Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

La semana anterior le conté de una investigación que estoy realizando en mi calidad de profesor investigador del departamento de Historia de la UAA, sobre la historia del Ferial de Aguascalientes, espectáculo que considero generador de identidad aguascalentense.

Concluí la entrega anterior refiriéndome a la importancia que tienen para nuestras vidas ciertas imágenes, pero señalé que éstas no sólo son figuras de personas, animales, naturaleza, cosas; una pintura, un grabado, una fotografía, y tuve la temeridad de afirmar, como ahora lo refrendo, que también hay imágenes que asumen la forma de una canción, o de una palabra.

En apoyo de esta última afirmación le ofrezco los siguientes ejemplos: la canción La pelea de gallos y la palabra Aguascalientes. Piense en ambas y verá como su mente se puebla con referencias, sonidos, personas, emociones, lugares, situaciones.

A final de cuentas todo en esta vida son imágenes, portentosas, maravillosas, excitantes, grotescas, terribles, tiernas, dulces, inocentes, dolorosas. En síntesis, imágenes…

En fin, que este discurso está destinado a decirle, informarle, que el Ferial de Aguascalientes es una imagen que evoca a la ciudad, como la columna de la exedra, el Cerro del Muerto, el Palacio de Gobierno y sus murales, la catedral, el templo de San Antonio, la estación del ferrocarril, etc.

El ferial, como estas otras imágenes, es un elemento que contribuye a la construcción de la identidad aguascalentense, y en el caso del espectáculo sanmarqueño, por las aportaciones que ha hecho a la cultura local, se ha convertido en patrimonio intangible de Aguascalientes, un ingrediente de nuestro imaginario.

Este último no es otra cosa que una creación intelectual que se integra de dos elementos: una imagen y una idea, que combinadas propician la creación de un sistema de creencias con significado profundo, que comparten los miembros de una comunidad, que los cohesiona y los hace pensarse y/o sentirse parte de algo, una religión, un país, una familia, un equipo de futbol, etc.

El imaginario nace de la historia, pensada ésta en todas sus dimensiones y en todos sus tiempos; las artes –este año el ferial está dedicado al pintor Saturnino Herrán y a su obra-; las actividades sociales y económicas de la comunidad, etc.

Por otra parte, es importante tener en cuenta que esta situación no es estática. No se tiene una identidad definitiva, inmutable. Por el contrario, cambia según se transforma la sociedad. Por ejemplo, muchos, los que somos mayores, todavía nos identificamos con los ferrocarriles, o con la vitivinicultura, puesto que se trató de realidades que formaron parte de nuestra experiencia de vida.

Pero para los más jóvenes, para aquellos que nacieron, digamos, cuando muy temprano en 1975, u 80, y en adelante, estas actividades son más bien un recuerdo, o un motivo de conversación de quienes somos hijos del siglo XX, y nos colamos a este medio de contrabando, como si fuéramos polizones en un mundo que tiende a sernos ajeno, pero no más, puesto que ya no alcanzaron a formar parte de su experiencia de vida.

Posiblemente lo mismo sentiría en relación a nosotros un aguascalentense del siglo XIX, más bien familiarizado con las huertas, las acequias, los paseos a san Ignacio, la vida regida por las campanas de los templos, y no por el silbato del taller de ferrocarril, etc.

De las actividades económicas han surgido algunos clásicos del ferial; danzas que a fuerza de interpretarse han devenido en folclor de Aguascalientes. Me refiero a las coreografías de ferrocarrileros, bordadoras, vendimiadoras, veladoras y, a últimas fechas, deshiladoras, todas ellas relacionadas con una actividad económica específica, a excepción de veladoras, que más bien evoca al culto de la doña Mariquita de la Asunción, o al hecho de que a los aguascalentenses se nos da muy bien esto de andar peregrinando, ya sea en agosto, en diciembre y en enero.

Desde luego estas danzas no van solas: vienen acompañadas con la música del maestro Ladislao Juárez Ponce, y a ellas habría que agregar, en primerísimo término El pregonero. Por cierto que desde su retiro del ferial, hace unos 10 o 15 años, ninguna otra melodía ha alcanzado la estatura de varias de las de Juárez. También en el rubro musical, habría que agregar algunas obras en las que les dio sonido a poemas del maestro Víctor Sandoval.

Ahora, mientras escribo lo anterior, me pregunto si algún día la armadora de vehículos japoneses ingresará al imaginario de Aguascalientes; si alguna vez algún motivo relacionado con esta actividad económica, será escenificado en el Ferial. Después de todo, han transcurrido alrededor de 25 años de su llegada a Aguascalientes, tiempo más que suficiente como para considerarlos parte de nosotros, aunque en rigor no veo un arraigo tal, que haga posibles manifestaciones de este tipo.

Para que esto ocurra me parece que hace falta que se establezca una suerte de idilio.

En fin. Otros elementos de esta identidad, que han sido representados en el ferial, son el ya citado Cerro del Muerto, el Jardín de San Marcos y su Feria, el Teatro Morelos, los talleres del ferrocarril, los barrios de Aguascalientes, etc. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).

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