Por J. Jesús López García

Los edificios, no obstante su calidad o capacidad de evocación, poder de referencia o facultad para representar o significar, son producto de su tiempo. Incluso las intervenciones posteriores a su consolidación inicial dan cuenta de un momento preciso: las grandes catedrales llevadas a cabo a través de siglos poseen la impronta que cada centuria va dejando en ellos por medio de agregados, elementos retirados, reconstruidos o modificados. Los inmuebles más que ser de la autoría de un creador o grupo de ellos, son de la creatividad de una época determinada y con el tiempo, la comunidad o la sociedad van apropiándose de ellos de maneras diversas dándoles cada generación interpretaciones distintas, es decir, recreándolos y por tanto otorgándoles nueva autoría.

Adecuándose a la habitabilidad de sus tiempos, al gusto imperante, a la reinterpretación o solamente a las necesidades de una ocasión determinada, la arquitectura muestra en sus objetos una diversidad de circunstancias pertenecientes a diferentes épocas. Cuando las intervenciones son profesionales y perfectamente analizadas, lo nuevo y lo antiguo conviven de manera armónica, ya que en arquitectura la progresión de la historia debe ser congruente con los elementos construidos. Cuando la intervención es banal y sujeta a la cambiante moda, lo reciente y lo viejo se descalifican mutuamente y terminan por apreciarse ajenos al momento actual y se pierde la potencia del testimonio de lo pasado; sin embargo, aun así, lo anterior también denota la capacidad de los edificios para reflejar los vaivenes de la cronología: a un tiempo de expectativas formales, íntegras y nobles corresponden edificios e intervenciones de arquitectura igualmente responsables, honestas y generosas. A un tiempo noble corresponde una arquitectura noble o bien, una arquitectura que intente trastocar el curso de la historia a manera de provocación, o por el contrario a un tiempo banal corresponde una arquitectura banal, o bien una arquitectura que intente romper los paradigmas del momento a manera de trascendencia.

Como fuese, la arquitectura presenta sus edificios como cápsulas de tiempo o mejor dicho, cápsulas de tiempos donde todas sus partes ofrecen el testimonio de una cadena de pasados en un presente que habrá de dejar una huella en el futuro o perderse en el correr de los años.

En la ciudad hay sitios donde se alternan espacialmente tiempos diferentes, tal y como sucede en la plaza principal de nuestra ciudad aguascalentense donde coexisten fincas y diversas construcciones pertenecientes a momentos distintos de los últimos cuatrocientos años -algunos que no pueden apreciarse desde la calle, como los vestigios del viejo presidio fundacional-, que en ocasiones no delatan claramente la procedencia cronológica de sus partes.

También hay sitios que en la mayor parte de su composición expresan lo que una sección de nuestra ciudad consideraba que era lo mejor para sus transformaciones urbanas. Dentro de éstos últimos casos se encuentran las «privadas» de los años treinta, cuarenta y cincuenta del siglo pasado que, echando mano de terrenos originalmente ocupados por huertas o establos fueron subdividiéndose entorno a calles cerradas urbanizadas a la manera moderna; este sistema urbano fue una alternativa a la urbanización paulatina de una ciudad que iba dejando atrás su pasado de origen agrícola, a diferencia de las vecindades de fines del siglo XIX y principios del XX, sus moradores eran piezas de una nueva condición que se abría camino en una sociedad donde el comercio se acomodaba como una especie de lubricante necesario para los engranes de una nueva manera de producción industrial.

Afortunadamente en Aguascalientes aún permanecen en pie un sinnúmero de fincas de rasgos modernos tal y como nos lo demuestran aquellas que se ubican en la privada antes conocida como Democracia, y próxima a la Plaza de Toros San Marcos. Todo el lugar, presenta inmuebles de varias décadas dando al sitio su imagen característica de estilos diferentes pero todos reconocibles como parte de una modernidad indudablemente del siglo XX: Art Déco, neocolonial californiano, neo mudéjar, y otros tantos estilos con tendencias decorativas, que conviven con fincas de indudable gusto moderno racionalista y algunas muestras más, seguidoras del neoplasticismo y el estilo Internacional.

Por sí mismas esas viviendas son cápsulas de tiempo que establecen una referencia al carácter de sus moradores originales y actuales –que en múltiples ocasiones son los mismos-, al oficio constructivo de su momento, en que eclosionó la práctica tradicional al contacto con arquitectos e ingenieros civiles profesionales; sin embargo, también esos enclaves en su conjunto son estuches que contienen lapsos que expresan aún el sentir de una ciudad que en el siglo XX consolidó una revolución productiva y urbana que sigue haciéndose sentir aún en nuestros días. Muchos de esos sitios parecen anclados en una tradición que nos parece provenir de mucho tiempo atrás pero realmente, como en muchas cosas que por fortuna se conservan del pasado no tan lejano, lo que hacen es ilustrar el inicio de muchas de las circunstancias actuales. Para dar fe de lo mencionado, sólo basta recorrer la ciudad por diferentes sectores que contienen una invaluable suma de fincas que nos muestran su riqueza arquitectónica.

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