Jesús Eduardo Martín Jáuregui

 

 

Te haces como San Gaspar, rosca con los milagros. Dicho popular.

Las tradiciones populares tienden a enriquecer las creencias con usos y costumbres que revisten de colorido y júbilo, lo que quizás en un principio sólo era una práctica religiosa ornamentada con su parafernalia y sus rituales. Los ritos y en ello englobo con todo respeto y desde luego despojándolo de sus fundamentos en la revelación, las diferentes confesiones religiosas, que, también se apoyan en prácticas que ayudan a conocer, a transmitir y reconocer las enseñanzas del dogma. Dondequiera se encuentran también expresiones sincréticas en las que se mezclan diferentes ritos o prácticas religiosas que, en principio serían incompatibles en cuanto a sus postulados, pero que terminan fundiéndose en manifestaciones en las que resulta complicado desentrañar la trama y distinguir al paso de los años cual es cual o quien es quien.

El culto a la Virgen María tan arraigado en nuestro país no sería explicable solamente por la fecunda labor de los misioneros que consolidaron la conquista de una manera caritativa, tan alejada, por ejemplo de las guerras floridas de los temibles y temidos mexicas, sin pasar por alto ni querer soslayar las atrocidades de la conquista. Sin duda la veneración y el culto en las religiones de los pueblos originarios fue un factor decisivo para que la predica de los religiosos y la imposición de una cultura por la dominación, facilitaran la fusión de las expresiones religiosas en torno a la Diosa Madre, el origen de la vida, la fecundidad, la reproducción. No es extraño que cada comarca tenga particularidades en el culto, que la identifican, distinguen, le dan valor propio y signo de orgullo, y que las palabras del salmista “No hizo nada igual con ninguna otra nación” (Non fecit taliter omni nationi) 147, 20, se repitan en otras advocaciones tanto de la Virgen como del Señor Jesucristo. Seguramente será prosaica la comparación y alguien la tache de irreverente pero en España cada lugar tiene su Virgen como en Francia tener su queso, en México desde luego no cantamos mal las rancheras, aunque sin duda lleva mano nuestra Señora de Guadalupe, que se afianzó en el culto popular luego de destronar en cruentas batallas a la Virgen de los Remedios cuyo culto era mayormente seguido por criollos y peninsulares, en tanto que la morenita fue el estandarte de la insurgencia.

El culto a la Virgen de Guadalupe ha sido sin duda un factor de cohesión nacional, y seguramente una razón importante es la fe y como consecuencia de ella los dones, favores y milagros que ella obra con la intercesión de la Benefactora. Pero también muy milagrienta, como suelen decir gente del pueblo en el mejor sentido, es la chaparrita de San Juan de los Lagos y sin quedarse mucho a la zaga su prima hermana la Virgen de Zapopan que, además en su parafernalia tiene una espada lo que la hace especialmente fuerte en la lucha contra el mal. También en Fresnillo la patrona luce una espada lo que le vale el mote de “La Generala” pero esto se debió a que un militar fervoroso le entregó su arma, pero eso ya es otra historia que algún día contaré si el Alto Mando me da vida y licencia y la paciencia del lector y la hospitalidad de este diario me siguen favoreciendo.

Aguascalientes no ha sido la excepción en el culto mariano y en el fervor de la población por la Virgen María, aquí como es bien sabido con la advocación de la Asunción. Cierto que todavía dos o tres personas insisten en tomar al pie de la letra el error de grafía que en la llamada Cédula de la Fundación, que es mas bien el reconocimiento de la existencia de la Villa, se asentó de la Ascención no de la Asunción, lo que hace pensar que se refiriera a la subida gloriosa de Jesucristo que lo hizo por sus propios medios y naturaleza, en tanto que la enseñanza de la Iglesia Católica nos dice que la Virgen luego de su “dormición” fue “asunta”, es decir fue llevada por una fuerza distinta a la de ella. Sin embargo es claro que la evangelización en toda esta zona se apoyó en el culto a la Virgen, en diferentes advocaciones y lo encontramos así en las poblaciones que siguen la ruta de la conquista. No hay tampoco, al menos así lo dicen historiadores acuciosos que se han ocupado de ello, pruebas de que se hubiera dado el culto a la Ascención del Señor. Lo que sí sabemos que  fueron Patrono de la Diócesis San Miguel Arcángel y patrono de la ciudad San Francisco de Asís.

Sin embargo, irreverentemente uno piensa, que, no obstante el fervor mariano que alcanza su máxima expresión en el quincenario que actualmente está transcurriendo, la verdad es que no tenemos una patrona que se haya distinguido por sus milagros, al menos no se le saben. A menos desde luego que, ignoremos, por ejemplo que Juan de Montoro, Jerónimo de la Cueva, Cristóbal de Olid, y demás compañeros de la fundación de la Villa de Nuestra Señora de la Asunción hayan tenido una experiencia que los indujo o mejor dicho, que los provocó para establecerla aquí. Nada cuesta pensar por ejemplo, que aquel puñado de valientes, (sin duda lo eran, no cualquiera se hubiera aventurado en aquellos tiempos en estas regiones para ellos ignotas en que pululaban los aguerridos chichimecas) perseguidos por una horda y agobiados por el calor de la canícula, extenuados por el peso de la impedimenta, se hubieran refugiado a la sombra de un mezquite no lejos de una pequeña colina a la que después rematarían con una cruz, e invocando sus creencias y las advocaciones se toparon como por milagro con un manantial en un paraje que habían acabado de recorrer sin encontrar vestigios de agua. La fuente calmó su sed, refrescó sus cuerpos, reavivó a sus cansadas bestias y les dio la inspiración y la determinación para establecer a tiro de piedra del manantial y a despecho de las imprevisibles asonadas de los chichimecas, las palizadas de lo que sería el fuerte presidio a cuya vera se formó la villa.

Pero ¿para qué buscarle tres pies al gato?. No es bastante milagrosa la paz social, que pese a todo vivimos en esta tierra. No es suficiente con esta gente industriosa que es ejemplo de constancia, esfuerzo y dedicación. No podemos quejarnos de lo que bajo este cielo avaro, esta tierra agreste, en un entorno difícil, hemos construido y preservado los aguascalentenses bajo el amparo de Nuestra Señora de la Asunción de las Aguascalientes.

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