80. Viviendas en la calle LarreateguiNuestros barrios acompañan a la ciudad desde su fundación. Al margen del núcleo central constituido por la original Plaza de Armas, los edificios circundantes y el entorno de los conjuntos de San Diego y San José, los barrios fueron la modalidad de vivienda que se configuró a partir de la casa propiamente dicha y los espacios destinados a labores productivas específicas que definieron en gran medida el carácter de la vieja Villa de la Asunción y de cada uno de sus lugares.

Barrios como el de Triana de fuerte raigambre andaluz, fue el primero de los asentamientos donde la actividad hortelana hilvanaba la traza urbana al transcurrir del agua, que buscando pendiente abajo su trayecto hacia el arroyo de Los Adoberos –inicialmente Avenida Oriente-Poniente, hoy Avenida López Mateos– y con éste al río San Pedro, delimitaba los solares al curso de las acequias. En esa actividad productiva se adscribía el barrio de San Marcos, fundado como pueblo de indios que progresivamente se constituyó como uno de los sitios más tradicionales de Aguascalientes si bien, el jardín se construyó más de doscientos años después de constituido el barrio; la feria se asentó posteriormente.

Lugares de toreros, artistas, artesanos, sitios de fiesta y tradición, es lo que hoy reconocemos en ellos como parte de la memoria colectiva de nuestra ciudad. El de Guadalupe, era destino de arrieros y otros personajes que acudiendo a vender sus productos –la zona de posadas estaba ahí, desde el Jardín de Zaragoza hasta los solares que hoy ocupan los mercados Terán y Juárez, desde tiempos remotos–, buscaban un espacio en donde pernoctar y tener a resguardo su mercancía, por ello los mesones eran la forma de uso que requería en el sitio construcciones con grandes patios y habitaciones particulares hechas a modo de empleo de los variados visitantes.

Mas estos son los conjuntos grandes, los barrios dedicados a actividades productivas de mayor calado en aquella economía provinciana, pero existían también otros más modestos que sin su actividad, la villa, y después ciudad, no hubiese tenido a mano los insumos para procurarse su crecimiento económico y urbano.

Barrios más pequeños de caleros, adoberos, loceros, herreros, talabarteros, curtidores entre muchos otros, eran habituales en todo lugar donde la población habiendo llegado a niveles de urbanidad más o menos funcional, requiriese servicios y productos más elaborados que la simple materia prima sustraída del suelo.

Lo comentado naturalmente acompañaba a las características propias del sitio y el mercado a que iba dirigido tal o cual mercancía, de ahí que cigarreros u orfebres tal vez no tendrían en nuestra ciudad una representación que les hiciese erigir un distrito propio. Pero eso no quita sabor a los barrios que tuvimos y que aún se esbozan en medio de una creciente desfiguración de sus usos, calles y edificios; eran una modalidad en la ocupación de suelo donde vivienda y trabajo se conjugaban, creando distritos diferenciados, personalidades urbanas propias, con maneras distintas de llegar y salir de ellos, de transitar a través de ellos, siempre todo acorde a las características de las labores en ellos desempeñadas.

Por el pragmatismo de sus actividades, los barrios tradicionales eran sitios en permanente construcción, remozamiento, reconstrucción, y al calor de las modificaciones que el pretendido progreso trae consigo, se añadió a esa cadena de acciones, la de aniquilamiento. Las calles ya no obedecen a los caminos que la actividad del lugar requiere, sino a las necesidades del automóvil. Aquel lugar de personalidad propia, orgullosa o modesta, ahora se achata bajo grises pavimentos y del descuido que la falta de uso trae consigo.

Es imposible volver a establecer las actividades originales de aquellos barrios tradicionales para su rescate espacial y productivo, mas quedan vías: aún vemos calles, no barrios, en el centro de la ciudad donde se ubican establecimientos de textiles, ropa en general, bisutería, artículos de fiesta, estudios fotográficos, cafés, panaderías, restoranes. Todos alineados, todos compartiendo el espacio público, al menos a la vista.

Los barrios pueden ser vueltos a la vida productiva y urbana de nuestra ciudad a medida que sepamos ver y apreciar en ellos que su facultad para mezclar habitación, trabajo y comercio, favorece a lo que es lo mejor de su producción que no es otra cosa que su versatilidad en propiciar la convivencia social en un espacio urbano arquitectónico con sabor propio. Sabor de barrio, como se aprecia en las casas de la calle Larreategui.