“Aquí, simplemente, no está el detalle, chatos.”

COLUMNA CORTEEntre las labores más complicadas dentro de la narración fílmica está la de llevar a la pantalla grande sustratos, eventos o cronologías completas sobre una vida en particular, pues se corren dos riesgos fundamentales: 1.- Excluir elementos vitales en la definición o moldeado del sujeto-tema en cuestión (después de todo, son esas características que le dotaron a él o ella de suficiente trascendencia como para descollar en la sociedad e incluso tomarse en cuenta para una biografía fílmica), para centrarse en aquellos que sólo sirven al efectismo e impacto sensorial; o 2.- Vararse en el regodeo / resignación de su mitificación. En ambos casos, cualquier intención seria de desarrollar un relato alrededor de los acontecimientos que marcaron o precisaron la existencia de alguien, se diluye al sacrificar rasgos de realidad por golpes dramáticos y eso, querido lector, como ejercicio de narrativa cinematográfica simplemente no cuaja.
“Cantinflas”, hasta el momento la única cinta que ha abordado la vida del mimo de México -increíble, pero cierto- es uno de esos casos en que ambos bemoles se conjuntan con el añadido de una narrativa descuidada para crear una tormenta perfecta de decepción fílmica, pues aún si las intenciones del director, Sebastián del Amo (“El fantástico mundo de Juan Orol”), sobre generar una narrativa ambiciosa y cuasi épica eran loables, todo colapsa ante su empecinamiento por rendirle más bien culto y escribir una elaborada carta de amor al cine de la vieja escuela, que en recrear y explorar con contundencia los hechos en que se basa, pues el resultado semeja más una fotonovela que un genuino “biopic” de Fortino Mario Alfonso Moreno Reyes, alias “Cantinflas”. La cinta muestra desde que inicia un ansia por generar una glosa de relativa complicación, al desarrollar de forma análoga dos elementos narrativos; el primero y esperado versa sobre el inicio del afanado cómico en el puerto de Veracruz en labores mundanas, como barrendero y posteriormente torero, boxeador y bailarín, hasta triunfar en las carpas, donde dará el salto a la gran pantalla con los resultados por todos conocidos. Paralelamente, seremos testigos de los esfuerzos del productor Michael Todd (Michael Imperioli) por llevar a cabo una titánica adaptación cinematográfica del clásico texto de Julio Verne “La vuelta al mundo en 80 días”, tratando de convencer a las más grandes estrellas de Hollywood de participar brevemente en la película, gestando un hito del cine de la década de los cincuenta y fundamentando el concepto de “cameo” en el léxico cinéfilo. Ambos eventos convergerán para cimentar la presencia de “Cantinflas” en el mercado internacional y propulsarlo al estrellato mundial.
Es indudable que la vida de Mario Moreno es material rico en anécdotas y con suficiente angustia existencial -como la de todos aquellos que dedican su vida al fino arte de hacer reír, v.g. Robin Williams-, pero es el mismo Sebastián del Amo quien sabotea las posibilidades dramáticas de la cinta, pues es evidente su predilección por tratar de crear una elaborada puesta en escena que rescate la atmósfera del cine de antaño con primorosa cinefília y una focalización en los elementos más notorios en la biografía de Cantinflas, sin explorar o ahondar en sus motivaciones o psicología, que el resultado se limita tan sólo a presentar viñetas de cierta inconexión donde se nos muestra el progreso en la carrera del comediante, pero de manera forzada y casi fortuita, sin un grado de profundización que las torne cohesivas o una presentación de narrativa contundente. Una lástima, pues el material merece -y tal vez a la postre lo obtenga- un tratamiento con madurez y objetivo. Lo más relevante es la adecuada mimetización del español Oscar Jaenada como el protagonista, lo más relevante de la cinta.

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