83. Menudos Toña en Av. José María ChavezA pesar de la existencia objetiva del tránsito cotidiano a través del espacio y la materialidad palpable, existen algunas calles cuyos perfiles construidos y la irregularidad geométrica, hacen que su presencia se manifieste borrosa a nuestra imagen, olvidable a nuestra evocación.

         De la misma manera que un bebé parece no tener recuerdos ante lo parco de su léxico que de alguna u otra forma sirve para designar los objetos de su memoria, así se presentan las estructuras mentales urbanas con trazos contundentes, con perfiles de edificios reconocibles y claros a nuestra vista, con sensaciones corpóreas determinantes, por ejemplo, el silencio o la estridencia que lo caracterizan, la presencia o escasez de sombras, el soleamiento que en nuestra latitud puede ser un martirio en verano o una bendición en invierno, lo cuidado o descuidado de sus paramentos, el gusto de propietarios por ofrecer una cara arquitectónica al transeúnte o por lo contrario, la indolencia o indiferencia a la vista de quien por ahí pasa.

         En Aguascalientes tenemos calles que sin duda son agradables y hospitalarias como la Venustiano Carranza que incluso antes de su intervención, merced a lo variado de usos –desde educación, espacios para culto religioso, comercio y vivienda– lo interesante de sus edificios, el ancho de su sección vehicular que en algunos puntos acerca a los paramentos de manera estrecha, y la contención de no verse tentados de contaminar el espacio sónico con desagradables ruidos arrojados de manera burda a nuestros oídos. Todo ello además de no contar con los flujos motorizados que caracterizan las vías de mayor conectividad.

         En contraposición, tenemos rúas que son lo opuesto a lo mencionado: aceras distantes la una de la otra no sólo por la amplitud del arroyo que las separa, sino por la abundancia de vehículos que han reclamado para sí el protagonismo de la arteria, mas ello es sólo uno de los muchos aspectos desafortunados de estos sitios, pues incluso a quien les recorre a bordo de un auto –no se diga para quien lo hace a pie o en bicicleta– le son indiferentes, cuando no sin más, poco dignos de recordar.

         Parte de la cuestión proviene, además de un interés en las calles por concebirlas sólo como sitios de tránsito motorizado, del escaso cuidado arquitectónico, pues al igual que su tratamiento en la planeación como meras vías rodadas por la urgencia siempre presente de desahogar el flujo de vehículos, el olvido arquitectónico sujeto al deterioro constante y no atendido parece sujetarse también a la premura traducida a una cotidianidad que va demandando remiendos para hacer que el inmueble vaya subsanando las demandas de lo mínimo indispensable. Resultado de ello es la parcial ruina de fincas que terminan una vez demolidas como semi baldíos parcialmente ocupados por establecimientos que pareciesen temporales pero que paradójicamente, continúan así por más de diez años –tiempo que uno pensaría sería suficiente para acondicionar arquitectónicamente y de manera adecuada cualquier local– o por estacionamientos sin más diseño que unas líneas deficientemente pintadas en los muros de las colindancias vecinas, así como una imagen de degradación urbana.

         La percepción de precariedad de esas arterias es aún más triste si pensamos en el tiempo que tienen de existencia, pues muchas de ellas han acompañado a nuestra ciudad casi desde el momento de su fundación. La calle José María Chávez fue –como aún lo es aunque de manera parcial– la vía por la que se llegaba a la antigua Villa de la Asunción. A lo largo del tiempo se han sucedido sobre sus paramentos innumerables edificios, algunos sustituyendo a otros, que han establecido un diálogo con su tiempo, no sólo en cuanto a formas, procesos constructivos y materiales, sino también en la proclividad que atendiendo a una función y a un carácter de su uso y de lo que se pensaba debía “decir” al paseante.

         Añosas casas, todas demolidas en la acera oriente en los años sesenta con el propósito de ampliar la sección –inclusive recuérdese el “recorte” que sufrió el Palacio de Gobierno–, dieron lugar en esta zona a establecimientos de servicios y comercio, como “Menudos Toña” –restaurante que aún sigue en pie y que hasta hoy en día muestra atributos originales propios de la modernidad arquitectónica acaliteña–, agencias de venta de autos, algunos bloques de dimensiones considerables de vivienda u oficinas, muchos de ellos ahora débilmente adaptados a usos y funciones que les utilizan de la manera primitiva en que los hombres del paleolítico lo hicieron con las cavernas: mera guarida aprovechando lo existente.

         Es evidente que el aspecto monetario juega un papel importante en la inversión que sobre una obra se hace para tenerla en condiciones de habitabilidad óptimas, pero al final la dignidad de preservar el decoro arquitectónico y por ende el urbanístico, tiene más que ver con la mesura y el cuidado constante, que con la estridencia visual o la estulticia.

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