COLUMNA CORTE“Estoy seguro que debajo de esos jeans hay algo maravilloso esperando su oportunidad…”

* Jack Horner, pornógrafo (en conversación).

La pornografía no es tan sólo una industria multimillonaria que colma las múltiples fantasías del ser humano con la interacción carnal ajena. Es un estado mental y cultural que permite generar una utopía sociológica de sicalípticas proporciones, pues recurre a los aspectos más primarios de la interacción humana y brinda el sacio erótico necesario que la reprimida colectividad requiere para confrontar la mezquina formación cotidiana, que al respecto provee su núcleo familiar o la parroquia de su comunidad. La volcánica fricción corporal que se explora / explota en un bocado de porno, da suficiente nutrimento contestatario para entender que algo tan primario y fundamental como el sexo no puede ni debe ceñirse a cánones morales o éticos y sus amplios senderos de exploración parecen jamás agotarse, pues desde los griegos y hasta el infinito y más allá, la pornografía ha marcado y marcará la potencialidad anatómica, mental e incluso metafísica de esta pobre humanidad, a la que todavía se le adiestra con una sola posición y un lamentable límite de tiempo. Y si las experiencias formales del cine porno no bastan, una película que ya forma parte del panteón más sagrado del culto impenitente, logra socavar ciertas aspectos de la técnica y discurso de este temido subgénero y se le enriquece con una historia indudablemente fascinante y unos personajes que, de tan patéticos, son ricos y maravillosos: “Boogie Nights: Juegos de Placer”, el basamento cinematográfico mediante el cual el dotado cineasta Paul Thomas Anderson pudo edificar su ilustre carrera en el ya lejano año de 1997, fecha en que se estrenó esta cinta que asombró a muchos, escandalizó a otros puritanos más y simplemente llegó para quedarse como un manifiesto de narrativa fílmica pulcra, audaz y muy propositiva, independientemente del grado onanista que tenga el espectador.
Este filme narra la epicúrea pero compleja existencia de un grupo de pornógrafos durante la bizarra transición cultural que significó el crepúsculo de los años setenta y el alba de los ochenta, a través de la mirada de un adolescente suburbano que se apoya en la postura más naif y proletaria posible, llamado Eddie Adams (Mark Wahlberg manifestando una impecable capacidad actoral al parecer irrepetible), quien, después de una verbalmente brutal confrontación materna, se suma a una singular tropa integrada por trabajadores de la cinematografía desnudista, liderada por una suerte de Zeus paternalista llamado Jack Horner (Burt Reynolds en el papel de su vida), director y orquestador de filmes de medianoche, y una debilitada figura materna llamada Amber Waves (una magistral e igualmente irrepetible Julianne Moore) que deambula con su -literalmente- pálida presencia como una porn queen que protagoniza los proyectos de su compañero, pues es divorciada y a lo largo del filme veremos algunos de sus intentos por tratar de recuperar-reconectarse con su pequeño hijo. Ante su maternidad frustrada, acepta en su corazón como vástagos postizos a una jovencita apodada “Rollergirl” (Heather Graham), debido a su persistencia por calzar todo el tiempo -incluyendo el coito- con sus patines y al ingenuo Eddie. Este último será el protagonista indiscutible del filme, pues su perspectiva será aquella que asimile la del público al descubrir a la par de la audiencia los entretelones de la industria de la pornografía, evento que lo seduce, al punto que decide explotar el enorme don genital que la selección natural le ha brindado y lo hace adoptando una nueva identidad, bautizando su alter ego copulativo en pantalla con un nombre que, como lo describe el mismo, “haga estallar la marquesina con miles de chispas”: Dirk Diggler.
Siendo éste un filme de ensamble, conoceremos también las odiseas y pesares del resto del equipo de filmación, como Little Bill (William H. Macey), camarógrafo que padece el síndrome del marido disminuido al tener como consorte a una mujer promiscua que lo humilla y mancilla su dignidad masculina; Reed Rothchild (el inmejorable John C. Reilly), análogo laboral de Diggler y su envanecido yang y Buck Swope (Don Cheadle), otro “actor”, pero de color y con el caro sueño de tener su propio negocio de estéreos. Todos son entidades con abismales carencias formativas y emocionales, y lo único que puede llenar sus sueños es el porno, mientras sus fascinantes personalidades e historias se entretejen para elaborar un fértil tapiz narrativo que se hila con maestría gracias a la visión minimalista, pero madura y concreta del director Anderson, quien trata con respeto y sensatez a sus personajes y al público. “Boogie Nights: Juegos de Placer” es una maravilla que muestra las posibilidades reales del discurso cinematográfico y saca provecho de todos sus recursos lingüísticos, aun si paradójicamente parte de un género que brilla precisamente por no tener alguno, aunque comparte una característica, pues de ellos y el porno sólo saldrán gemidos y lamentos.

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