Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

En la cronología del cine nacional, la vastedad de sus anales se encuentran poblados por constantes sustratos de realidad que reflejaban el cotidiano de un país extraviado en la localización de sus rasgos sinonímicos en celuloide, probando suerte en toda clase de géneros que posteriormente definirían el rumbo de la conciencia cultural de la sociedad al verse comprobada su popularidad, como fueron la comedia ranchera, el drama campirano, los relatos arrabaleros y de callejón o la fagocitación/adaptación narrativa de los argumentos formulados en Hollywood; manifestaciones arquetípicas de su tiempo que se extendieron década tras década para tratar de definir a una nación más rica en sus capas ideológicas que lo que dichas cintas insinuaban y mucho mas compleja en su proceder, extraviando uno de los factores fundamentales en la ecuación del fenómeno de la mexicanidad: su vínculo con la mística tanatológica, lo que en literatura se adoptó como lo “real maravilloso” y que en el cine podría dar como resultado la homogenización de lo inmaterial con lo factual.
La muerte es, para los mexicanos, tan sólo un rasgo inevitable y adquirido, por lo que abordar historias con dejos ultraterrenos forma parte del andar espiritual de esta nación forjada en el crisol del entendimiento de lo sobrenatural, así que el cine sólo fue un envase listo para llenarse hasta los bordes con anécdotas macabras, mitos urbanos y leyendas que datan desde la prehispanidad. Sin embargo, mucho de la lectura plástica y semiótica en las cintas fantásticas nacionales tenía su sustento en la construcción previa elaborada por norteamérica, así que a pesar de los notables intentos de Germán Robles por succionar la sangre de bellas doncellas en sus sagas vampíricas, de aquellos científicos enloquecidos cuyas creaciones constantemente se rebelan o las rocambolescas andanzas de enmascarados plateados y albicelestes, aún faltaba la genuina conciliación entre lo preternatural y el cotidiano, algo que Carlos Enrique Taboada, un joven guionista de seriales de segunda, entendía perfectamente. Sólo requería una oportunidad para demostrarlo.
Carlos Enrique Taboada, hijo de los actores Julio Taboada y Aurora Walker, se forjó en los fuegos de la escritura de guiones pronta y expedita con diversos episodios para las sagas “Nostradamus” en 1959 y “Orlak, el Infierno de Frankenstein” en 1960, así como una cinta del torpísimo “Chano” Urueta titulada “El Espejo de la Bruja” (1962), donde lo único que brilla es la historia. Tales experiencias resultaron infructuosas a nivel creativo, por lo que se limitó a desarrollar historias de corte popular como la serie de cintas sobre “Alma Grande, “Chucho el Roto” o la primera incursión de Chanoc en celuloide.
Fue hasta 1968 cuando Taboada logró plasmar su ominosa visión en la pantalla grande con una producción señalada por muchos como su obra maestra: “Hasta el viento tiene miedo”, atmosférica cinta ambientada en un internado para señoritas donde se rumora (como cualquier edificación nacional que se precie) que un alma en pena ronda en el pequeño torreón del lugar. Marga López desempeña un excelente papel como la severa institutriz que intimida y dirige cual alcaide presidiario a sus núbiles estudiantes, entre las que se encuentran las futuras estrellas de telenovela Maricruz Olivier, Elizabeth Dupeyrón y Norma Lazareno, quienes padecen las espectrales incursiones del ánima, al parecer una alumna suicida, todo enmarcado con una fotografía espléndida que dota a la cinta de una identidad plástica. Destacan las actuaciones, donde las actrices desarrollan sus personajes dotándoles de tridimensionalidad y pathos, mostrando la habilidad de su director para la dirección histriónica y dejando claro que su inquietud, a partir de este proyecto, será la búsqueda del terror a partir de la perspectiva femenina –incluyendo la infantil– cimentando una postura idioléctica que se inclina a la exposición de un relato visceral que se enjuaga con el sudor frío del espectador a través de un manejo impecable del ritmo controlado y mesurado que distiende el suspenso y las expectativas de la audiencia.
“El Libro de Piedra” (1969), su siguiente incursión en el género, resultó una labor aún más dimensionada y trabajada, ya que explora la veta de los miedos infantiles a través de una historia cuya protagonista, la pequeña Silvia (Lucy Buj), lleva un cotidiano cuasi burgués en una amplia residencia campestre junto con su enviudado padre (el subactor Joaquín Cordero) y otro inesperado habitante: Hugo, la estatua de un niño quien, cuenta la leyenda, fue transformado en piedra por una bruja. Lo pavoroso radica en la supuesta relación que surge entre Silvia y Hugo, quien ella clama le habla y es el perpetrador de una serie de extraños acontecimientos en el lugar. La cinta retoma varios componentes fantasmales del texto de Henry James titulada “Otra vuelta de tuerca”, pero trabajados en el contexto de la conducta y ambiente familiar mexicano. Una maravillosa producción que muestra la soltura y madurez de Taboada en las lides cinematográficas, como lo es el uso de una fotografía en su mayoría diurna que golpea inclementemente al cinéfilo cuando ésta se contrasta con las aterradoras tomas nocturnas, en particular la ahora clásica secuencia del espejo, desarrollada con un rústico virtuosismo que le dota de efectividad en cuanto al procurar miedo helado se refiere.
Ambas cintas explotan cierta línea gótica en su desenvolvimiento visual y atmosférico, pero no a la altura de su siguiente éxito: “Más negro que la noche”, un macabro relato de venganza donde las personajes principales interpretadas por Lucía Méndez (quien, por estricta y afortunada orden del director, no canta), Susana Dosamantes, Helena Rojo y Claudia Islas llegan a una casona heredada por el personaje de Ofelia (Islas) una vez muerta su tía Susana (la escalofriantemente lánguida Tamara Carina). Ahí, se encontrarán con el oscuro –literal y metafóricamente– gato de la finada, de nombre Becker y verdadera estrella de la cinta, ya que cuando éste fallece por negligencia de una de las chicas, éste reaparece en forma espectral junto con el espíritu de la tía Susana en secuencias donde el manejo del suspense es primordial y tanto la iluminación como la macabra puesta en escena juega un papel esencial. La película es genuino compendio de terrores primigenios (lugares oscuros, atisbos de paranormalidad, cortes fugaces a rostros cadavéricos, etc.) muy logrados e ingeniosos con ciertas reminiscencias de las colorida y tórrida plástica de Mario Bava en sus incipientes giallos.
Su última incursión terrorífica en el ámbito cinematográfico fue con “Veneno para las Hadas” con una muy joven Patricia Rojo (1984), una fábula para adultos con protagonistas infantiles pero ahora bordeando el universo de la hechicería. Un trabajo muy artesanal que marcó el cierre de telón creativo para Carlos Enrique Taboada, uno de los pocos cineastas mexicanos que logró proyectar una sombra muy larga y muy oscura en un país que, hasta la fecha, procura encontrar la luz a pesar de la convivencia constante con males ajenos y propios, una sombra que se localiza aún en la oscura y envolvente sala de un cine.

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