Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

La semana anterior le propuse una posible periodización del Ferial de Aguascalientes, ese espectáculo luminoso que, a fuerza de presentarse cada mes de abril durante la feria de San Marcos desde hace 52 años, le ha dado identidad al Programa Cultural de la fiesta, su singularidad característica.

Una periodización es un mecanismo de organización de algo por lapsos o bloques unidos por características comunes; una herramienta de estudio de algo a fin de conocerlo y comprenderlo, en este caso el Ferial, y sostuve también que a lo largo de su historia, el montaje ha sido vehículo para la creación de folclor e identidad de Aguascalientes. De aquí su importancia.

Ahora quiero referirme a otras cosas sobre el mismo tema, no sin aclarar que todo esto que le cuento forma parte de una investigación; maravillosa investigación, sobre la historia del Ferial, del departamento de historia de la UAA.

Me interesa concentrarme ahora en este asunto de la identidad, eso que hace que las personas se sientan; se piensen como parte de algo, lo hagan suyo y lo vivan cotidianamente, y lo hago pensando que el Ferial es un espectáculo que la genera, gracias al conjunto de imágenes que despliega ante su público, que este hace suyas.

Desde luego no es el único ni mucho menos, y ni siquiera el más importante, dado su carácter efímero –sólo unas 15 funciones al año–, y el hecho de que a final de cuentas quienes tienen el privilegio de asistir a una presentación son, no más de 30,000 personas, más los que se acumulen en la transmisión televisiva, confrontados estos datos contra una población de más de un millón de personas.

Pero en todo caso es importante tener en cuenta que es, con mucho, el espectáculo artístico de mayor trascendencia, de entre todos los que se organizan en el estado, durante la Feria y fuera de ella. También es generador de identidad cuando alguno de los productos que origina, danza, música, textos, rebasan el ámbito de sus presentaciones en el Teatro de Aguascalientes, y se hacen presentes en festivales escolares, presentaciones placeras; en programas de radio y televisión, de tal manera que quizá al rato no falta quien ande tarareando la canción. ¿A quién no le gusta El pregonero, esa música maravillosa del inolvidable maestro Ladislao Juárez Ponce, o la Danza de ferrocarrileros, del maestro José Luis Sustaita Luévano?

En fin. Una parte de esta identidad toma la forma de una imagen. Hay imágenes, usted lo sabe, que son muy poderosas; que tienen significados muy profundos, imágenes que dada su importancia se han constituido en factor de cohesión social y, por tanto, de identidad, ya sea personal, comunitaria, regional o nacional.

Nuestra vida está llena de ellas, desde las comerciales hasta las religiosas; desde las familiares –familiares por cercanas, comunes, tanto que ya ni siquiera reparamos en ellas– hasta las excepcionales o raras.

Las imágenes se observan, se interpretan; nos las apropiamos, y en este proceso se convierten en factor de identidad. Yo, por ejemplo, soy de los que al cuarto o quinto día que no veo el Cerro del Muerto; su imagen allá, en el horizonte occidental, comienzo a sentirme inquieto; como si estuviera perdiendo la brújula porque, señora, señor: el Cerro del Muerto me ofrece la certeza de que estoy en Aguascalientes, es como la luz de un faro que brilla en la nocturna oscuridad…

Pero las imágenes a que me refiero no son sólo como las define el diccionario de la RAE: una “figura, representación, semejanza y apariencia de algo”, o una“estatua, efigie o pintura de una divinidad o de un personaje sagrado”. No, también asumiré como imágenes la música, o cierta música, y las palabras; o ciertas palabras. Pero en todos los casos lo que interesa es el poder de evocación que tengan, si nos importan y/o emocionan, o si nos son indiferentes.

Le ofrezco dos ejemplos que son particularmente entrañables para la mayoría de los mexicanos: la Virgen de Guadalupe y la bandera nacional, y en particular el escudo, el águila parada sobre un nopal, aprisionando en su pico a una serpiente de cascabel, que lucha por su vida.

Tan importantes son, que el cura Hidalgo se apropió de una imagen de la primera y la convirtió en estandarte de su lucha, y un adolescente tomó a la segunda, se envolvió en ella y sacrificó su vida lanzándose al vacío desde el Castillo de Chapultepec, para evitar que cayera en manos de los ancestros de míster Trompeta. Son imágenes que evocan nada menos que la historia del país, las luchas, los descalabros, la relación con la naturaleza, los desamparos, las emociones, las metas alcanzadas, la riqueza, la relación de millones de personas con lo divino; con lo trascendente…

Si me tiene paciencia; si cuento con su indulgencia, lo espero aquí la próxima semana, para redondear estas ideas en torno al ferial, las imágenes y la identidad.(Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).