural mutada- para confeccionar una trama coherente e incluso entretenida, si bien nunca desprovista de clichés aptos de la sensiblería norteamericana, la cual jamás podrá ausentar los complejos de orfandad en las motivaciones de sus héroes.
La cinta arranca con un brevísimo prólogo durante la década de los cincuenta, cuando vemos filmaciones sobre diversas detonaciones nucleares que revelan una naturaleza distinta a la que siempre supusimos, pues resulta que éstas no eran pruebas sobre el alcance de las bombas atómicas, sino intentos por parte del ejército japonés en detener a un gigantesco engendro que no muestra su identidad. La historia da un salto a 1999, donde conocemos al investigador Ichiro Serizawa (Ken Watanabe) y a su asistente británica Vivienne Graham (Sally Hawkins) mientras investigan una impresionante caverna en Filipinas, donde se ha descubierto tanto un colosal fósil de una especie desconocida como dos capullos, uno sellado y otro expuesto, cuyo otrora ocupante deja un aparatoso rastro hacia el mar. En paralelo, vemos como un frenético ingeniero norteamericano llamado Joe Brody (Bryan Cranston), residente en Japón, trata de cerrar la planta nuclear donde trabaja debido a unos incesantes y misteriosos niveles de actividad sísmica. Su esposa (Juliette Binoche) también trabaja ahí, y la tragedia se hace presente cuando el temblor llega y la radioactividad dispersa hace su letal trabajo. Brody hace lo humanamente posible por rescatar a su consorte, pero sílo es impotente testigo de su fin. Pasan los años y al llegar al tiempo presente, somos testigos del arribo del teniente Ford Brody (Aaron Taylor-Johnson) a casa después de un servicio de 14 meses en ultramar, a los brazos de su esposa (Elizabeth Olsen) y su pequeño hijo. Se entera de que su padre está encerrado y debe sacarlo de su confinamiento después de una aparente pérdida de cordura. Su reencuentro es amargo y la obsesión de su progenitor es unir las piezas del rompecabezas detrás de la tragedia 15 años atrás. Sus pesquisas cruzarán camino con las de Serizawa, quien revela la existencia de una monstruosidad bautizada como Gojira / Godzilla detrás de los acontecimientos sucedidos en la estación nuclear. Pero eso no es todo, pues ha despertado para alimentarse y no está solo…
La película llena los requisitos del llamado cine kaiju: dramas interpersonales, dilemas morales sobre el bien de muchos sobre el de unos pocos y peleas impresionantes entre titánicos engendros. Aún si la apuesta del director Edwards es por el despliegue de emotividad y exploración sentimental al concentrar el bagaje narrativo en la dinámica padre-hijo esposo-esposa, invariablemente la atención en una cinta como ésta siempre recaerá en el personaje que da título al filme, incluso si éste se encuentra ausente 65 % del metraje. Pero su presencia es ineludible y sus acciones son el detonante a todos los eventos de la cinta, además que su participación es memorable al efectuar sensacionales batallas contra otros endriagos de su misma talla y tonelaje con la esperada destrucción masiva de tintes apocalípticos. Lejos quedaron los encuentros entre sujetos embutidos en trajes de goma con visibles cremalleras en la espalada, para proporcionar a la audiencia moderna una devastación generada por computadora muy entretenida. Mas la principal hazaña de Edwards es dotar de personalidad una vez más al escamoso protagonista, destilando más carisma que sus contrapartes humanas, muy preocupadas por lucir bien frente a las cámaras (excepto Watanabe, un actor muy metódico y cumplidor). Esta iteración ultramoderna del clásico personaje funciona a todos los niveles básicos, a pesar de los caprichos argumentativos que pretenden introducir cierta sensibilidad a la Cristopher Nolan, de manera sangrona en aras de un supuesto “realismo”. Pero esto es Godzilla, y la realidad se va por la borda, así que si en la próxima cinta -porque la habrá después de su exitoso paso por la taquilla mundial- esperamos más kaijus y menos dramitas noveleros, que para eso se paga la costosísima entrada a los cines. Si Guillermo del Toro pudo hacerlo con personajes de su invención…

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