Es tan apropiado que una cinta que aborda la replicación exista en múltiples versiones, alcanzando una totalidad de siete formas distintas disponibles para la revisión este filme puntal de la ciencia ficción moderna por su reforma narrativa y estética. Tal vez el montaje estrenado en el 2002 que proclamaba ser la versión definitiva de su director Ridley Scott, sea la más adecuada por aproximar al espectador a la ambiciosa visión que el cineasta pretendía hasta que los estudios Warner decidieron alterarla al no encontrarla paladeable para las febriles mentes de un público que, en el año de Nuestro Señor 1982, percibía al género más como un escapismo sensiblero poblado por alienígenas mesiánicos de extremidades luminosas que un ejercicio en reflexión teocéntrica y filosófica sobre la condición y propiedad humana. Hasta la fecha, son muchos los que encuentran desconcertante, exasperante y reptante la delicada prosa audiovisual de Scott, pero quienes atentamente observan las tersuras narrativas con que se teje el relato de exquisita melancolía, localizan recompensas sensoriales e intelectuales que han llevado a “Blade Runner” al estatus de genuino clásico. Y pocas producciones en la ciencia ficción ameritan tal epíteto como ésta.
En la cinta, como en toda aquella que se desarrolle dentro de la ciencia ficción, su visión futurista se consolida en base al sentido de un estilo propio. En su caso, la plástica del filme parte de las producciones creadas en los 40’s encajadas en el discurso noir, aquel donde los contraluces, las sombras cargadas, ciudades oscuras a modo de personajes centrales, la vestimenta ominosa y las mujeres fatales que ponen en jaque la testosterona de cualquier varón, definieron y cincelaron el molde del thriller como cauce narrativo. El adecuar tal canon estilístico a una cinta futurista erogó en una de las películas visualmente más intrigantes de cualquier época, pues las atmósferas chandlerianas contribuyen a la desolación del relato mismo, uno que deambula entre el llano relato detectivesco a la vieja usanza y la miseria existencial absoluta. Harrison Ford interpreta al protagonista (que no es “héroe”) Rick Deckard, un agente cuya labor es la de rastrear y eliminar a seres sintéticos rebeldes que originalmente fueron diseñados para servir a los humanos en tareas riesgosas o placenteras en colonias lejanas a nuestro planeta. Su actividad posee una nomenclatura peculiar: “Blade runner”, como quien vive al filo de la navaja, apropiado para un residente de una ciudad de Los Ángeles engullida por la lluvia y una perpetua oscuridad producto, tal vez, de su desenfrenado desarrollo industrial y urbano, sacrificando humanidad por progreso. Deckard habita un purgatorio tecnológicamente majestuoso que acentúa el vacío emocional de quienes lo pueblan, por lo que una misión que concierne la captura de cuatro replicantes a la fuga significará su retorno al sendero de la humanidad, pues cada uno de ellos plantea facetas claras y distintivas del hombre: Zhora (Joanna Cassidy), comprometida con la explotación de los deseos ajenos laborando como bailarina exótica en un club asistida por el pecado mismo pero fabricado en un laboratorio en la forma de una pitón sintética; Leon (Brion James), fuerza bruta destinado a la perdición; Pris (Daryl Hannah), modelo replicante para el placer erótico quien acepta su rol como juguete carnal a la vez que expresa salvaje inocencia medrando su arquetipo y, cual blonda bestia nitszcheana, el líder de ellos, Roy Batty (Rutger Hauer), genuino némesis para Deckard quien funciona únicamente bajo el libro de reglas. De hecho, su psicología y naturaleza emocional no se pondrán a prueba hasta que conozca a Rachel (Sean Young), otra replicante de quien el protagonista se enamorará a costa de su cordura, pues ¿sueñan las androides con hombres electrónicos o alguna vez con hombres de carne y hueso? La fantasía literaria de Carlo Collodi cobra bizarra vida en las entrañas del intrincado y cerebral guión de Hampton Fancher y David Webb Peoples para generar la reflexión combustible del relato: ¿Es Pinocho un niño de verdad hasta que adquiere las propiedades de un ser humano o siempre lo fue en base a sus procederes? El texto fuente de Philip K. Dick lo expresa claramente a través de sus androides, los cuales recitan esta dicotomía mediante cuestionamientos tanto internos como de forma directa al protagonista. La cinta mantiene cierto margen en cuanto a respuestas, pero explica a través del eterno temor que padecen todos los personajes a la intimidad (la soledad marca tanto a humanos y replicantes en el filme) y esta condición solitaria se funde a su vez a las sombras que producen las titánicas pirámides cristalinas que prometen todo menos un futuro halagüeño.
Las indagaciones de Deckard lo llevarán incluso a debatir su propia identidad mediante el símbolo del unicornio, mito que acude a sus sueños como una llamada de alerta sobre su propia condición humana y que se ve reforzada con la presencia del origamista Gaff (Edward James Olmos), personaje que oportunamente lo orienta y conduce al planteamiento de la pregunta correcta, aún si la respuesta sea un unicornio de papel, abstracto pero contundente en su significado. La destilada e inquietante puesta en escena de Lawrence G. Paull recalca la propiedad onírica de los refinados cuadros de Scott, mientras que la espléndida fotografía de Jordan Cronenweth golpea sutilmente los aspectos dramáticos del argumento con sus fríos y taciturnos tonos mientras la banda sonora de Vangelis sólo califica como mayestática por su elegancia y resplandor acústico.
El clímax anuda los cabos dramáticos con fuerza y bella brutalidad, pues al final, tal cual enuncia Roy Batty entre el aleteo de divinizadas palomas en un acto de sublime autosacrificio que lo muestra más real que nosotros mismos, todos estos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Y a ningún ser en la ficción, humano o sintético, lo ha asistido tanto la razón. Por ello “Blade Runner” no se diluye de tal forma. Su discurso permanece grabado en nuestra conciencia cual flamas industriales divisadas entre la oscuridad.

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