La melancolía deambula por la Avenida de Mayo. Sin importar el día y mucho menos la hora, las aceras de ambos lados muestran sin cesar rostros duros y miradas profundas que sólo parpadean por el llanto de las tipas, que son las gotas de agua que derraman esta especie de árboles, dueños de un verde perfecto y de una locura esquizofrénica que los hace perder sus hojas en la primavera y florecer en el invierno.

De entre cuevas de libros usados y teatros moribundos, las tipas abren gustosas sus ramas para dejar mostrar al Gran Café Tortoni, al entrar, de golpe cesa el ruido ensordecedor de los taladros que construyen los rascacielos tan desentonantes pero tan apremiantes. De inmediato Adolfo, mesero de mal trato y peor rostro, me sienta en la mesa que decide buena para mí, sin importar que salvo las señoras emperifolladas, no hay más almas en el lugar que las de todos los artistas muertos que divagaron por ahí. Bebiendo su café y mirando sus relojes detenidos, no es difícil imaginar a Borges reflexionando sobre su bastón, a Gardel huyendo torpemente de la fama o a Cortázar andando sin buscar, pero andando para encontrar.

Tomando rumbo para otro barrio, camino por la Florida y respiro el cuero de las chaquetas y el tabaco de los corredores de la bolsa clandestina de valores dispuestos a comprar al doble todo dólar que aparezca en sus alrededores. – ¡Nos está llevando a la mierda! ¡Esto parece Venezuela! Ella no era así (Presidente Cristina Fernández), era buena, no tanto como Kirchner, pero era buena, aunque… vos imaginarás, cuando la plata llega al bolsillo del político, todo se le olvida. Lo bueno es que le queda un año y se va. Me explica el mejor analista político de la ciudad, el taxista que me lleva rumbo a Caminito.

Llegando, me recibe con sonrisa reconfortante y brazos abiertos el Papa Francisco; debajo de él, me recibe también, ya de carne y hueso, una bailarina de tango ofreciendo curso exprés de aquél apasionado baile porteño, foto del sensual recuerdo y agarrón de pierna entre mallada, todo por tan solo cien pesos. Ya adentrado en el barrio, con choripan en la derecha y Quilmes en la izquierda, Argentina me desnuda su corazón: Messi es su romance pero Maradona su eterno amor, el Papa Francisco su abuelo acogedor; Mafalda su consuelo y Ernesto Guevara su tormento.

También a la orilla del Río de la Plata, pero a unos cuantos kilómetros está Puerto Madero, longevo testigo del vino y del dinero. –Bienvenido al mejor lugar para comer carne en todo el mundo. -Me dijo sin mentirme el camarero. Volteo a mi alrededor y me siento reconfortado: No hay un solo plato que tenga lechugas o cosas saludablemente aburridas, lo único que hay es carne; la señora de al lado, rubia de porte suntuoso y delicado, tiene una entraña; los pibes de enfrente están devorando una picaña, con papeles y computadoras adornando; los niños de la mesa del costado, con tableta en mano tienen un lomo de bife en su plato, y acá en mi mesa, el rey de los cortes acaba de llegar, los ochocientos gramos del bife de costilla, las lilas empieza a sangrar.

De mañana, con resaca de Malbec y ácido úrico por doquier, tomo rumbo hacia la cancha de Boca; con suvenir en mano, veo el palco de Maradona, camino por la trinchera de la “12”, e imagino a “Quique el Carnicero” llorando de alegría y calmando a su jauría.

Ya para despedirme y calmar la sed, bebo la prescripción médica del rumbo, bebo cola con fernet; de sabor amargo pero con poderoso encanto, sonrío y me despido… Buenos Aires, es como contabas.

@licpepemacias