Carlos Reyes Sahagún

Entre el 10 de octubre y el 12 de noviembre de 1914 se reunieron en Aguascalientes los principales jefes de la revolución, carrancistas, villistas y zapatistas, principalmente -pero no Carranza ni Zapata, y Villa sólo unas horas-.

Esta magna reunión pasó a la historia con el nombre de Soberana Convención Militar Revolucionaria o Convención de Aguascalientes, aunque luego, en 1915 y 1916 siguió sesionando en México, Toluca, Cuernavaca. Los “ciudadanos armados”, como les gustaban llamarse a sí mismos,se congregaron aquí para buscar un acuerdo en torno al gobierno que debía tener México al triunfo de la lucha en contra de la usurpación huertista, y las tareas que éste tendría que desempeñar en bien del país.

La asamblea fue motivada por las desavenencias que surgieron al calor de la lucha del movimiento rebelde en contra de la dictadura del general Victoriano Huerta, y culminaron con la ruptura entre el Sr. Venustiano Carranza, Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, y el general Francisco Villa, comandante de la División del Norte.

Ciertamente la Convención de Aguascalientes no pudo evitar las trágicas jornadas de 1915, en las que la División del Norte fue exterminada en los campos del bajío guanajuatense, y sin embargo su realización influyó decisivamente en el Congreso Constituyente de 1916 y 1917, que aprobó la Constitución de 1917.

Teniendo en cuenta lo anterior, el Instituto Cultural de Aguascalientes dedicó este año el Ferial de Aguascalientes a la Soberana Convención Militar Revolucionaria. Este año apareció en el espectáculo el cine, que estuvo presente en la interacción de las actrices y los actores, tanto en escena como en pantalla. Este hecho, sin duda una innovación en el Ferial de Aguascalientes, respondió al deseo de los organizadores del espectáculo, de rendir un homenaje a nuestro querido Teatro Morelos, que durante muchos años fungió como cinematógrafo. De hecho, si usted tiene la oportunidad de observar una de esas fotografías antiguas en las que el patio de butacas aparece abarrotado de personas, se puede apreciar en el primer piso, justo donde es hoy el palco principal del coliseo, una pared con agujeros por los que brotaba la mágica luz que en la pantalla formaba las imágenes de seres vivos y cosas.

También es preciso decir una palabra sobre la música que se interpreta en este Ferial. Cuando el siglo anterior agonizaba, un grupo de músicos y bailarines se dio a la tarea de recorrer algunos pueblos y ranchos de Aguascalientes, en busca de música proveniente de la tradición oral; esas tonadas que, como en los tiempos anteriores a las grabaciones y la radio, hubieran pasado de boca en boca, amenizando todo tipo de reuniones sociales o el trabajo cotidiano.

De esta forma personajes como Fernando Edréhira Macías, Rafael Juárez Rodríguez, Jorge Campos Espino, Gonzalo Cebreros, Esteban Luévano Alaniz, y los extintos Manuel Vargas Salgado y Mario Dávila Briano, entre otros, contactaron con personas mayores que cantaron para ellos canciones que muy probablemente no habían alcanzado la preservación de un registro. Gracias a estos esfuerzos ha sido posible que una parte de esta música no sea ya pasto del olvido, a través de las grabaciones realizadas por agrupaciones como Son 4 y Ketzal. De este material provinieron piezas incluidas en este espectáculo como Los papaquis, de Calvillo, Sol redondo, de Tepezalá, y Llorar llorar, de San José de Gracia.

Este año el Ferial tuvo dos acontecimientos excepcionales, equidistantes como sólo la vida y la muerte pueden serlo; como el día y la noche. Uno muy desgraciado, y el otro pletórico de gozos y esperanzas. Al primero me referí en las dos entregas anteriores, la súbita muerte del director musical del espectáculo, Alfonso Pérez Talamantes, Ponchín, al final de la primera función del Ferial.

El otro tuvo lugar en la última presentación, el 2 de mayo. Va el contexto: justo en la parte dedicada a Los papaquis una pareja de bailarines se adelanta en el foro, y hombre y mujer se lanzan una andanada de versos, quizá de la autoría de Esteban Luévano Alaniz, con los agregados que los muchachos fueron haciéndoles conforme avanzaban las presentaciones. Eran versos muy echadores, de una inocente beligerancia y deliciosa picardía: la pareja los decía, y al concluirlos se reanudaba el baile entre gritos y carcajadas. Minutos después se interrumpía la danza y una nueva pareja se adelantaba para decirse sus verdades, y así, hasta terminar, dos o tres veces.

Pues bien, llegado el turno de los bailarines Viridiana Alvarado y Juan Jesús Cervantes Montoya, se apagaron todas las luces, salvo las que iluminaban a la pareja; todos en escena, quizá debidamente advertidos, guardaron silencio para escuchar la descarga de emociones que se venía, porque ahí, delante del público de la gente, y en un escenario ideal para los artistas que son ambos, Juan Jesús le propuso matrimonio a Viridiana.

Desde luego el respetable se manifestó con un muy gozoso y abundante aplauso; ya lo demás les tocará hacerlo a los comprometidos… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).