Luis Muñoz Fernández.

Durante la Convención en el Valle de Napa tuve un mal presentimiento, una sensación desagradable en la boca del estómago, cuando uno de mis colegas reveló que ya se había utilizado CRISPR [técnica de edición del genoma] para experimentar en el genoma de embriones humanos. Posteriormente, escuché más rumores sobre esa investigación y el artículo que la describía, que me dejaron con la duda sobre los detalles y la veracidad de esa historia. ¿Qué tal si los rumores eran infundados y habían sido avivados por personas aprensivas como yo que sienten que este tipo de experimentos no debe ser permitido?

Conforme seguía pensando en ello, las implicaciones de cualquier investigación que emplease la edición de genes en las células germinales humanas era más y más problemática. […]

Un experimento como ese no sólo abriría una puerta que ya nunca podríamos cerrar, sino que también echaría a perder el diálogo constructivo que mis colegas y yo estábamos intentando entablar. Al anunciar que sus investigaciones habían dejado atrás el debate público, los científicos responsables de estos experimentos conseguirían seguramente llamar mucho la atención y, posiblemente, provocar una notable indignación.

 Jennifer A. Doudna y Samuel H. Sternberg. A crack in creation. Gene editing and the unthinkable power to control evolution, 2017.

¿Cómo entra el virus del sida en los glóbulos blancos a los que llamamos linfocitos T cooperadores, para luego bloquear su funcionamiento y dar al traste con la coordinación de nuestro sistema defensivo? Como todo en la vida celular, la respuesta es una serie de reacciones químicas entre las moléculas virales y las del linfocito. Concretamente, el virus “se agarra” de varias proteínas que sobresalen en la superficie del glóbulo blanco. Una se llama CD4, otra CXCR-4 y otra CCR-5.

Una vez que se engancha en ellas, el virus echa a andar la maquinaria que le permitirá penetrar en el interior de la célula humana. Si una de esas proteínas está ausente o tiene alguna alteración que la hace irreconocible para el virus, éste no podrá entrar en el glóbulo blanco.

Este lunes 26 de noviembre de 2018, estalló una bomba en el ámbito científico mundial. Un experto en genética chino de nombre He Jiankui anunció públicamente que “hacía varias semanas” que habían nacido dos gemelas, Lulu y Nana, ambas con una mutación en un gen que él mismo y su equipo habían provocado para hacerlas resistentes al virus del sida.

Mediante la técnica de edición del genoma conocida como CRISPR/Cas9, alteró en ambas niñas antes de que naciesen la información del gen que contiene las instrucciones para fabricar CCR-5, de modo que esta proteína de los linfocitos sufriera alteraciones que le impidiesen al virus “agarrarse de ella” en su intento por penetrar al interior de los glóbulos blancos de las dos gemelas.

Ambas son hijas de una pareja en la que el padre es portador del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), motivo por el que pensaba no tener descendencia. Lo que hizo He Jiankui tuvo como propósito evitar que el virus de su padre pudiese infectar a las dos hermanas mientras eran gestadas en el vientre de su madre.

El genetista chino llevó a cabo este experimento sin el conocimiento de la SUSTech (Universidad de Ciencia y Tecnología del Sur de China) donde trabaja y sus declaraciones han causado una gran conmoción tanto en su universidad, en el gobierno chino y en la comunidad científica mundial. La razón es que, hasta donde se sabe, es la primera vez que se provoca deliberadamente una mutación en un gen de embriones humanos implantados en el útero materno y que han nacido, según el propio He, “perfectamente saludables”… por lo pronto.

La técnica de edición genómica, que permite reescribir la información contenida en los genes, fue puesta a disposición de la investigación científica por dos biólogas, Jennifer A. Doudna, norteamericana, y Emmanuelle Charpentier, francesa, que se basaron en los descubrimientos de Francisco Mojica, un microbiólogo español. Esto ocurrió apenas en 2012 y, con gran rapidez, la técnica empezó a usarse en investigación científica básica, aplicándola a células de plantas y de animales no humanos, en los laboratorios de todo el mundo.

En 2015, Doudna explicaba lo siguiente en la prestigiosa revista científica Nature:

Hace 20 meses que empecé con problemas para dormir. Habían pasado casi dos años cuando mis colegas y yo publicamos un artículo describiendo cómo un sistema bacteriano llamado CRISPR-Cas9 podía utilizarse para hacer ingeniería genómica.

Me había asombrado comprobar con qué rapidez laboratorios alrededor del mundo habían adoptado esa tecnología para aplicarla en biología, desde la modificación de plantas, hasta la alteración de los patrones cromáticos de las alas de las mariposas o la corrección de enfermedades humanas en ratones usados como modelos experimentales. Al mismo tiempo, había evitado pensar en las ramificaciones éticas y filosóficas de disponer de una herramienta tan accesible para alterar el genoma. […]

A medida que los usos de CRISPR-Cas9 para manipular células y organismos siguieron aumentando, parecía inevitable que algunos investigadores probaran la técnica en óvulos, espermatozoides y embriones humanos para crear alteraciones heredables en las personas. Hacia la primavera de 2014, solía permanecer tendida y despierta en medio de la noche preguntándome si podía permanecer ajena a la tormenta ética que se estaba incubando en torno a una tecnología que yo misma había ayudado a crear.

 

Pues bien, con lo declarado por He Jiankui esta última semana de 2018, la tormenta a la que se refería Jennifer A. Doudna se ha desatado con toda su furia, justo cuando en esta misma semana se celebra en Hong Kong la Segunda Cumbre sobre Edición Genómica en Seres Humanos. La primera cumbre se celebró en 2015 y los científicos reunidos en aquella ocasión, coordinados por David Baltimore, biólogo que recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1975, determinaron extremar la prudencia con el uso de esta técnica en embriones humanos.

Otros grupos de estudiosos alrededor del mundo se pronunciaron en el mismo sentido, tal como lo hizo el Grupo de Opinión del Observatorio de Bioética y Derecho de la Universidad de Barcelona: se permite usar la técnica en investigación básica, se puede valorar su uso con fines terapéuticos para tratar enfermedades sumamente graves y/o raras y se prohíbe su empleo con fines de mejoramiento de los embriones humanos. Ésta prohibición es justamente la que ha desoído He Jiankui, aunque hasta el momento no ha presentado pruebas concluyentes de lo que acaba de decir.

La doctora Mª de Jesús Medina Arellano, secretaria académica del Colegio de Bioética de nuestro país y participante en la cumbre de Hong Kong, tras haber escuchado en aquel foro al propio He Jiankui, declaró al periódico español El País que el científico chino sólo ofreció datos generales, sin entrar en los detalles de su experimento, porque está consciente que ha transgredido los límites de la ética científica y porque sólo busca llamar la atención.

¿Por qué es tan grave lo que ha hecho He Jiankui? Porque, aparentemente, ha modificado el material genético de seres humanos que hoy viven, sin que él ni nadie sepan a ciencia cierta qué consecuencias tendrá esta mutación provocada en la salud y en la vida de las dos hermanas. Además, es muy probable que dicha mutación se transmita en su momento a los descendientes de las gemelas. Todo ello abre la puerta a futuras modificaciones planeadas de los embriones humanos, lo que el biólogo molecular Robert L. Sinsheiner denominó en la década de los sesenta del siglo pasado “la nueva eugenesia”. En palabras de Michael J. Sandel, es el triunfo de la voluntad de dominio sobre el don. Como dice la doctora Doudna en el epígrafe: se ha abierto una puerta que ya no podremos cerrar.

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