Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Los mil 473 docentes, incluyendo a directores y supervisores, que fueron seleccionados para presentar evaluación del desempeño profesional en este 2017, por una u otra razón, han estado recorriendo un camino tortuoso para poder cubrir cada una de las tres etapas establecidas en ella. Y las dificultades no radican en la preparación académica de los maestros y directivos, sino en las deficiencias tecnológicas, en la burocratización de datos y en los cambios extemporáneos de las reglas evaluativas.

Entre junio y julio, del año en curso, se comunicó por correo electrónico a poco más del 50%, de los maestros seleccionados, que sería evaluado; al resto, por fallas técnicas, se le comunicó lo mismo por oficio y a cuenta gotas. A los que les llegó el aviso por correo, por este mismo conducto se les dio a conocer su clave y la contraseña para poder accesar a las páginas electrónicas de nivel central, en las que se difundirían las guías, las indicaciones técnicas y las fechas de las evaluaciones. En cambio, los que tuvieron el aviso por medio de oficio no recibieron ni la clave ni la contraseña, porque los escritos fueron elaborados localmente, y varios de estos maestros, hasta la fecha, siguen batallando para conseguir su contraseña con el fin de poder abrir y entrar a la plataforma de la evaluación.

En otro orden de cosas y por cuestiones burocráticas, a cientos de maestros les cambiaron la especialidad, por lo que debían presentar exámenes en asignaturas que no eran de su preparación. Ha sido un calvario para estos docentes arreglar su situación.

Nivel central, por ley, debería subir a la plataforma las guías académicas y técnicas con tres meses de anticipación a la fecha de inicio de las evaluaciones; no obstante, lo hizo hasta el mes de agosto para iniciar con las primeras evaluaciones el primero de septiembre. Con este poco tiempo, más las tareas extraordinarias por el inicio del ciclo escolar, las maestras y los maestros hicieron esfuerzos adicionales para concluir, en tiempo y forma, sus proyectos de enseñanza; empresa que no fue fácil, pues tuvieron que hacer diagnósticos detallados de la situación económica y sociocultural de las familias de los alumnos y otro diagnóstico sobre el desarrollo biológico, psicológico, emocional, de aprendizajes y de las formas de convivencia de los estudiantes; para con estos datos, diseñar y desarrollar una planeación  académica considerando la diversidad de los educandos; esto es, para desarrollar clases de conformidad con lo que cada estudiante requiere para su aprendizaje. Y cuando los docentes ya estaban listos para subir sus proyectos a la plataforma de la evaluación, en eso llegó una nueva guía que cambiaba el diseño de los proyectos. Ciertamente, no cambiaba todo, pero implicaba muchos ajustes; de manera que para muchos docentes fue preferible volver a empezar que estar haciendo adecuaciones al proyecto.

Semanas después, los docentes suponían que ya no habría cambios, pero llegó otra indicación para ampliar el plazo de las evaluaciones un mes más. Si la indicación no conllevara cambios en los proyectos de enseñanza, no habría mayor problema; pero resulta que los proyectos deben dar cuenta de las clases más recientes a la fecha de su envío. Además, si los maestros hubieran querido enviar ya sus trabajos terminados, no podían porque nivel central tenía cerrada la plataforma. Se tuvo que hacer nuevo proyecto.

Hay más cosas que comentar al respecto, pero es suficiente con lo anterior para tener una idea del camino tortuoso que han venido recorriendo las maestras y los maestros para presentar las tres etapas de la evaluación. ¿Por qué cambiar las guías y las instrucciones sobre la marcha?, ¿no serán mejor reglas de evaluación bien definidas?, o, ¿de qué se trata? No olviden las autoridades que las evaluaciones, en sí, no son bien vistas por los maestros; con la serie de irregularidades el rechazo es mayor.