Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

La historia, como el arte, depende de la interpretación.

El cine ha desarrollado por décadas diversas herramientas que han consolidado su postura como instrumento de discurso al punto de glorificarse como un genuino arte, capaz de servir a una narrativa específica mediante un lenguaje propio que a su vez penetra como ninguna otra expresión humana la consciencia y la cultura y sociedad que ésta produce. “Cartas de Van Gogh” es un testimonio claro de este alcance a la vez que genera una propuesta tanto de las posibilidades que la cinematografía otorga al espectador como instrumento de narración, como al arte mismo mediante la exploración de una de sus figuras más representativas en la forma de Vincent Van Gogh exponiendo todo el argumento empleando un recurso que visualmente fascina sin arrebatarle méritos al contenido: una historia contada a través de la pintura, donde el elemento fotográfico es literalmente el lienzo donde 100 artistas trabajaron con alrededor de 853 cuadros reproduciendo el estilo y croma al óleo característico de Van Gogh con el fin de obtener un resultado plástico acorde a su sujeto-tema y aportando una sensibilidad única en cuanto a profundidad perceptual. Este proyecto no es el primero que busca amalgamar técnicas animadas a un relato dramático donde intervienen actores, pero sí es pionera en cuanto al empleo de la pintura misma como herramienta de discurso a través de imágenes en movimiento y el resultado no sólo satisface por su calidad en la ejecución, también conmueve e integra orgánicamente todos los compuestos que permiten definir, aunque sea por un instante fugaz, a un hombre atormentado que jamás sospechó que trascendería como lo hizo y aportaría lo que aportó al mundo entero.

Armand Roulin (Douglas Booth) es el hijo de un cartero (Chris O’Dowd) que conoció e incluso empatizó con Van Gogh en sus últimos días. Se le ha encomendado entregar la última carta escrita por el pintor holandés y el remitente es su hermano Theo, por lo que Armand emprende una búsqueda por el pequeño poblado francés de Auvers-Sur-Oise, lugar donde se avecindó el artista por años, para entregar la misiva. Al enterarse de que también ha fallecido, el joven mensajero, perezoso y falto de ambición, entrevista a varios de los lugareños tratando de entregar la misiva a quien considere sea el mejor destinatario. Su búsqueda lo llevará a cuestionar diversos aspectos en cuanto a la versión oficial de la muerte de Van Gogh a la vez que ahonda sobre la naturaleza misma del pintor, la huella que ha dejado en ellos y sobre su propia vida, la cual alcanza un propósito más elevado al seguir los pasos de un hombre que es su antítesis intelectual a la vez que un misterio digno de ser analizado.

La magnífica dupla que generan la directora polaca Dorotea Kobiela y el productor inglés debutando en el quehacer cineasta Hugo Welchman revela un entendimiento sobre el núcleo dramático de su proyecto: la vida de Vincent Van Gogh no se marca por la tragedia o una oreja cercenada, sino por la necesidad del hombre en trascender, aún si esto no llega en vida. Los cuestionamientos existenciales que brotan a raíz de las indagaciones del personaje principal jamás se perciben forzados, una bondad argumental que enriquece la trama y muestra la habilidad de los directores en cuanto al urdimiento de una travesía narrativa que encuentra refuerzo en la elección de los instrumentos visuales para que ésta se cuente sin verse sobrepasada por ellos, cautivando al espectador a la vez que se maravilla por las cualidades plásticas. “Cartas de Van Gogh” testifica la necesidad del cine, como arte, de generar una reflexión sobre su propia identidad artística análoga a su ejercicio primario: contar una historia, siendo ésta una indiscutiblemente inolvidable. De lo mejor en cartelera esta semana.

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