Por J. Jesús López García

De lo producido por los seres humanos, la arquitectura tal vez sea el artefacto que más representa lo que una sociedad, una cultura, una colectividad piensa de sí misma, que refleja sus anhelos, que muestra sus aspiraciones y deseos, y exhibe su espacio vital así como su momento histórico. Los edificios, incluso aquellos que no aportan algo a la arquitectura, sirven para recrear un contexto y al mismo tiempo, son útiles para conectar el hoy con el ayer y, a ambos, con el mañana.

En algunas ocasiones esa manera de conectar es a través de la confrontación, ríspida, una provocación, tal y como lo muestra el Centro Nacional de Arte y Cultura Georges Pompidou de París por los arquitectos Renzo Piano (1937) y Richard Rogers (1933) quienes idearon un enorme objeto de moderno tono mecanicista, con un funcionalismo tecnológico que deja a la vista estructuras, escaleras, respiraderos de aire y demás instalaciones, todo ello en pleno París cerca de edificios de aires mucho más tradicionales.

En otras ocasiones la manera de conectar es respetuosa con algunas concesiones, incluso, tratando de corresponder, al menos visualmente, con el contexto circundante muy comprometido, tal y como sucede con el edificio Guardiola del Banco de México, erigido en los años cuarenta del siglo XX por el arquitecto Carlos Obregón Santacilia (1896-1961), a un paso de Bellas Artes en la Ciudad de México, cercano al Museo Nacional de Arte MUNAL y a la vieja Escuela de Minería, que inicia en un revivalismo neoclásico y termina en Art Déco.

Sin embargo, hay edificios que más que corresponder a un contexto, por sí mismos construyen uno sentando las reglas para futuras edificaciones, imponiendo en el lugar una atmósfera distintiva que no siempre es fácil definir pero que se aprecia hasta por quienes pareciesen refractarios a la apreciación arquitectónica.

En el siglo XVIII, Giovanni Battista Piranesi (1720-1778), arquitecto y grabador italiano, devenido teórico de la arquitectura antigua y arqueólogo, presentaba en sus «Vistas de Roma», un paisaje dominado por las viejas ruinas del imperio latino sepultadas parcialmente con cabras pastando cerca ante la indiferencia de pastores o personas que por ahí pasaban. La arquitectura tiene algo de geológico pues, al paso del tiempo, parece integrarse al paisaje natural, como las ruinas mayas ocultas en la selva. Lo que Piranesi estaba representando no era sin embargo un paisaje bucólico adornado por algunas piezas labradas sino, un creciente interés por esas viejas estructuras que, una vez expuestas nuevamente a la observación, se convirtieron en el fundamento del neoclasicismo, estilo que a su vez representó al Siglo de las Luces, el inicio del mundo contemporáneo.

En nuestra ciudad aquicalidense, donde incluso la naturaleza batalla por abrirse paso en lo que el asfalto y el concreto le dejan de espacio, lo que sepulta a las viejas estructuras arquitectónicas de tiempos pasados, es paradójicamente, más construcción; Aguascalientes es una urbe que cambia constantemente. Todo lo que vemos edificado presenta un sinfín de modificaciones que hace difícil el esclarecer lo que corresponde a cada etapa, a cada tiempo. Sin embargo, incluso ello tiene la bondad de establecer ciertas pautas de continuidad en la historia de nuestra región. El problema es cuando lo que se levanta nuevo parece desdeñar todo lo previo, sin otro argumento que el de fijar como malo todo lo viejo, rasgo moderno por cierto; por ello cuando se encuentran fragmentos inusitados de edificios en zonas que pareciesen ajenos a ellos, se vive la sensación de un descubrimiento, aunque el edificio ha estado ahí a la vista de quienes viven, trabajan o pasan por sus inmediaciones, pero que, como en los grabados de Piranesi, parecen ser totalmente indiferentes a lo que está cerca de ellos.

Existe una finca que se ubica en el número 419 de la calle Felipe Ruiz de Chávez a pocos metros de la Avenida Fundición. Es un chalet que dadas sus características formales y tipológicas, podemos estimar que cuenta con alrededor de cien años; su fábrica es en ladrillo con una planta dispuesta en un hexágono irregular. Por el frente de la calle se alcanza a apreciar aún lo que fue un porche al estilo anglosajón, lo que da alguna pista de sus ocupantes originales. Aún están las cortinillas metálicas que ocultaban los cerramientos de madera y se logra apreciar la simulación en ladrillo de entablamento, capiteles y basamentos. A la vista simple de lo que queda de la vieja casa puede adivinarse que esa zona era un sitio, en tiempos de la Gran Fundición, en que se asentaban las casas de quienes dirigían en Aguascalientes, esa empresa de la familia estadounidense Guggenheim. Suponemos debió ser un barrio, si no algo opulento, al menos desahogado y en ascenso, con bulevares amplios y arbolados situados al margen de una trama urbana apenas expandiéndose. La Fundición se acabó y dejó, además del nombre de la avenida, fragmentos como éste, cápsulas de tiempo que nos hablan de esta misma ciudad y que imaginándola en momentos no tan lejanos, debió ser muy diferente.