“Y colorín colorado, este cuento está acabado. Entro por un callejón y salgo por otro, al que le conté éste que me cuente otro”, pues casi sin sentir se acabó este cuento llamado 2014, dejándonos como decía el inefable tecolote Guillermo Aguirre y Fierro en su no menos inefable (quién sabe qué querrá decir, pero me gusta cómo se oye) “El brindis del bohemio”, amarguras en todos los pechos y un cúmulo de amargos desconsuelos (excepto en los partidarios del América y en los de los Vaqueros de Dallas, pero en el contexto del país, aunque también nos duela, no pintan). Y al jueguito ese del final del cuento el agregado del callejón tenía algo mágico. No sé por qué los callejones tienen siempre algo de misterio, algo de secreto y algo de mugre (qué se le va a hacer) y en el habla popular decir que alguien se encuentra en un callejón sin salida, es decir algo muy feo, y aplicarlo a un presidente de una república, aunque sea de la república mexicana, en la que los presidentes han sido desde siempre una especie de superhéroes, es por decirlo mal y pronto, muy cuesta arriba.

Nunca en la historia moderna de México (y por petición de principio digamos que ésta empieza de la creación del Partido Nacional Revolucionario, el abuelito del PRI), ni siquiera en 1968, ni siquiera en 1994, un Presidente se había enfrentado a una crisis tan generalizada como la que nos deparó la última parte de este año. Como si Calibán se hubiera ensañado con esta pobre patria que tiene de todo y especialmente muchos miles de mexicanos. Se vino abajo el peso, se evidenció la corrupción, se puso a flote la infiltración en las policías de los grupos delincuenciales, se desató una crisis de credibilidad, se desmoronaron los pocos liderazgos que aún subsistían, los partidos políticos parecen perder su capacidad de encausar las grandes carencias nacionales, la sociedad civil busca nuevas formas de organizarse y enfrentar las tragedias que el día a día nos depara y el gobierno intenta frenar la caída libre de la confianza popular.

Con las debidas reservas, las encuestas muestran que en las últimas semanas, a partir de los acontecimientos de Guerrero, el Ejército y la Presidencia perdieron alrededor de un 13 por ciento de la confianza popular, dejando el primer sitio de confiabilidad a la Iglesia Católica con macieles y todo. Las instituciones escleróticas son incapaces de ponerse a la altura de las nuevas realidades sociales y su capacidad de respuesta complica su de por sí perdida credibilidad.

Ciertamente, en el panorama nacional los factores que se barajan en este fin de año, no son, ni pueden ser achacables exclusivamente a la superestructura que representa el gobierno, con el apellido que sea, federal, estatal o municipal. Sería prácticamente imposible establecer una ecuación que determinase con razones y proporciones la culpa que la propia sociedad lleva en el deterioro de las instituciones. Finalmente éstas están formadas por átomos de ciudadanos, y no hay de otros, los que conforman las instituciones son creados, alimentados y desarrollados por el mismo entorno social. Parafraseando a la monja Juana, podríamos decir “ciudadanos necios que acusáis al gobierno sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis”.

Pero, para bien o para mal, ahora para el Gobierno Federal, no hay más que de dos sopas y la de fideos se acabó. La Secretaría de Gobernación luego de un arranque prometedor en el desplante populista de Bucareli, tuvo que ceder el espacio de negociación a la Secretaría de Educación Pública para medio remendar el problema politécnico. La Procuraduría General de la República, luego de un trabajo muy serio (a mi ver) de investigación, planteó una hipótesis, a reserva de confirmar con peritajes específicos, respecto de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa que, sin embargo, se deslavó con una expresión desafortunada, pero muy explicable luego de varios días sin dormir del Procurador. La Comisión Nacional de Derechos Humanos se encontró con el grave problema, a caballo de su renovación presidencial, con el deterioro de la imagen del anterior Presidente con una bien orquestada campaña de desprestigio y la asunción del nuevo, que de buenas a primeras fue recibido con la seriedad del grandísimo cuestionamiento a la gobernabilidad agravado por la tardanza inicial, el alejamiento presidencial por una gira que pudo desestimarse, el surgimiento de nuevas y nuevas fosas clandestinas, la abundancia de hipótesis y la nulidad de pistas confiables, la confusión de versiones, y, pero como no, el aprovechamiento de los infames pescadores especialistas en pescar a río revuelto.

Aparentemente nos encontraríamos en un callejón sin salida, pero esto que quizás fuera válido aplicándolo para una persona, no lo es, no lo puede ser para una nación. Un individuo puede terminar sus días en un conflicto irresoluble. La historia nos muestra que el desarrollo de una nación es dialéctico y que ninguna crisis es terminal y que los pueblos son sabios y encuentran la manera de superar y continuar en esa Anábasis que es la historia de la humanidad. México saldrá adelante pero requiere el concurso de sus ciudadanos y particularmente la decisión y la acción de quienes se encuentran al frente, también por decisión popular.

Si las instituciones son cuestionadas, si su desempeño se ha mostrado insuficiente para sortear las crisis, si el recuperar la confianza no puede transitar por las mismas acciones que llevaron a perderla, la salida del callejón se encontrará necesariamente en apelar a la propia sociedad que las cuestiona. Quizás sea tiempo de pensar en una Comisión de la Verdad, quizás sea tiempo de pensar en una Fiscalía Especial Ciudadanizada, quizás sea oportuno recurrir a los organismos internacionales defensores de los Derechos Humanos que han sido referente para los avances que, pese a todo, se han logrado en los derechos fundamentales, quizás sea oportuno realizar un ejercicio democrático y apoyarse en la soberanía popular.

La experiencia en los países iberoamericanos que son nuestro referente más cercano, es que luego de la incertidumbre inicial, y de la necesaria depuración de personas e instituciones, la nación se fortalece y retoma su camino democrático. Quizás sea la salida de este callejón nacional.

Lo dijo Benito Juárez: “La democracia es el destino de la humanidad futura; la libertad, su indestructible arma; la perfección posible, el fin a donde se dirige”. No lo consigna la historia pero seguramente más de alguna vez lo dijo y con plena confianza en la nación, amable y sufrido lector, yo lo repito: “Próspero año nuevo”.

 

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