Josemaría León Lara Díaz Torre

En esta última semana han tenido lugar eventos alrededor del mundo que son dignos de mención. Por un lado el chavismo en Venezuela a través de la Asamblea Constituyente al haber consumado el golpe de estado quizá más prolongado de los últimos tiempos, ha optado por declarar traidores y enemigos de la patria a quienes valientemente se han opuesto al régimen absurdo y retrógrado de Nicolás Maduro y Diosdado Cabello.
En el otro lado del mundo Pyongyang realizó otra prueba militar, al lanzar un misil que sobrevoló Japón y que puso en alerta a la comunidad internacional, particularmente al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Y por si en los Estados Unidos no tuvieran suficientes problemas derivado de Harvey, de nueva cuenta su atípico presidente salió a relucir por sus siempre cuestionables declaraciones, al decir que la ONU no habría de resolver nada simplemente hablando del tema.
Puede gustarnos o no Donald Trump, pero en este caso es probable que tenga la razón, pues la labor de las Naciones Unidas parece haber sido rebasada desde hace años por las condiciones tan adversas por las que está pasando la humanidad. Pero como a este señor no le basta con meter su nariz en un solo tema a la vez, también esta semana ha sido tajante en sus amenazas sobre abandonar el TLCAN e insistir en sus críticas e insultos hacia México (algo que para la fecha, simplemente es pan con lo mismo).
Y en noticias internas, sigue permanente la tensión al interior del Partido Acción Nacional, por un lado demostrando unidad en contra de la imposición de Raúl Cervantes como primer Fiscal General de la República, y por otro la guerra interna que divide cada día al partido sigue más viva que nunca. Aunque Morena no se queda atrás y uno de los alfiles más apreciados por su guía moral y espiritual para la transformación nacional, Ricardo Monreal tal parece que causará una fracción importante al interior de ese partido y que pondría en juego la elección del sucesor de Miguel Ángel Mancera.
Cambiando de tema, el día de hoy comienza septiembre, lo que en México se traduce como el mes de la patria. Los recintos oficiales se adornan de pendones verdes blancos y rojos y nuestra bandera ondeará en lo más alto de las astas, con el propósito de despertar el tan olvidado orgullo que significa haber nacido en esta tierra del nixtamal. También habremos de celebrar con bombo y platillo a la heroica gesta de los Niños Héroes de Chapultepec y por supuesto, el famosos Grito de Independencia, dónde año tras año “recordamos a los héroes que nos dieron patria y libertad”.
Siempre me ha parecido simpático el hecho de conmemoremos el inicio de una guerra de independencia y no propiamente la consumación de la misma. Tuvieron que pasar once largos años para que en realidad declaráramos nuestra independencia de la Corona Española y nos convirtiéramos en un país libre y ajeno de cualquier potencia extranjera. Haya sido como haya sido, estas fechas más que para celebrar el pervertido sentido del mexicanismo, nos deberían de servir para reflexionar acerca de las distintas realidades y múltiples problemas por los que tenemos que pasar día con día.
Si la historia de nuestro país perdiera su toque romántico, sin lugar a dudas la percepción que tendríamos de nuestro pasado sería sumamente distinta a con la que hoy contamos. Ya en otras ocasiones he expresado la diferencia entre la historia de carácter oficial y aquella que es verdad; la historia oficialista encuentra su vocación en la idea de legitimar un sistema producto de una revolución de revoluciones, la supremacía del texto constitucional y por supuesto la fundación de un partido que gobernaría por poco más de siete décadas.
Por otro lado la historia real, aquella que era prohibida durante gran parte del siglo pasado, es recibida en muchas ocasiones como un balde de agua fría, al despertar del aletargamiento y la credulidad ciega en héroes que no lo fueron, en hechos que no pasaron y en villanos que en realidad fueron los buenos de la historia. Sin embargo, la historia oficial siempre tendrá su propio encanto, y aquellos que la redactaron seguramente habrán tenido sus motivos y razones para dejar por escrito una historia nacional tan fantástica.
Siempre deberá de existir un equilibrio entre ambos flancos de la historia, pues aunque cada día se escribe una página más en la memoria historiográfica de México, debemos de pensar que tanto la oficial como la real se necesitan una de otra; si no ¿Qué chiste tendría festejar septiembre, el “mes más mexicano”?

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@ChemaLeonLara

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